La enfermedad renal crónica es una afección en la que los riñones pierden su función de forma progresiva. Cuando la enfermedad está avanzada, los principales tratamientos son la diálisis y el trasplante renal, siendo la diálisis una de las opciones más utilizadas, según Médica Santa Carmen. Sin embargo, no todas las afecciones renales requieren este tratamiento. Existen condiciones más leves, como cálculos renales o infección urinaria, que pueden tratarse con medicamentos o cambios en el estilo de vida. La diálisis se vuelve necesaria cuando los riñones ya no pueden eliminar adecuadamente los desechos y el exceso de líquidos del cuerpo, como ocurre en etapas avanzadas de la insuficiencia renal o en fallas renales agudas graves. En estos casos, el tratamiento es fundamental para mantener el equilibrio del organismo y evitar complicaciones mayores. Este tratamiento es un procedimiento que sustituye la función de los riñones, eliminando desechos y exceso de líquidos de la sangre. Existen tres tipos de diálisis: 1. Hemodiálisis Es la más común. La sangre se extrae del cuerpo, pasa por un filtro llamado dializador dentro de una máquina (riñón artificial) y luego regresa limpia al organismo. Este proceso permite eliminar toxinas y líquidos mediante una membrana que separa los desechos de la sangre. 2. Hemodiafiltración Es una técnica más avanzada que combina la hemodiálisis con un proceso adicional llamado filtración por convección. Se añade un líquido de reemplazo que permite eliminar sustancias más grandes y puede reducir algunos efectos secundarios como la baja presión arterial. 3. Diálisis peritoneal Utiliza el peritoneo como filtro natural. Se introduce un líquido especial en el abdomen que absorbe los desechos y luego se drena. Puede realizarse varias veces al día o durante la noche, y tiene ventajas como mayor flexibilidad, menos restricciones alimenticias y la posibilidad de hacerse en casa. También te puede interesar: 10 dispositivos para mejorar el sueño La elección del tipo de diálisis depende del estado de salud del paciente, su estilo de vida y la recomendación del especialista. Además, es fundamental contar con capacitación adecuada, mantener una buena higiene y realizar controles médicos y nutricionales periódicos para asegurar la efectividad del tratamiento y prevenir complicaciones.