Habitamos en una era totalmente automatizada donde vivimos principalmente para hacer y para cumplir aquellas imposiciones de la matrix donde desde que nacemos tenemos un para qué bastante impuesto por la sociedad. Quizá algunos pensarán: “yo mañana me levanto para ir a trabajar, o para ir al colegio/universidad, para hacer ejercicio, para hacer el desayuno para mi familia”. Y esto no está mal, pero en realidad estas razones son motivos inmediatos de una agenda por llenar. El verídico sentido de la pregunta para qué me levanto, tiene un trasfondo un poco más elevado donde la búsqueda está en encontrar sentido y encontrar propósito para y hacia nuestra vida. Tener un auténtico para qué, es tener esa verdadera motivación para que aquellas cosas que hagamos, por más pequeñas que parezcan, valgan la pena hacerlas y vivirlas. También te puede interesar: Cascos Verdes: sembrando árboles para preservar la vida El rato que concientizamos que hacemos desayuno para otros y le damos ese sentido comunitario de ayuda, de apoyo, de nutrición a los seres amados; el gesto de hacer el desayuno cambia. El contexto se mantiene, sí. Pero no es lo mismo hacerlo “porque me toca o porque es mi trabajo”, que hacerlo porque me nace, porque quiero, porque sé que de esto, aporto con un granito de arena a otros y de esa manera, también a mí mismo. Lo mismo con lo laboral y lo personal. Gran parte de nuestra vida la acontecemos trabajando. Genuinamente he visto varias personas que han pasado por mi consulta con un sentido vacío de ir al tedioso lugar a pasar tediosas 8 horas, con tediosos compañeros insufribles, solo para llevarse el sueldo que ese lugar le provee. Ojo, esto no es una crítica, ganarse el pan de cada día y proveer, es un gesto noble por donde se lo vea. Pero con este texto busco despertar la necesidad de que las personas se desautomaticen de ese tener que trabajar solo para hacer dinero sin la recompensa del gozo, aprendizaje, retos y crecimiento que quizá un trabajo puede proveer en otros contextos donde no trabajo por el sueldo, sino por la pasión y por la dicha que hacer esto nos pueda traer. ¿Qué pasa si San Pedro, al momento que fallezcas y debas ser juzgado te pregunte, hijo/a mío/a qué hiciste con el tiempo que tuviste en la tierra? Tómate un minuto para contestar sincera y honestamente esta pregunta. ¿Realmente viviste, o apenas sobreviviste? ¿Viviste una vida plena, de gozo y llena de decisiones conscientes? ¿Aprovechaste tu tiempo? ¿Aprendiste, amaste, compartiste? ¿O lastimosamente te dedicaste a cumplir con lo que otros querían/esperaban de ti hasta que te llegó la hora? Es trascendental hacernos estas preguntas existenciales porque finalmente nuestra mera existencia es efímera y sólo el recordatorio de la temporalidad breve en la que habitamos puede hacernos despertar del automatismo para permitirnos elegir cómo queremos vivir, qué uso queremos hacer de nuestro tiempo y qué queremos para nuestra vida. Solo nosotros podemos responder qué nos importa, qué realmente es valioso y qué es aquello a lo que mi ser más profundo siente el llamado o necesidad de hacer, para el cumplimiento de nuestra misión. Es aquí donde entra el propósito, volviéndose el motor que nos ayuda no sólo a resistir, sino que se convierte en la brújula de movimiento, acción y sentido de la manera en que vamos a vivir la vida, tanto desde nuestra percepción racional, como emocional, como espiritual. El sentido y la búsqueda de propósito son misiones individuales que todos estamos llamados a responder y que todos tenemos la oportunidad de aprovechar. O no. Por eso, te invito; plantéate la pregunta, ¿para qué te levantas cada mañana? Espero la respuesta te complazca y sino, ¡a replantearse! Por: Pamela Chávez Guarderas, Psicóloga Clínica.