En la primera edición del año, compartimos la historia de Jhonny, quien experimentó un cambio significativo en su vida gracias al liderazgo inclusivo, horizontal y participativo de Plan International. Jhonny “En diez años seré médico y contribuiré a mi provincia, Santa Elena. Recorreré las comunidades y atenderé a las personas que me necesiten, sin necesidad de que me paguen. Todos somos personas y siempre necesitamos la ayuda de alguien para salir adelante. Esta también es mi historia: la de un joven que perdió a su padre a los tres años y cuya madre luchó junto a sus abuelos y tías para sacarlo adelante, pese a que los recursos económicos siempre fueron muy limitados. Creo en los sueños, en los ideales y en el activismo social, porque la combinación de estos tres elementos me trajo a mi destino: Mar del Plata, Argentina, donde estudio Medicina. En mi familia, nadie imaginó que uno de nosotros llegaría tan lejos, ya que hasta ahora solo un primo había ido a la universidad. Yo soy el segundo en hacerlo. Para mí, es un logro que resume lo que mi abuelito siempre nos enseñó: que debíamos estudiar con dedicación, ya que es nuestra máxima responsabilidad. Creo que él nunca se imaginó que sus palabras cambiarían la historia de mi familia. Él es guardia de seguridad y, con lo que ganaba, arreglaba la casa para que todos viviéramos bien. Cuando era niño, compró una televisión, que a veces veíamos para entretenernos, ya que no tenía muchos juguetes. Las mujeres de mi familia han sido mi inspiración, en especial mi mamá, que después de enviudar a sus 25 años volvió a la casa de mis abuelos con dos pequeños hijos. Para sacarnos adelante, trabajó y, a la par, estudió para ser auxiliar de enfermería. Y lo logró. Ella fue quien me introdujo al mundo de la medicina. Algunas veces, cuando yo tenía ocho años, el bus del colegio nos dejaba a mi hermana y a mí en el hospital donde mi mamá trabajaba, y la esperábamos hasta que saliera. En ese hospital, los doctores eran empáticos con nosotros y nos hacían reír o nos regalaban un chocolate para hacer más amena la espera. Fue ahí donde entendí que la medicina es social y debe ser para ayudar a todos. A veces pienso que todo en mi vida se ha ido entretejiendo para que logre mis sueños, pero he tenido que cambiar mi visión del mundo. Aunque a los 14 años ya formaba parte del Consejo de Protección de Derechos del Cantón La Libertad y a los 17 fui presidente del Consejo Consultivo de la Niñez, Adolescencia y Juventud, tenía una visión machista, a pesar de que siempre he querido hacer un cambio en mi sociedad. A esa edad pensaba que los hombres éramos los únicos que debíamos estar al frente de un espacio de liderazgo, como la Alcaldía. Para mí, siempre tenía que ser un hombre. Y cuando veía que las mujeres participaban en un rol de liderazgo, como concejalas, creía que lo hacían mal. Incluso en mi casa, aunque la mayor parte son mujeres y todas trabajaban, yo sentía que mi abuelo era el hombre de la casa y el que proveía. Esta realidad cambió cuando conocí a María Belén, mi mejor amiga, una adolescente empoderada que siempre hablaba de la equidad de género y el empoderamiento de la mujer. Ella formaba parte del Movimiento Por Ser Niña, de Plan International Ecuador. A través de ella también conocí a María Esperanza, otra activista impulsada por Plan International, me ayudó a abrir los ojos, a ver el mundo en su diversidad y notar cuán equivocado había estado hasta los 17 años. La convicción de María Esperanza era tan firme que, cuando me invitó a participar en un curso de inglés para adolescentes, impartido por Amigos de las Américas en conjunto con Plan International, acepté. Lo primero que vi al llegar a las oficinas de Plan International fueron las paredes llenas de pancartas que promovían la equidad de género. Yo no sabía casi nada del tema, pero me comenzaba a interesar. Sin embargo, al inicio, mi principal motivación para asistir al programa era mejorar mi comprensión del inglés, porque era un idioma que se me dificultaba mucho. Al final, en las clases no solo aprendí el idioma desde cero y reforcé mis bases, sino que, al mismo tiempo, iba aprendiendo sobre género, ya que muchas actividades de las clases estaban relacionadas con este tema. Eso me encantó y ahí comenzó mi activismo por promover la igualdad. Cuando las clases de inglés terminaron, me invitaron a participar en actividades del Movimiento Por Ser Niña, lo que también acepté. Yo nunca digo que no a los nuevos desafíos y menos si se trata de activismo social. Con el paso de los años, puedo ver que ahí no solo comenzó mi cambio, sino el de mi familia y amigos. Aunque antes había recibido talleres de empoderamiento y liderazgo de otras organizaciones, los de Plan International fueron muy especiales, porque trastocaron mi perspectiva del mundo, de lo que es ser hombre. Luego aprendí sobre identidad de género y fue la primera vez que me di cuenta de que esto existía y era una realidad a la que le había dado la espalda por desconocimiento. Pero mi tarea no quedó ahí; decidí hablar de esto con mis abuelos, que son católicos, apostólicos y romanos, y aunque me llevó mucho tiempo hacerles entender que la identidad de género existía, hoy la aceptan y la respetan. Pese a sus años, ellos han comprendido que el mundo está cambiando, que las personas no son iguales y que esto no está mal. Mi mamá también lo entendió y ahora, cuando una persona trans o gay va a su trabajo, ella le trata con empatía.