Mckinsey Global Institute - MGI, nuestro centro de pensamiento e investigación, tiene como misión ayudar a los líderes de los sectores comercial, público y social a desarrollar un entendimiento más profundo de la evolución de la economía global y a proporcionar una base fáctica que contribuya a la toma de decisiones sobre cuestiones críticas de gestión y políticas. Su reciente artículo sobre la cúspide de una nueva era, sugiere un marco para imaginarla, basado en una perspectiva histórica de los grandes cambios que ocurrieron décadas atrás y que apuntalaron el mundo que tenemos hoy. En los últimos 80 años, la humanidad ha experimentado varias “eras” separadas de manera abrupta por períodos complejos de transición o “terremotos”. Recientemente, los eventos que afectaron al mundo— una pandemia seguida por tensiones geopolíticas que derivaron a una crisis energética e inflacionaria— son el ejemplo de un terremoto que a pesar de la incertidumbre generada, puede constituirse también como el evento que marca el cambio hacia una nueva era. Mirando al pasado, se puede encontrar que situaciones como las vividas tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, la crisis petrolera de los 70´s y la caída de la Unión Soviética no solo cambiaron la historia, sino que fueron los acontecimientos que liberaron las tres eras pasadas: El Boom de la Posguerra (1944 – 1971), la Era de Contención (1971 – 1989) y la Era de los Mercados (1989 – 2019). Para entender el panorama global de cada una de ellas, es necesario analizar sus cinco principales características: Orden mundial, Plataformas tecnológicas, Fuerzas demográficas, Recursos y sistemas energéticos, y Capitalización. En el caso de la era más reciente, se pueden observar algunas tendencias estables: Si la siguiente era estuviera a punto de desarrollarse, varias preguntas salen a flote: ¿qué forma podría tomar? ¿Qué decisiones clave podrían ayudar a dar forma al nuevo terreno?, y ¿cuál es el punto de partida de dónde podría comenzar en comparación con la Era de los Mercados? A comienzos de los años 90, la brecha entre países desarrollados y los en vía de desarrollo era muy marcada: grandes poblaciones pobres en energía y recursos concentradas en zonas rurales y, más personas sin educación y desconectadas entre sí y de la información mundial. La era de los mercados trajo consigo una economía más globalizada, con un crecimiento rápido que convergió positivamente para miles de personas. Sin embargo, , este crecimiento trajo más desequilibrios y disrupciones generadas por los nuevos juegos de poder del mundo. Al tratar de definir qué forma puede tomar una nueva era, se puede intentar esbozar el futuro definiendo hacia dónde se mueven las tendencias actualmente, aunque esto deja preguntas grandes y complejas sin resolver. En el orden mundial hay una tendencia hacia la multipolaridad que puede implicar una realineación regional e ideológica que levanta dudas de cómo sería esa multipolaridad en la práctica; ¿seguirá siendo la economía global por naturaleza? Y, ¿se encontrarán nuevos mecanismos viables para cooperar más allá de la economía? Adicionalmente, los años de relativa moderación en la política internacional parecen estar cediendo para dar lugar a una mayor polarización entre bloques. ¿Qué tan efectivamente se adaptarán las instituciones y el liderazgo local y global para moldear este nuevo orden mundial? A lo largo de las plataformas tecnológicas, los drivers clave de la digitalización y conectividad de la era de los mercados parecen estar acercándose a la saturación. Sin embargo, un conjunto de tecnologías transversales como la inteligencia artificial (IA) y la biotecnología, pueden combinarse para crear otro gran aumento de los avances en la próxima era. Al mismo tiempo, al combinar estas fuerzas, la tecnología puede pasar a la vanguardia de la competencia geopolítica y poner en entredicho el propio significado de ser humano. Una vez más, quedan grandes preguntas. ¿Qué impacto tendrá la próxima ola de tecnologías en el trabajo y el orden social? ¿Cómo interactuarán la tecnología, las instituciones y la geopolítica? En las fuerzas demográficas, un mundo joven evolucionará hacia un mundo urbano y envejecido y la desigualdad dentro de los países puede desafiar cada vez más el tejido social. ¿Cómo se adaptarán los países, las instituciones y las personas a los cambios demográficos? ¿envejeceremos “sin problemas”? ¿Cómo responderán el capital y las instituciones a la desigualdad? Al analizar los sistemas de recursos y energía se evidencia que existe un fuerte deseo de cambiar la inversión hacia la energía con bajas emisiones de carbono, sin embargo, la inversión total en todas las formas de energía parece estar luchando por mantenerse a la par de las necesidades del mundo. Las preocupaciones sobre su resiliencia, viabilidad y asequibilidad pueden poner en riesgo la velocidad de una transición. Los recursos críticos para la economía futura se están convirtiendo en puntos débiles en términos económicos y geopolíticos. En este tema las preguntas abundan. ¿Cómo transitará el mundo hacia un camino asequible, resiliente y factible de estabilidad climática? ¿Qué dinámicas se desarrollarán entre aquellos que tienen recursos críticos y aquellos que no? Por último, si se observa la capitalización, la tendencia a largo plazo de las economías financiadas presentan tasas de crecimiento económico relativamente normalizadas. El apalancamiento y el crédito en crecimiento pueden evolucionar hasta convertirse en estrés en los balances. El siglo de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico OCDE podría – de acuerdo al curso actual de las tendencias - dar paso al siglo asiático. ¿Se encontrará el próximo motor de productividad para impulsar el crecimiento? ¿Se podrá revertir el ascenso del balance global? Aunque la meta es encontrar una narrativa de progreso rápido, es importante recordar, que los terremotos de principios de los años 70 tardaron mucho en resolverse. La situación actual se asemeja a los shocks petroleros de los años 70: una crisis energética, un shock de oferta negativo, el retorno de la inflación, una nueva era monetaria, una creciente afirmación geopolítica multipolar, competencia de recursos y una productividad más lenta en Occidente. Las réplicas de estos eventos llegaron en muchas olas y tardaron casi 20 años en resolverse. El retorno de la estabilidad requirió inversión en independencia energética por parte de países que no son miembros de la OPEP y un esfuerzo para lograr la estabilización monetaria que incluyó tasas de interés de dos dígitos y recesiones asociadas con la Reserva Federal de Estados Unidos. Sin embargo, hay diferencias entre ahora y el terremoto de principios de los años 1970 que probablemente amplifiquen las razones de la preocupación. El mundo actual está mucho más entrelazado globalmente, apalancado financieramente y limitado por las emisiones de carbono. Esta vez, ¿se podrá hacerlo mejor y escribir una nueva narrativa de progreso más rápido? Existen razones para ser optimistas con el futuro. El mundo puede esforzarse por hacer de la próxima era otro capítulo notable en la historia del progreso. El punto de vista actual -mirar un futuro que podría ser menos cohesivo o menos próspero- puede invitar al pesimismo, pero mirar atrás en los últimos 80 años nos da también un argumento convincente para el optimismo. Ojalá el negativismo no abrume la toma de decisiones efectiva. En las sociedades occidentales, en particular, un sesgo crónico hacia el pesimismo y la falta de fe en el orden liberal parece endémico. Sin embargo, como se destacó, anteriormente el período de la posguerra trajo consigo avances sin precedentes. Incluso ahora, cuando tantos retos han coincidido en tan sólo dos cortos años, hay razones firmes para pensar que el futuro será brillante. Muchos problemas pueden, al menos en parte, abordarse ahora con las tecnologías actuales si se logra priorizar sistemáticamente y centrar esfuerzos En segundo lugar, otra fuente de optimismo es que muchas tecnologías innovadoras están pasando de la ciencia ficción a la realidad. En tercer lugar, los puntos brillantes locales y ascendentes actúan como un faro para el camino a seguir. Como dice el famoso adagio, “Nadie puede volver atrás y empezar de nuevo, pero cualquiera puede empezar hoy y crear un nuevo final”. Por _ Carlos Buitrago, socio de McKinsey & Company y Office Manager de McKinsey en Ecuador.