- Vista del Skyline de Quito desde el sector de La Carolina. Foto: Flickr - A partir de finales del siglo XIX, la ciudad de Chicago experimentó un crecimiento acelerado debido a la revolución industrial y al auge económico de ese entonces. Sin embargo, la disponibilidad limitada de espacio en el suelo condujo a un enfoque en la verticalización de la arquitectura. Este período vio el nacimiento de la Escuela de Chicago, donde se sentaron las bases de los nuevos modelos urbanos a alta densidad. Desde entonces, pasando de New York a Kuala Lumpur, de Hong Kong a Abu Dhabi y por todas las modernas metrópolis de los siglos XX y XXI, la verticalidad ha sido sinónimo de crecimiento socioeconómico, actualmente con un claro enfoque capitalista. Mas allá de las especulaciones políticas, las preguntas y las reflexiones deben girar en torno del espacio, el usuario, el contexto natural y la sostenibilidad. Quito, como todas las ciudades en rápida expansión, está bajo los reflectores por su crecimiento vertical de los últimos años. Según cifras de MarketWatch, desde 2010, se han desarrollado más de 1.600 proyectos corporativos y residenciales en altura. Sin embargo, y lastimosamente, esta visibilidad se ha convertido en una suerte de murmullo colectivo “entre panas” antes que en un objeto de análisis y proyección a futuro donde la academia, la sociedad civil, pues la empresa privada y los gobiernos trabajen conjuntamente en el desarrollo y planificación urbana a nivel multiescala. Hoy, Quito es objeto de gran preocupación entre los académicos de la arquitectura y de la ingeniería civil. Pues la ciudad no cuenta con estudios previos relacionados con los sistemas infraestructurales primarios, secundarios, ni enfocados en la movilidad; un problema cada vez más grande que, en teoría, podría ser evitado de manera sencilla. El diálogo constante, el trabajo mancomunado y el enfoque sobre un recorrido proyectual discontinuo que permita flexibilizar el desarrollo urbano en términos de prueba-error, podrían ser la base para llevar la verticalidad de Quito hacia un lugar más amigable para con la ciudad. Desde el punto de vista de eficiencia energética, en cuanto los edificios en altura, estos pueden ser diseñados para aprovechar la luz natural y permitir sistemas de climatización centralizados para ser más eficientes energéticamente. De este modo, es posible reducir el consumo de energía per cápita y, por defecto, la reducción de la huella ecológica en términos territoriales. Al concentrar la población en un espacio limitado, la arquitectura en altura reduce la expansión urbana en áreas naturales y fronteras agrícolas, de conexión, enfocando el sistema de movilidad en la priorización del peatón, de la bicicleta y del transporte público. De este modo, se puede prever la reducción del transporte en autos particulares y la creación de íconos urbanos en cuanto los rascacielos se pueden convertir en referentes arquitectónicos y símbolos de las ciudades en las que se erigen. Sin embargo, Quito, más allá de la nostalgia, está lejos de levantar un Burj Khalifa, un Seagram Building, un Empire State Building o un The Gherkin. La intolerancia y la negativa al diálogo y a la innovación han provocado que; en lugar de repensar la optimización del espacio, la eficiencia energética o la reducción de la huella ecológica; lo que se conserve sea el permanente crecimiento de la congestión vehicular, el consumo indiscriminado de recursos para la construcción y el funcionamiento de edificios aislados a su entorno. Esto, a su vez, produce el fenómeno de gentrificación al atraer únicamente a inversores y población de mayor poder adquisitivo, lo que, a su vez, sobrecarga la infraestructura primaria y secundaria. El individualismo de los edificios en altura de Quito son la imagen de nuestra sociedad; cada quien pensando en sí mismo. Después de la pandemia, Quito pudo aprender que la colectividad es el espacio del bienestar individual y no solo a lavarse las manos cada vez que se construye una -supuesta- obra vertical que se autoproclama “arquitectura”. Por: Daniele Rocchio; Arquitecto, Urbanista, Decano de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo UTE.