El sector cooperativo financiero atraviesa uno de sus momentos más decisivos. Para Edgar Peñaherrera, Gerente de la Red de Integración Ecuatoriana de Cooperativas de Ahorro y Crédito (ICORED), el balance de 2025 deja una lección central: cuando el modelo cooperativo es cuestionado, la respuesta debe ser técnica, unitaria y basada en su rol de inclusión y estabilidad. ¿Cuál es su lectura general sobre el desempeño del sector cooperativo financiero ecuatoriano durante 2025 y qué aprendizajes dejó el año? 2025 tuvo un entorno complejo, no solo porque la economía no termina de despegar, sino porque el cooperativismo financiero enfrentó una amenaza institucional: el mensaje de que “falta regulación” sustentó una idea de conversión a sociedades privadas, desconociendo principios básicos de asociatividad. El riesgo era directo para la identidad del sector: convertir cooperativas en bancos implicaría cambiar su naturaleza, su gobernanza y su lógica de distribución de beneficios. El aprendizaje del año fue claro: la defensa del modelo debe hacerse con argumentos técnicos, con evidencia, y con coordinación sectorial. También puedes leer: Repunte agroexportador impulsa a Ecuador: Diversificación y valor sostienen el crecimiento Desde su perspectiva, ¿qué tan relevante es el sector cooperativo para la inclusión financiera y el desarrollo productivo del país? El cooperativismo no es un actor marginal: en muchos territorios es el principal canal de acceso a servicios financieros. Donde no llega la banca tradicional, las cooperativas cumplen una función de cercanía y confianza, especialmente con emprendedores, pequeños negocios, agricultura familiar y economías locales. Por eso, cuando se habla de formalización, de reducción del chulco y de mayor bancarización real, el sector cooperativo es una pieza estructural. Su rol no es solo financiero; es de tejido social y de sostenimiento económico en zonas que dependen del crédito productivo. ¿Qué riesgos identifica hoy para el sistema y cuáles son las prioridades para fortalecerlo? El mayor riesgo es confundir el debate: no se trata de “más control” como consigna, sino de mejor supervisión y mejor gestión. En un entorno de inseguridad, desaceleración y presión sobre ingresos de los hogares, las cooperativas deben priorizar solidez: provisiones, evaluación de riesgo, eficiencia operativa y gobernanza. También es clave fortalecer capacidades tecnológicas y de ciberseguridad, porque el usuario financiero exige rapidez, canales digitales y seguridad. La prioridad es sostener confianza: sin confianza no hay depósitos, y sin depósitos no hay crédito. Se ha hablado de convertir cooperativas en bancos. ¿Cuál es su postura y qué implicaciones tendría? La conversión es una solución aparente a un diagnóstico mal planteado. Una cooperativa no es un banco “pequeño”: es un modelo distinto, con propiedad colectiva, foco territorial, distribución de excedentes en beneficio de socios y una lógica de desarrollo local. Convertir cooperativas en bancos supone trasladar su naturaleza a una figura de capital privado, con accionistas y otra gobernanza. Eso puede romper el vínculo social y afectar el acceso al crédito en segmentos que hoy dependen de la cercanía cooperativa. El camino no es cambiar el modelo, sino fortalecerlo: más transparencia, mejor gestión, más educación financiera y supervisión proporcional al riesgo. También te puede interesar: Tendencias tecnológicas que impulsaron la eficiencia, productividad y competitividad en el sector bananero ¿Qué se debería corregir en el “costo país” regulatorio para que el cooperativismo crezca con sostenibilidad? El desafío no es eliminar regulación, sino evitar asimetrías y cargas que terminan castigando al actor formal. Cuando el control se concentra en quienes cumplen y el mercado informal opera sin freno, se distorsiona todo: suben costos, baja inversión y se debilita la capacidad de competir con prestamistas ilegales. Se requiere una mirada integral: simplificación de procesos, reglas claras, coordinación institucional y una agenda que entienda que el cooperativismo es parte de la solución, no un problema a corregir. De cara a 2026, ¿cuáles son las prioridades estratégicas para el sector cooperativo? 2026 debe ser un año de consolidación y de posicionamiento. Consolidación en gestión de riesgo, solvencia y eficiencia; y posicionamiento para explicar —con datos y con resultados— por qué el cooperativismo es clave para inclusión, formalización y desarrollo local. También será un año para acelerar la modernización: canales digitales, interoperabilidad, calidad de servicio y educación financiera para socios. Y, sobre todo, fortalecer identidad cooperativa: el sector debe ser visto como aliado estratégico del Estado y del país para construir una economía más segura, ordenada y solidaria.