Cuando el cine se convirtió en teatro

Cuando el cine se convirtió en teatro

Mucho antes de que artistas nacionales e internacionales se presentaran sobre su escenario, las historias llegaban a través de una pantalla.

Familias enteras cruzaban sus puertas para compartir una función de fin de semana, estudiantes del colegio crecían viéndolo como parte de su rutina y los vecinos del sector lo incorporaron naturalmente al paisaje de la avenida América. 

Por sus salas pasaron miles de personas que probablemente nunca imaginaron que algún día aquel espacio dejaría de proyectar películas para convertirse en uno de los escenarios culturales más importantes del país.

A diferencia de otros espacios que cambiaron de nombre o de propósito con el paso de los años, este permaneció ligado al Colegio San Gabriel y a la comunidad jesuita. Durante décadas fue simplemente el Cine San Gabriel o, como todavía lo recuerdan muchos quiteños, el cine del colegio. Sin embargo, el tiempo también planteó nuevas preguntas.

 

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Las dinámicas culturales cambiaron. Las necesidades técnicas evolucionaron. El colegio creció y el espacio dejó de utilizarse con la intensidad que tuvo en otras épocas. Lo que durante años había sido uno de los puntos de encuentro más importantes del sector comenzaba a enfrentar el desafío que tarde o temprano alcanza a toda obra arquitectónica: encontrar una manera de seguir siendo relevante sin dejar de ser ella misma.

Cuando las historias llegaban desde una pantalla

Entre quienes crecieron observando aquel edificio estaba Cristian Valencia. Mucho antes de asumir la dirección del Teatro San Gabriel, vivía cerca del sector y conoció el lugar cuando todavía funcionaba como cine. Lo recuerda como uno de esos espacios que formaban parte de la vida cotidiana del barrio, un lugar familiar para quienes crecieron transitando por los alrededores de la avenida América. Años después, mientras buscaba un espacio para desarrollar un proyecto artístico, Valencia volvió al antiguo Cine San Gabriel. Lo que hasta entonces había sido un recuerdo de infancia empezó a convertirse en un objeto de estudio: un edificio con más de siete décadas de historia y un valor arquitectónico que había pasado desapercibido para gran parte de quienes lo conocían.

Durante el proceso descubrió que el edificio había sido construido en 1952, en una etapa clave para la arquitectura quiteña. Su diseño modernista y varios elementos Art Déco seguían presentes, pese a las transformaciones que el espacio había experimentado a lo largo de las décadas. A medida que avanzaba la investigación, comenzaron a aparecer detalles que antes habían pasado desapercibidos. Valencia suele mencionar una visita al Radio City Music Hall de Nueva York, donde encontró similitudes que inmediatamente lo hicieron pensar en el Teatro San Gabriel.

La importancia del edificio también empezó a revelarse fuera de los planos. Exalumnos, vecinos y antiguos asistentes comenzaron a acercarse para compartir recuerdos vinculados al lugar. Algunos hablaban de funciones escolares. Otros recordaban las películas que vieron en el antiguo cine. Muchos simplemente agradecían que el espacio volviera a tener vida. Para Valencia, esos encuentros confirmaron que la renovación no podía limitarse a la infraestructura. Había que conservar también aquello que no aparece en los cálculos estructurales: la memoria construida por quienes pasaron por el San Gabriel durante más de siete décadas.

La transformación detrás del escenario

¿Cómo se transforma un edificio construido en 1952 sin alterar aquello que lo hace reconocible para quienes lo han habitado durante décadas? Esa pregunta marcó gran parte de la renovación del Teatro San Gabriel. Para Cristian, proveniente del mundo de la producción musical y teatral, una de las primeras preocupaciones no fue la pintura ni los acabados. Fue el sonido.

"El sonido no es importante hasta que suena mal", comenta entre risas. Antes de intervenir el espacio se realizaron estudios acústicos para comprender cómo se comportaba el sonido dentro de la sala. El objetivo era conservar la cercanía que históricamente había caracterizado al lugar y evitar que la experiencia se perdiera entre ecos o rebotes indeseados.

La inclinación de las butacas, los materiales y la configuración del espacio fueron revisados para mejorar la experiencia tanto para el público como para los artistas. Las transformaciones también alcanzaron el escenario. Cuando comenzó el proyecto, la profundidad disponible era de apenas cinco metros, suficiente para un cine o para actividades escolares, pero limitada para muchas producciones contemporáneas. La intervención implicó excavar parte de la estructura existente para ampliar el escenario hasta los doce metros de profundidad e incorporar una fosa técnica. La decisión redujo parte del aforo original, pero permitió que el teatro ampliara considerablemente sus posibilidades de producción y acogiera espectáculos de mayor complejidad.

Después de la reapertura

La reapertura oficial del Teatro San Gabriel en 2022 marcó el inicio de una nueva etapa. El antiguo cine se transformó en un espacio dedicado exclusivamente a las artes escénicas en vivo. Desde entonces, su programación ha reunido conciertos, musicales, obras de teatro y espectáculos que han vuelto a colocar al recinto dentro del circuito cultural más importante del país.

Por su escenario han pasado artistas internacionales como Siddhartha y Miranda!, mientras que numerosas propuestas ecuatorianas han encontrado también un espacio para conectar con nuevas audiencias.

Sin embargo, quizá el mayor logro de la transformación no pueda medirse únicamente por la cantidad de funciones realizadas o por los nombres que aparecen en la cartelera. Se percibe en algo mucho más simple. En los vecinos que siguen reconociendo el edificio desde la calle. En los exalumnos que regresan y vuelven a recorrer espacios que forman parte de sus recuerdos. En las personas que lo conocieron como cine y hoy regresan para vivir una experiencia completamente distinta.

Las historias ya no llegan desde una pantalla. Llegan desde un escenario. Pero el vínculo que miles de quiteños construyeron con este lugar sigue estando ahí.