Yokoi Kenji, hijo de padre japonés y madre colombiana, se define como un trabajador social dedicado a analizar los patrones de comportamiento de las culturas que marcaron su vida. Estas se reflejan, según él, en dos rasgos fundamentales: la pasión latinoamericana y la disciplina japonesa. Pasó sus primeros diez años en América Latina —Panamá, Costa Rica y Colombia— acompañado de su abuelo materno, Jaime Gómez, un comerciante antioqueño que tuvo gran influencia en su formación. Aunque nació en Colombia, durante su infancia se trasladó a Japón, donde vivió un profundo choque cultural que describe como “un apasionante conflicto de cultura y creencias, de pasión y disciplina”, que le permitió entender de primera mano el poder de la sinergia cultural. Con el tiempo, Yokoi Kenji se convirtió en traductor para migrantes latinoamericanos que, en los años noventa, llegaron a Japón en busca del llamado “sueño japonés”, trabajando en reconocidas empresas del país. Hoy es un referente en el mundo hispano como uno de los oradores más influyentes, capaz de conducir al público por las más fascinantes historias, llevándolo desde las risas hasta las lágrimas. Revista Ekos conversó con él sobre su experiencia en Ecuador y de la charla que ofrecerá en The Mentors. -No es tu primera vez en Ecuador, ¿cómo ha sido tu experiencia con este país y con su gente? La primera vez que visité Ecuador me sorprendió muchísimo porque en mí había un gran desconocimiento de la riqueza de este país y de su cultura. Ya sabía de la amabilidad de su gente, debido a que en Japón y en muchos países del mundo he tenido contacto con amigos ecuatorianos, pero no sabía que el país era tan hermoso y la gastronomía tan impactante. Disfruto siempre de Ecuador. Cuando he dictado conferencias en varios lugares, he notado cómo varía el escenario, parece que estuviéramos en varios países al mismo tiempo. También te puede interesar: Estrés laboral y salud intestinal: el impacto silencioso en los trabajadores ecuatorianos y cómo enfrentarlo -¿Qué expectativas tienes con The Mentors, donde los enfoques que destacan en las ponencias son wellness, business and happiness? Mi mayor expectativa siempre es que pueda participar de manera orgánica, sin ningún tipo de sugestión, simplemente disfrutar el encuentro. Me gusta estar muy atento a la lectura del auditorio, del lugar, de las personas, y poder transmitir de manera muy orgánica lo que para mí es la salud mental: el equilibrio entre esa dosis de lo bueno y de lo malo, sin caer en una negación de lo dura que es la vida. -Tus charlas son muy identificativas y reflejan muchas realidades culturales. ¿Qué encontrará el público en esta ocasión? La verdad, no tengo ni idea, porque a pesar de que lleva una estructura y un mensaje, varía siempre en cada lugar. Es increíble cómo influye el auditorio, la posición de las sillas, el sonido, las edades de los participantes, el horario en que se dicte la charla, las horas que me entregan el auditorio, todo esto genera una serie de variaciones. Seguramente es inconsciente, yo no logro dominar ningún método, simplemente pasa. Y eso me hace también estar muy expectante de ver qué nace de allí. La charla que daré es Ikigai, cómo encontrar el sentido de la vida. Es un llamado a entender los principios de esta filosofía que, si bien tiene un nombre japonés, es universal y trata de cómo vivir la vida sensatamente. -Uno de los puntos a tratar de este evento es la felicidad. Un concepto que para muchos es muy subjetivo o difícil de explicar. Para ti, ¿qué es la felicidad? La capacidad de sentirse triste y no rechazar ese sentimiento, vivirlo. La capacidad de sentir emociones como la rabia, ira, dolor, y no rehusarse a ellas, más bien procesarlas. Y cada vez poder expresarlas de modos distintos, la capacidad de sentir todas las emociones de la vida y luego también sentir la alegría sin maximizar ninguna. Creo que ese equilibrio es felicidad. El tema de la felicidad me parece bastante sobrevalorado en estas épocas. Además es un método para manipular, vender cosas, vender productos, realizar concursos, de algo tan sencillo, tan práctico como es simplemente vivir con equilibrio, con sensatez. Entiendo que la inmediatez de la actualidad y la tecnología afecta de alguna manera nuestro comportamiento y lo que parece sencillo se convierte en algo complejo. Pero tampoco creo que haya secretos específicos, que alguien tenga la receta sobre cómo ser feliz; además de que varía también para cada persona. -Y así como varía para cada persona, varía en cada cultura. ¿Qué has aprendido de las diferencias culturales en Latinoamérica y Japón con respecto a la percepción de la felicidad? Bueno, el latino busca la felicidad y el japonés igual, pero siempre desde su zona de confort. La zona de confort del latino es el caos, la locura, la improvisación, la informalidad. Y desde esa plataforma comienza a buscar la felicidad, pero evade mucho los temas pragmáticos, la disciplina y todo lo que sea sistemático. Entonces, termina hastiándose. Es como que busca felicidad en el dulce, pero tanto dulce le empalaga finalmente el paladar y hace colapsar. Pasa lo mismo con el japonés ya que busca la felicidad a través de la seguridad. Pero como nadie logra ser 100% seguro ni 100% feliz, los dos lados terminan colapsando siempre y perdiendo lo que están buscando. De ahí que la propuesta es que finalmente somos de una nacionalidad llamada ningen, que se traduce como humanidad. Porque justo lo que tiene uno, lo necesita el otro. Así que no es exactamente una competencia o una comparación cultural, sino más bien un llamado a compartir la riqueza que tenemos. De ahí que llevo años diciendo lo mismo: los latinos deberíamos aprender un poco más de los japoneses y los japoneses definitivamente deberían aprender de los latinos. -Uno de los temas que tú has tratado en tus charlas son esos códigos culturales que están ahí, que muchas veces se traducen en patrones y que son parte de la identidad. ¿Cómo el entender nuestras raíces contribuye con esa sensación de bienestar que muchas veces perseguimos? Hablar de nuestras raíces es esencial, no para justificarnos, estancarnos en el pasado o culpar a alguien. Simplemente para poder entender el por qué las hojas de mi árbol tienen este color y este tipo de patrones en su follaje. Es importante ir a las raíces, hablar de ellas. Es un proceso doloroso, complejo y muy borroso porque el cerebro tiene capacidad de anular todo tipo de choques, de traumas. Sin embargo, al ser existentes, podemos, por supuesto, analizar. Creo que mi mejor asesoría, si se puede llamar así, es que las personas sean responsables con su salud mental y no hagan remedios caseros. Me parece muy peligroso que las personas estén hablando de salud mental sin remitirse antes a un profesional que tiene conocimientos y estadísticas del comportamiento humano. Personas como yo no somos profesionales de la salud mental, simplemente somos paciente con muchas patologías que casualmente se convierten en talentos. Así que confunde bastante el darse cuenta que mi talento, el que muchos aplauden al mismo tiempo, es una cruz enorme, es una herida profunda que me deja en soledad. Y es por eso que muchas personas, que alcanzan grandes éxitos en su vida, terminan sintiendo ese vacío, ese dolor tan profundo, o nunca anulan esa molestia, esa rabia, hasta que no van a sus raíces, las tratan con un profesional de la salud mental y aprenden lo que es terapia. La terapia no es solo sentarse frente a una persona y hablar con ella, es una cultura, donde se involucran muchas cosas. La naturaleza, la socialización, la música, son muchas áreas que incluyen la buena cultura de la terapia. ¿Cómo ves el mundo actualmente y cómo se percibe la terapia en la actualidad? Cada vez que un país adquiere más educación y desarrollo, medimos su riqueza no solo por sus edificios, sus carreteras, sino por el desarrollo cognitivo de sus ciudadanos o cuando se normaliza el concentrarse en ellos. Por ejemplo, cuando una nación está en guerra no tiene tiempo de ir a terapia. Pero cuando el país deja la guerra y va menguando la violencia, entonces comienzan a salir brotes de esa necesidad de tratar la salud mental ya que empieza a pasar factura. También puedes leer: El impacto de los alimentos en nuestro cerebro Uno de los ejemplos más claros es el soldado que se encuentra en guerra, cuando está en el monte se siente a gusto porque su cuerpo y mente se adaptan; se convierte en alguien agudo, duerme poco pero descansa muy bien. Luego, cuando termina la guerra, regresa a su ciudad, no puede dormir bien, no socializa y su cerebro le pide urgentemente volver a la acción. Y ahí comienzan los tratamientos. Porque en América Latina estamos muy acostumbrados a sobrevivir y a luchar para salir adelante. Pero si las cosas se comienzan a arreglar y el país comienza a prosperar, entonces comenzamos a sentir esta necesidad de equilibrio en la salud mental. Esto es lo que ha pasado en Noruega, Canadá, Dinamarca, Suiza o Japón, donde hasta los niveles de suicidios aumentan a raíz de la crisis en la salud mental. Pienso que en la actualidad la gente lo va asimilando mucho más. Antes igual lo hacía, pero por el desconocimiento buscaba la solución en el misticismo o en los remedios caseros, en cualquier tipo de magia.