El actor y escritor Roberto Manrique regresa a las tablas de teatro gracias a la obra “El Juego de ser perfecto”, a través del cual invita a un viaje íntimo y conmovedor. Se trata de una obra original que desafía los límites de la narrativa teatral. También puedes leer: Esto son los 10 platillos más caros del mundo, uno de ellos cuesta USD 4 millones Su estreno tendrá lugar en Quito, el próximo jueves 12 de septiembre en El Teatro del CCI, y cuya primera temporada se extenderá hasta el 29 del mismo mes. En "El juego de ser perfecto", Roberto Manrique rompe barreras y comparte con el público sus experiencias más profundas, desde sus primeros recuerdos en pañales hasta el adulto que es hoy en día. A través de un formato innovador que combina elementos de Stand Up y monólogos, la obra invita a la audiencia a reír, llorar y reflexionar sobre las complejidades de la existencia y la identidad. Ekos accedió a una entrevista con el actor para conocer más de la obra. ¿Cómo nació esta obra y cómo se cristalizó? Hace un año tuve la iniciativa y decidí hacerla de manera bastante súbita, aunque luego, en otras etapas haya tomado más tiempo de lo pensado. Estaba en el gimnasio cuando se me ocurrió la idea y tomé la decisión. Llamé a Sebastián Sánchez Amunátegui, director de la obra “Puras Cosas Maravillosas", con quien yo había trabajado, y le dije: “acabo de decidirlo, voy a hacer una obra de teatro sobre mi vida”. A partir de ahí arrancó todo. Luego, se sumó al equipo una prima mía, muy querida, Mariela Manrique, que es escritora, asesora de literatura. Le dije: “prima, necesito escribir un relato para que un dramaturgo tome mi vida y la convierta en una obra de teatro”. Con Mariela escribimos muchos relatos sueltos sobre mi vida. En ese proceso Sebastián y Mariela me empujaron a que no busque un dramaturgo, sino que me lance a escribirlo por completo. Y para bien o para mal les hice caso, y decidí escribir mi obra. Luego vinieron otros proyectos, se interrumpió el proceso. Pero en junio recordé que tengo reservado en septiembre el teatro para hacer otra temporada de “Puras Cosas Maravillosas”. Pero decidí presentarme con mi obra. Fue una desición un poco loca de mi parte, y qué o esta presión de que es en septiembre para desarrollarla, para terminar de escribirla, bueno, empezar la dramaturgia, solo tenía relatos, y todo lo que viene después. Así que hablé con Cristina Rodas del teatro y le dije, Cris, ya no vamos a hacer Puras Cosas, voy a hacer El Juego de Ser Perfecto. Y empecé a escribir en tres semanas. Mientras tanto, los tiempos de Sebastián se habían complicado, y con esa premura no podía, así que al equipo se sumó Iñaki Moreno, actor, profesor, y director español, que reside bastante tiempo en Guayaquil y con que yo había tenido unos talleres de esos que te transforman la vida, y se unió con Sebastián y se armó una figura de codirección, y así terminó completando el equipo y la decisión de hacerla. ¿De dónde surgió el título? El título nace de un relato de mi infancia, en el que hablaba de esa sensación de estar siempre tratando de complacer las expectativas de los demás. Esa sensación de crecer creyendo que no eres suficiente, que eres imperfecto. Todos somos imperfectos, pero hablo en el sentido del no merecimiento, de estar constantemente buscando transformarte para cumplir expectativas que ni siquiera son claras. Este juego no solo se presenta en la infancia, sino que te acompaña en diferentes etapas y formas. En la adolescencia toma otros matices y, al intentar entrar al mundo adulto, sigues en esa búsqueda. A los 30 años comienzas a aclarar algunas cosas, y a los 40 sabes un poco mejor quién eres. Sin embargo, todos, en mayor o menor medida, seguimos jugando ese juego de intentar ser perfectos, de cumplir expectativas ajenas. Entonces, este concepto de cumplir con las expectativas de la sociedad es central en tu obra. ¿Cuándo te diste cuenta de esto? ¿En qué momento de tu vida experimentaste esa especie de "despertar" y comprendiste que debías dejar de vivir según ese molde que nos imponen la sociedad, nuestros padres o la escuela? Me di cuenta de hasta qué punto estaba jugando el juego de ser perfecto alrededor de los 21 o 22 años, cuando fui a terapia por primera vez. Ahí tuve la revelación de que realmente no me estaba permitiendo ser yo mismo. Roberto siempre tenía que mostrar una máscara de felicidad, estar bien, cumplir con las normas. No me daba permiso para decir: "Estoy mal", "No me gusta", "No quiero", "Tus palabras me duelen". Decir "no" era algo que me costaba muchísimo. Pero esa fue solo la primera vez que lo noté, no cuando lo resolví. Creo que el proceso de "resolverlo" es algo que siempre está en movimiento. Con el tiempo, he descubierto más y más capas en las que sigo jugando ese juego de cumplir expectativas ajenas. Por eso, creo que es un proceso continuo de soltar y profundizar en la idea de no responder a las expectativas de los demás. Esta obra parece estar profundamente conectada con la importancia de cuidar la salud mental. Ir a terapia es cuidar la salud mental. ¿Qué papel tiene este tema en tu obra? Es fundamental. Cuento mi propio camino en ese sentido, y mis experiencias con muchas terapias diferentes. Esa parte de la obra es bastante cómica, porque soy un fanático del autoconocimiento y la sanación. Estoy siempre dispuesto a probar lo que sea. Si alguien dice que algo funciona, yo pienso: "Probémoslo, ¿qué es lo peor que puede pasar?". En ese camino, he explorado de todo, desde distintos tipos de terapia hasta ceremonias de sanación, y todo eso forma parte de la narrativa de la obra. ¿Cómo fue para ti reconectar con esos recuerdos de tu infancia y adolescencia? Ese proceso de escritura, ¿cómo lo viviste? A tu pregunta, añadiría que en esta obra muestro una gran parte de mi sombra, esa que no solemos compartir en las redes sociales. Aunque tiendo a mostrar cosas más allá de lo bonito, siempre hay algo que uno no muestra. Durante el proceso de escritura decidí conscientemente no poner ningún filtro. La primera etapa, en la que simplemente escribía sin censurarme, fue increíble. La historia fluía y, en ese fluir, surgían conexiones mágicas con el presente. Descubrí, por ejemplo, por qué tengo ciertos miedos que nunca había relacionado con mi infancia. Luego vino el proceso de decidir cuánto de eso iba a filtrar, cuánto iba a dejar en la obra. Curiosamente, terminé filtrando muy poco. Decidí mostrarme de manera cruda, para invitar a la reflexión: así somos. ¿Por qué intentar cumplir expectativas cuando podemos abrazar este maravilloso desastre que somos? En la obra, muestro tanto mis logros como mis inseguridades, mis juicios hacia mí mismo y los errores que he cometido. Tu público te conoce principalmente por tu trabajo en televisión y cine, pero ¿qué significa el teatro para ti? ¿Te ha servido como un medio terapéutico también? Sí, sin duda. La actuación, en general, ha sido un camino muy sanador para mí. El teatro tiene una magia única por su carácter efímero e irrepetible. No solo porque no puedes corregir lo que ya ha pasado, sino porque cada función es una experiencia única. Aunque tengas al mismo público y los mismos elementos en el escenario, nunca es igual. Para mí, el teatro siempre ha sido una especie de válvula de escape. Después de hacer mucha televisión, siempre corro al teatro como una forma de liberación. La televisión, aunque maravillosa, puede sentirse a veces repetitiva, casi como una fábrica. El cine tiene su magia, pero ni siquiera el cine tiene el encanto del teatro, si me preguntas. ¿Cuánto durará la obra y quiénes están involucrados en la producción? La obra durará aproximadamente una hora y veinte minutos. Aún estamos definiendo los tiempos, pero ese es el objetivo. En la producción están María Alexandra Miño como productora, Daniel Zea y su equipo en relaciones públicas, y Jorge Neme, un músico guayaquileño, quien ha trabajado en el diseño sonoro y en la creación de una canción que yo mismo canto para superar un trauma infantil. Además, Origin Enkador, una planta de reciclaje, es el principal auspiciante, lo cual me llena de alegría porque me permite integrar la sostenibilidad en la obra. Toda la escenografía está hecha de materiales reutilizados, y al terminar la temporada, todo será reciclado. ¿Qué impacto emocional crees que tendrá en el público tu obra? Sin duda es una comedia, porque me aseguré de reírme de mis demonios. Si me hubiera puesto muy dramático, creo que el impacto sería menor. Queremos que sea una experiencia divertida, pero también hay un componente emocional que invita a la reflexión. Ya hicimos un ensayo con público en México, y pude confirmar que, entre las risas, hay momentos que tocan fibras sensibles y llevan al cuestionamiento. Mi esperanza es que la gente salga de la obra con ganas de soltar aquello que no le pertenece.