Desde el inicio, hizo un llamado claro a la acción colectiva, señalando que transformar la educación no puede ser tarea de una sola persona o institución, sino de una corresponsabilidad entre el Estado, el sector privado, las organizaciones sociales y la comunidad. Uno de los ejes centrales de su mensaje fue la importancia de garantizar condiciones de bienestar para el aprendizaje. Brown subrayó que muchos estudiantes enfrentan barreras estructurales como desnutrición, falta de acceso, violencia y ansiedad, que impiden que puedan aprender, sin importar la calidad del docente o los contenidos. Dijo: “Un niño no puede aprender si está deprimido, si tiene hambre o si camina 20 kilómetros para llegar al colegio”. En este sentido, enfatizó que el bienestar emocional, físico y social de los estudiantes debe ser la base de cualquier intervención educativa. La exministra de Educación también cuestionó la creencia de que el nivel de ingreso familiar determina automáticamente el desempeño académico. Presentó datos de un estudio nacional que evidencian que el promedio de resultados es similar entre estudiantes de distintos niveles socioeconómicos, lo que indica que el problema educativo es más profundo y estructural: “Esto quiere decir que el problema no está únicamente en los ingresos, sino en el sistema mismo”. Planteó como reto el desarrollo de competencias socioemocionales y pensamiento crítico, y no solo la memorización de contenidos. Brown señaló que el sistema educativo debe formar ciudadanos solidarios, con valores, capaces de generar cambios sostenibles y participar activamente en la sociedad. “Un líder de una banda también tiene liderazgo, pero lo que nos interesa es formar buenas personas que usen ese liderazgo de forma positiva”. Frente a esta realidad, presentó la propuesta de Fundación Crisfe: crear una red nacional de unidades educativas que combine gestión directa con alianzas estratégicas. En 2023, pasaron de tener un solo colegio con 200 estudiantes a gestionar seis unidades educativas con 2.700 estudiantes en Quito, Guayaquil y Quevedo. Además, colaboran con otras organizaciones como Unidos por la Educación y Fundación TOS, extendiendo su alcance a más de 5.000 estudiantes mediante alianzas. Estas escuelas aplican un seguimiento nominal de los aprendizajes, midiendo el progreso individual en lectura, matemáticas y habilidades socioemocionales desde el inicio hasta el final del año, con el fin de personalizar las intervenciones. Brown comparó este sistema con el control pediátrico: “Así como llevamos a los niños al pediatra para ver si están creciendo bien, deberíamos hacer lo mismo con su desarrollo educativo”. Finalmente, cerró con un llamado a la acción: a involucrarse, a colaborar, a sumar esfuerzos. Propuso que las empresas también midan el impacto social de sus intervenciones, no solo en términos de beneficiarios, sino en transformaciones reales: “Si logramos que más niños aprendan a leer, estamos cerrando brechas de desigualdad. No se trata solo de cifras, se trata de cambiar vidas”. Con un enfoque humano, técnico y propositivo, María Brown dejó en claro que la educación es el camino para transformar el Ecuador, pero solo será posible si todos asumimos el compromiso de actuar.