La urgencia por sobrevivir y alcanzar un flujo de caja mínimo opaca el verdadero sentido de la estrategia, sustituyéndolo por la inmediatez. Aunque comprensible e incluso visto como “normal”, esta postura reactiva e intuitiva carece de enfoque, generando dinamismo sin resultados significativos. En muchos casos, se recurre a “maquillar” prácticas del pasado para darles apariencia de innovación, resultando en acciones desesperadas o en la repetición incesante de los mismos “Planes Operativos Anuales”, sin lograr cambios reales. También te puede interesar: Momentos económicos clave: Lecciones 2024 y tendencias 2025 En un contexto dominado por decisiones externas, es crucial comprender las tres formas y funciones de la estrategia para responder eficazmente. Estos tres elementos están íntimamente interrelacionados. Si se deja de hacer inversiones, se afecta la realización de nuevos proyectos; entonces, el diseño de la estrategia es débil y, como consecuencia, repercute en propósito cultural. No hay escape. La baja competitividad se debe a un pensamiento de “bajar costos” sin una estrategia y de no hacer “inversiones” para romper ese ciclo vicioso. ¿Cómo invertir en una situación tan incierta? Se logra con un roadmap que visualice los problemas a resolver y las oportunidades a aprovechar. Caso contrario, está destinado a un permanente estado de coma. Una secuencia de pasos entre cultura, estrategia y experimentos, podrían develar desafíos interesantes en el mundo digital, tecnologías convergentes, cambio generacional, territorios poco explorados y en el ascenso de personas subvaloradas. Poniendo cualquier pretexto por delante (“es que” que se convierte en “esquezofrenia”) y viviendo al día, es poco probable ver el camino correcto. Por: Diego Ignacio Montenegro, Profesor de Estrategia e Innovación