Aunque el término resulta popular, no solo para Google y sus algoritmos, el vocablo no nos remite a una coyunturalidad precisa. En la década de los 40 y 50 ya se hablaba de una teorización de la palabra. Sociólogos y antropólogos franceses de la época consideraban que la innovación consistía en una idea, práctica u objeto percibido como nuevo y, sobre todo, útil. Ahora, la Real Academia de la Lengua la define como la creación o modificación de un producto y su introducción al mercado.
La innovación es un término subjetivo, pues depende de la intencionalidad de quienes quieren reinventarse y del cómo y dónde quieren hacerlo. Ya en la década de los 70, por ejemplo, los emprendedoresdecidieron instalarse en la cuna de la innovación:
Silicon Valley, una zona del estado de California (Estados Unidos) en donde hasta la actualidad se incuban proyectos de alcance mundial.
El emprendimiento y la innovación también “están de moda” y en los países de América Latina existe una fuerte tendencia a incentivarlos. Pero hay un riesgo: si no se crean las condiciones necesarias, en unos cuantos años tendremos una oleada de emprendedores fracasados. Un ecosistema es algo que en sí mismo tiene que auto sustentarse.
El Estado, las empresas, la universidad, los emprendedores y demás actores deberían laborar de manera encadenada. ¡Creer, colaborar y co-crear! Y es que ¡no es suficiente apoyar con el financiamiento, el talento humano ni la inversión en I+D! Incentivar el emprendimiento sin haber creado un ecosistema favorable puede ser contraproducente. La filosofía de Silicon Valley es “errar, errar y volver a errar”. ¿Nos atrevemos a hacerlo?
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