La industria de alimentos cuenta con una destacada y esforzada participación de mujeres que trabajan en todos los eslabones de su cadena de producción. Según datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC), el porcentaje de mujeres que trabajan la rama de Agricultura, ganadería, caza y silvicultura a escala nacional es del 20,9% y el porcentaje de mujeres con relación a la rama de actividad es de 30,8 %. En el caso de la pesca, el porcentaje en esta rama es del 0,3%, con un 11,4% en relación a la rama de actividad. Las mujeres ocupan diferentes roles y cargos dentro de esta industria, sin embargo todo empieza en el campo y los mares. La tierra y el mar son los que dan de comer, sin ellos los humanos no tienen acceso a miles de alimentos que son importantes para el desarrollo de las personas en todos los ciclos y aspectos de su vida. Históricamente, las mujeres rurales han estado ligadas a la producción de alimentos que luego son consumidos en todos los espacios, incluídos los urbanos. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), las mujeres, especialmente en áreas rurales, desempeñan un papel crucial en la producción de alimentos. Se estima que ellas representan el 43% de la fuerza laboral agrícola en los países en desarrollo. Por otro lado, las mujeres rurales juegan un papel importante ya que a menudo son las responsables de sembrar una variedad de cultivos, lo que ayuda a garantizar la seguridad alimentaria y la diversidad nutricional en sus comunidades. Ana Luna es vocera de la Fundación Contra la Violencia (FUCVI) que opera en conjunto con el IRI (Instituto Republicano Internacional) y WDN (Woman Democracy Network), el cual este año trabaja en el proyecto “Liderazgo de las Mujeres Rurales en Ecuador”. Con el mismo, han capacitado en 9 talleres, en 9 provincias (Azuay, Loja, Galápagos, Chimborazo, Tungurahua, Morona Santiago, Napo, Pastaza y Pichincha) a varias mujeres en temas de liderazgo. Ella habla de la necesidad de “regresar a ver a la ruralidad”. “Nosotros vivimos en la ciudad. La zona urbana come, trabaja, produce, pero no sabe qué viene detrás, de dónde viene todo”, explica. Agregó que muchas veces se ignora que hay un alto porcentaje de mujeres rurales que se dedican a actividades agropecuarias en los países andinos. Por ejemplo, el más alto está en Bolivia donde el 86% se dedica a esta actividad. En el caso de Ecuador, es del 61% y Colombia de un 36%. Esto además conlleva un gran aporte de conocimientos ancestrales. “Mientras la mujer se queda en la chacra (pedazo de tierra con un sistema de producción ancestral), tiene un trabajo triple”, menciona. Las mujeres rurales se enfrentan a violencia Ese exceso de trabajo no remunerado, que es parte de la cotidianidad de las mujeres rurales, es solo una de las formas de violencia a las que están constantemente sometidas. Para la ONU, algunos de los retos a los que se enfrentan son: la falta de acceso a recursos como tierras, financiamiento y tecnologías, esto afecta su capacidad para aumentar la producción y mejorar la calidad de los productos; la falta de educación y formación técnica, las cuales limitan las oportunidades de las mujeres para innovar y adoptar p rácticas agrícolas sostenibles; y la desigualdad de género que tiene que ver con las normas culturales y sociales a menudo restringen la participación de las mujeres en la toma de decisiones y en roles de liderazgo dentro de la industria. Ana Luna, desde su experiencia de trabajo en territorio, afirma que aquel “trabajo triple” se debe a las condiciones precarias en las que vive gran parte de mujeres en la ruralidad porque muchas de ellas no gozan de seguridad social. “Tenemos una deuda importante con ellas en la parte de salud, muchas de ellas, alrededor del 30%, dan luz en situaciones precarias, porque el sistema no alcanza a llegar a estos sectores. Para poner un ejemplo muy puntual, en Galápagos la infraestructura de salud está en San Cristóbal, pero ¿qué pasa con las mujeres que viven en otras islas como Isabela donde la lancha sale solo dos veces al día y cuesta USD 30? Las mujeres son violentadas, si están enfermas o si van a dar a luz, les toca arreglarse por su cuenta. Y cada lugar o cada región tiene su particularidad: en la Amazonía, por ejemplo, también hay comunidades aisladas en donde las niñas a los 15 o 16 años ya son madres y así empiezan su vida”, dice. También te puede interesar: Daniella Álvarez: "Mis cicatrices son el mapa de mis batallas" Por eso es importante -según ella- trabajar en liderazgo en las mujeres, especialmente en áreas rurales, el cual se manifiesta cuando las circunstancias lo exigen, ya sea por la necesidad de defender sus derechos o por enfrentar una crisis. En muchos casos, estas mujeres no se consideran líderes hasta que la vida las coloca en una posición donde deben asumir ese rol, por ejemplo, dentro de sus familias o comunidades. Sin embargo, el camino para sostener y fortalecer ese liderazgo es arduo, particularmente en un contexto donde el machismo, el alcoholismo y la violencia son barreras constantes. De acuerdo a la experta, uno de los principales factores que afecta negativamente a las comunidades rurales es el alcoholismo, introducido -muchas veces- por el impacto de industrias como la minería o el petróleo y que ha provocado un aumento en los niveles de violencia, principalmente hacia las mujeres. Por más que estas mujeres lideren, al llegar a sus hogares se enfrentan a la agresión física, lo que destruye sus esfuerzos por ejercer ese liderazgo. Cuenta, además, que las mujeres rurales que participan en talleres de formación comienzan a identificar estas formas de violencia que han sufrido desde siempre y que en muchos casos han normalizado. Los talleres brindan herramientas para reconocer y confrontar este ciclo de abuso, pero estas acciones no son suficientes sin una red de apoyo fuerte y sin un cambio en la estructura social que las rodea. A pesar de los desafíos, hay ejemplos inspiradores de mujeres que han superado estas dificultades y se han convertido en agentes de cambio en sus comunidades. Sin embargo, el desafío más grande sigue siendo la estructura machista que impera en las comunidades rurales. Esta estructura limita el acceso de las mujeres al poder y también les impone leyes internas que ni siquiera la legislación nacional puede contrarrestar. La falta de visibilidad de estas mujeres en el ámbito público también es un obstáculo. Aunque son capaces de transformar sus entornos, siguen enfrentando una insensibilidad generalizada y una escasa oportunidad para proyectar su liderazgo a nivel nacional. Estos talleres ofrecen herramientas para reconocer y confrontar el ciclo de abuso, pero requieren una red de apoyo sólida y un cambio en la estructura social circundante para ser efectivos. El machismo, las leyes internas y los problemas sociales como el alcoholismo son solo algunos de los retos que enfrentan. A esto se suma la falta de apoyo en la política pública y la segregación que viven al dejar sus comunidades para integrarse en un entorno urbano, que en muchos casos es indiferente a sus necesidades. La falta de participación masculina en los foros y actividades para fortalecer el liderazgo femenino también es un problema, ya que muchas veces las mujeres terminan discutiendo entre sí sin lograr la incidencia que se necesita para transformar la estructura de poder. “A pesar de contar con el Ministerio de la Mujer, que es un ejemplo en la región, todavía queda mucho por hacer para garantizar que el liderazgo femenino, especialmente el de las mujeres rurales, sea verdaderamente reconocido”, menciona la experta. Este trabajo es un derecho consagrado en la Constitución de la República del Ecuador. En el Art. 400 se establece que el Estado ejercerá soberanía sobre la biodiversidad, cuya administración y gestión se realizarán con responsabilidad intergeneracional. También se declara de interés público la conservación de la biodiversidad y sus componentes, especialmente la biodiversidad agrícola, silvestre y el patrimonio genético del país. Asimismo, el Art. 401 proclama al Ecuador como territorio libre de cultivos y semillas transgénicas. Por otro lado, el Art. 410 señala que el Estado apoyará a los agricultores y comunidades rurales en la conservación y restauración de los suelos, además de fomentar prácticas agrícolas que protejan los suelos y promuevan la soberanía alimentaria. El 20,9% de las mujeres trabaja en Agricultura, ganadería, caza y silvicultura, mientras que en pesca solo representa el 0,3%. Por: Cristina Guevara & Doménica Rivadeneyra