Cuando las mujeres despiertan, cosas maravillosas suceden. Esa es la conclusión a la que llego después de conocer esta historia. A las faldas del volcán Chimborazo, un coloso de hielo ubicado a 6.263 metros sobre el nivel del mar, en la comunidad de Yatzaputzan (Cantón Pilahuín), 23 mujeres hicieron que esta frase sea una realidad. La palabra despertar, desde su definición etimológica es un acto que vá más allá de interrumpir el sueño, significa pasar de un estado de inactividad a un estado de vigilia o conciencia. Las protagonistas de esta historia vivieron una especie de epifanía, lo que cambió su psiquis y las llevó a crear una cooperativa de crédito, en medio del páramo, para apoyar al desarrollo de esta comunidad. Pero el camino de quien decide vivir en conciencia o ser fiel a sí mismo, no necesariamente es un camino de rosas, todo lo contrario, muchas veces está lleno de espinas. Así lo recuerda Blanca Poaquiza, actual Gerente de la Cooperativa Warmikunapak Rikchari (El Despertar de las Mujeres en el Páramo) quien cuenta cómo inició esta entidad financiera que en 2025 cumple 17 años. Nos encontramos en un edificio moderno, cuya primera planta está ocupada por estaciones de servicio atendidas por cajeros y otras dedicadas a la atención al cliente. Al subir las gradas hacia el segundo piso, en los muros cuelgan las fotos que registran la construcción de este lugar: las mujeres de la comunidad haciendo trabajo de albañilería, cargando ladrillos y carretillas llenas de cemento, construyendo con sus propias manos un sueño que lo hicieron tan suyo al punto de desafiar y vencer gigantes. Afuera, el paisaje del páramo es simplemente encantador: espacios verdes que dan fe de los sembríos y la fertilidad de la tierra que contrastan con una niebla característica de la zona. Violencia estructural y discriminación Como quien cuenta un crudo invierno, antes del florecimiento, Blanca recuerda que constituir la cooperativa les llevó a enfrentarse a varios episodios de violencia. “Todo inició a raíz de organizarnos, creamos un grupo de mujeres que nos dedicábamos al tejido de chalinas y venta de comida en el mercado intercomunal de Yatzaputzan. Teníamos un ingreso económico y hacíamos préstamos entre nosotras, con un interés, pero no teníamos una caja ni un sistema. La raíz de todo también fue la discriminación que vivíamos de los grandes bancos y cooperativas en la ciudad. Por ser indígenas, por ser mujeres, no nos prestaban el dinero”. Fue así que, con un capital semilla de USD 250, otorgado por la Dra María Alicia Mata, una abogada que tuvo un acercamiento a la comunidad a través de Fundación Futuro, se desarrolló este proyecto. Cuando el uso del dinero estaba en discusión, las mujeres pensaron en crear una caja comunitaria, pero se cristalizó creando una cooperativa de ahorro y crédito. "El 14 de abril del 2008 constituimos la cooperativa Warmikunapak Rikchari, en donde teníamos que poner a USD 500 cada mujer. Éramos 23 mujeres indígenas, con USD 11.500 dólares arrancamos la cooperativa". Pero mientras los sueños florecían, las mujeres tuvieron que ignorar algunas voces. Recuerdan que en esa época sus maridos se oponían a este proyecto. Las 23 fundadoras se reunían constantemente para conformar la cooperativa, pero para lograrlo tenían que salir de sus casas en medio de prohibiciones y discusiones. Sus esposos incluso las golpeaban. Una de ellas recuerda que al salir de casa a una reunión, su suegra le aconsejó a su esposo que le impida la salida porque su lugar era en la casa, en la cocina. Blanca dice, entre risas, que en una ocasión, su esposo la dejó afuera por asistir a una asamblea. Esa noche, ella durmió en la casa de una compañera y desde ahí las mujeres se organizaron para acoger a aquellas que no podían regresar a sus hogares. “Para nosotros fue difícil porque, hablemos de los años 1990-2000, existía mucho machismo y alcoholismo. El grupo de la Mama Meche (primera presidenta), que desde esos años sufría el maltrato, se organizaron. En las cantinas cogieron los garrafones de alcohol los regaron, y quemaron”. Como resultado, los niveles de alcoholismo en la comunidad bajaron considerablemente. Han pasado 17 años desde entonces y tras varios intentos de cierre, ahora la cooperativa ha pasado del segmento 5 (menos de un millón) al segmento 4 (cuyos activos se encuentran entre USD 1,000,000.00 y USD 5,000,000.00). “Gracias al trabajo y el esfuerzo de todos los directivos, al igual que los presidentes y los gerentes que nos han apoyado en este trabajo, estamos administrando USD 6.300.000”, menciona Blanca. Pero tienen un crecimiento proyectado: el objetivo es llegar al segmento 3 (entre USD 5 millones y USD 20 millones) y próximamente inaugurarán una agencia en la parroquia Santa Rosa. La gerente resume algunos logros de la cooperativa: actualmente dan 23 fuentes de trabajo directos, en su mayoría ocupados por mujeres de la comunidad, y ha impulsado diversos emprendimientos locales, entre ellos la procesadora de abono orgánico Turismo Biofertil, el camal comunitario “12 de Diciembre”, la embotelladora de agua Urquillaco y el supermercado Las Poderosas Marías, que nació como alternativa para garantizar productos de calidad y a precios justos para las familias de la zona. El compromiso con la educación y la juventud también ha sido una prioridad. La cooperativa implementó una política de becas y apoyos económicos para viáticos de estudiantes universitarios, quienes además realizan prácticas profesionales en sus oficinas y muchos de ellos han sido contratados para fortalecer distintas áreas de gestión. La historia cambió, las mujeres se despertaron, de ahí el nombre de la cooperativa. “Se unieron otras mujeres y dijimos, ¿por qué vamos a vivir maltratadas de nuestros esposos. Muchas veces no daban la palabra a una mujer en una asamblea, nunca elegían una presidenta o una tesorera en las comunidades”. La equidad de género es un pilar fundamental. El 80% de sus socias son mujeres, quienes han demostrado una gran responsabilidad en el pago puntual de los créditos y en el liderazgo comunitario. La cooperativa también promueve la participación de los hombres, asignando tareas que requieren movilidad, como recuperación de cartera, mientras que las mujeres se concentran en áreas de atención al cliente, tesorería y administración. Su impacto va más allá de lo económico. Warmikunapak Richari desarrolla responsabilidad social comunitaria, apoya el mantenimiento de caminos de segundo orden que son vitales para los agricultores y ganaderos, entregan insumos agrícolas y colaboran en actividades culturales y deportivas de las comunidades. A la vez, fortalece el turismo comunitario con capacitaciones en gastronomía, atención a visitantes y gestión, beneficiando a proyectos como Patacocha y Mechahuasca, que son parte del proyecto Las poderosas mujeres de los volcanes. En el ámbito financiero familiar, la cooperativa fomenta el ahorro a plazo fijo y gestiona de manera segura las remesas enviadas desde EE.UU., lo que brinda confianza a los socios y garantiza recursos disponibles para emergencias o inversiones productivas. Niños sin nombre, rescate de las raíces y empoderamiento de las mujeres Los ojos de la Dra María Alicia Mata Herrera, Directora de la Fundación Takuna, se llenan de lágrimas en algunas ocasiones cuando habla de esta historia. Han pasado más de 20 años desde que tuvo su primer acercamiento a la comunidad de Yatzaputzan a través de la Fundación Futuro. Recuerda que en ese entonces, la comunidad no tenía ni un dispensario médico y que muchos niños no recibían su nombre hasta los dos años porque muy pocos sobrevivían hasta esa edad, por falta de vacunas y por desnutrición. Fue así que acudió al Ministerio de Salud, pero encontró que esta cartera de Estado no contaba con datos acerca de esta comunidad. Fue así que sus primeros objetivos en este lugar estuvieron relacionados a la salud, a través de un censo poblacional y el levantamiento de un centro de salud. Recuerda que ella también tuvo que enfrentarse al machismo, ya que en la comunidad exigían la presencia de un hombre como representante de la Fundación Futuro. Pero María Alicia presentó a Paulina Burbano de Lara como Directora Ejecutiva y tuvo que romper esos estereotipos. Mientras converso con María Alicia, surgen nuevas historias, varias en realidad, que hablan de su inmersión en esta cultura de la comunidad. Por ejemplo, fue testiga de una ecografía en el páramo a una mujer embarazada. Recuerda que lo hicieron en un cuarto a oscuras, con una vela y cómo pudo ver el feto solo con estas herramientas, También recuerda que para trabajar los problemas de desnutrición, cambió la comida que recibían y sacó provecho de los ingredientes que da el páramo y que muchas veces son minimizados. Otra de las historias es el rescate de la identidad de las mujeres de la comunidad. Recuerda que las mujeres jóvenes estaban dejando de lado sus trajes típicos y gracias a un proyecto en conjunto con la Facultad de Diseño de la Universidad Técnica de Ambato, desarrollaron un proyecto para rescartar la indumentaria tradicional de este pueblo indígena adaptándolo a las necesidades y practicidad de los jóvenes. Pero, la construcción de la cooperativa es uno de los casos de los que más habla con orgullo. Recuerda cuando les prestó USD 250 dólares como capital semilla. Pero para que el proyecto funcione, se basó en el modelo de Muhammad Yunus, economista que en años 2000 recibió el Premio Nobel de la Paz por su idea de los microcréditos “Si una mujer no podía pagar, las demás respondían con garantía solidaria. Recuerdo que en un proyecto con vacas, una murió porque comió una funda en el terreno comunitario. La dueña no podía cubrir la deuda, pero la comunidad puso la mitad y las otras 14 mujeres el resto. Ahí entendí lo que significa la verdadera solidaridad”, recuerda. La educación es clave para el desarrollo En esta comunidad, la transformación no se ha dado por casualidad. Ángel Punina Secretario de Educación del pueblo de Tomabela, quien proviene de la Comunidad 10 de Octubre, recuerda cómo, hace más de dos décadas, la realidad era otra: “Antes no había salud, ni desarrollo, ni productividad; la gente sufría enfermedades catastróficas y no tenía oportunidades”. Todo cambió con la llegada de Fundación Futuro, liderada por María Alicia Mata, que impulsó capacitaciones, talleres y organización comunitaria. “La administración la dejamos en manos de las mujeres; manejan hasta el último centavo y bien”, afirma. Así, la cooperativa creció, la salud mejoró y la educación se convirtió en un pilar de la comunidad. Hoy, las familias tienen menos hijos, los jóvenes se preparan y surgen nuevos líderes que inspiran con su ejemplo: “Tenemos jóvenes profesionales, futuros líderes y autoridades que surgen de nuestra gente”. Pero la transformación no se limita a lo social: también incluye el cuidado del ambiente y la gestión del agua. “Si no cuidamos la tierra y el agua, no habrá futuro. Queremos dejar un ejemplo para nuestra comunidad, el país y el mundo”, explica Ángel. Un proyecto que marcó la diferencia "El sentido de comunidad y la confianza mutua fortalecieron el proyecto: “Nosotros somos transparentes con ellos, y ellos son transparentes con nosotros. Hay comunión, respeto e integridad”. José Luis Scotto. Para llevar a cabo este proyecto, también hubo un análisis de viabilidad y las mujeres de la comunidad recibieron capacitaciones de la mano de José Luis Scotto, Presidente de la Cámara de Comercio Argentina y Fundador y Gerente de Sinapsis Consultores, quien habla con mucho entusiasmo de este proyecto. Recuerda que uno de los mayores desafíos fue enseñar a mujeres con distintos niveles de educación: “Tenías algunas que terminaron secundaria, otras primaria, otras profesionales, y algunas analfabetas. Yo les decía: no se puede usar términos complejos, como en la programación neurolingüística, porque no todas van a entender”. A pesar de sus dudas, Scotto decidió seguir adelante. Su experiencia en Bolivia le enseñó que enseñar a bajar el nivel de lenguaje es más difícil que hacerlo académico. Para las concejalas, adaptó conceptos fundamentales: “Fiscalizar significa supervisar, controlar, vigilar, rendición de cuentas… si no sabes, vas presa”. Scotto subraya que el aprendizaje debía ser práctico, constante y riguroso: “Ocho horas de talleres, a escribir, a hacer trabajo en equipo, llevarse tareas, traerlas hechas; aprender haciendo”. El proyecto que él acompañó en Ecuador tuvo éxito porque combinó necesidades, liderazgo y carácter. Las mujeres enfrentaban discriminación, alcoholismo, maltrato y pobreza, y decidieron cambiar. “La decisión de cambiar fue de ellas; otros lugares trabajaron y no tuvieron éxito”, afirma. La presencia de María Alicia fue determinante: enseñó disciplina, exigió responsabilidad y sirvió como ejemplo. “El informe es el viernes a las tres, ni a las cuatro, ni al lunes, ni al sábado”, recalca Scotto, recordando cómo la estructura fortaleció la organización de la cooperativa. La ética y la transparencia marcaron la diferencia frente a otras cooperativas dirigidas por hombres: “No hay medias tintas. Acá es transparencia, eficiencia, eficacia y economía. Gastemos lo menos posible, seamos eficientes, efectivos y totalmente transparentes”. Las mujeres aprendieron a manejar fondos, reinvertir ganancias y aplicar sanciones internas, sin que nadie se apropiara de recursos. “Cuando se atrasaban, se ponían multas; todo entraba a la caja, nadie se llevaba un centavo”. Scotto resalta que el empoderamiento implicó superar obstáculos internos y externos: “No es fácil, porque tienes que enfrentarte incluso a tu propio marido o suegra que te boicotean. Sin embargo, ellas tuvieron las agallas, los ovarios, de llevar adelante esto”. Scotto concluye con orgullo: “Fue un resultado de éxito, por donde lo mires. Combatieron alc oholismo, machismo, maltrato, pobreza y discriminación. ¿Cómo no sentir orgullo de ser una partecita de esto?”. Por: Cristina Guevara