“Lo que te están preguntando realmente es: ‘¿No seréis maricones?’, porque esperan que te violentes, creen que vas a mentir, a disimular”, explica este creador de contenido en conversación telefónica. Pero esta vez no quiso hacerlo. “Respondí: ‘Es mi novio’, y entonces pararon las risitas”. Paró también la conversación. Fue incómodo, tenso, pero Álex no se arrepiente. “Antes decía, ‘es mi amigo’, pero mira, es importante para mí, y creo que también puede serlo para las comunidades LGTBIQ+ locales. Aunque no tengas un contacto directo con ellas, puedes tener un impacto positivo sobre sus vidas contestando, normalizándolo”. Él puede hacer eso en ciertos países como Filipinas, donde la homofobia es social, pero no tiene cobertura legal. Pero tendría que callarse en otros. “Imagínate que esto te pasa en un país donde existen leyes que penalizan la homosexualidad”, comenta. Pablo Martínez, director de la agencia de viajes para público LGTBI, Seven Colours, se lo puede imaginar. Él prefiere no organizar viajes a países homófobos, pero si el cliente insiste le comenta los riesgos y le da cobertura. Eso a veces significa tirar de contactos en la embajada. Otras, llamar a un abogado de madrugada, cuando dos mujeres que celebran su luna de miel en las islas Mauricio se pasan de románticas fuera del hotel. O incluso sacar a alguien de un país a contrarreloj. También te puede interesar: Las 50 personas LGBT+ más influyentes del mundo “En Irán tuvimos a un chico gay que quería ir solo”, cuenta al teléfono. “Le dije que era peligroso, pero él estaba empeñado, así que accedí. Por si acaso me había creado un plan de contingencia, y menos mal. Ocurrió que este chico bebió de más y tenía un guía muy majo. Joven. Guapísimo. Y yo qué sé, le gustó, se lanzó”. Lo que en un país como España puede suponer una pequeña vergüenza, un “lo siento, he calculado mal”, en Irán puede acabar con tus huesos en la cárcel. O descoyuntados tras ahorcarte en una plaza. Tenían un problema grave. “El guía llamó a nuestro proveedor, le contó lo que pasaba, nervioso, gritando. Le dijo que le iba a denunciar a la policía. Tuvimos que sacar al chico del país lo más rápidamente posible. Su vida corría peligro”. Tras una carrera contrarreloj, el avión llegó antes que la denuncia. Dinero rosa para acabar con leyes negras Según la Organización Mundial del Turismo (OMT) esta industria es la primera o segunda fuente de ingresos en 20 de los 48 países menos desarrollados del mundo. Casi todos estos se encuentran en otra lista, la de las 69 naciones que penalizan la homosexualidad. Uno de cada tres países en el mundo. Algunos activistas creen que el turismo LGTBI, que mueve mucho dinero al año, según datos de la OMT, puede forzar un cambio en ciertos países. Hay un precedente reciente: el sultán de Brunéi paralizó su proposición de ley en 2019 para castigar la homosexualidad y el adulterio con pena de muerte por lapidación. No le frenaron la presión internacional o las manifestaciones a lo largo del globo. Fue el boicot a sus muchos hoteles. Es el dinero y no el activismo lo que mueve el mundo. Y el turismo mueve mucho dinero. También te puede interesar: ¿Cómo la diversidad impulsa la innovación y el desarrollo de tecnología en Ecuador? “Esto no es algo nuevo. Hay zonas de México que se desarrollaron gracias a turistas gais estadounidenses”, señala Ignacio Elpidio, profesor del máster de Turismo LGTBI de la Universidad de Barcelona y autor del ensayo 'Se vende diversidad'. “El boicot a ciertos países podría ser un arma de cambio social, pero eso es esperar una concienciación por parte de personas que pueden estar buscando simplemente precios más baratos, destinos más bonitos”, apunta. Los turistas LGTBI no son siempre activistas. Son también solo personas corrientes que quieren desconectar de su rutina y languidecer en una playa de aguas turquesas. Fuente: EL PAÍS