¿Cuál es la materia prima que más se ha encarecido en el mundo en el último año? No es la gasolina, ni el gas, ni el algodón, ni el trigo. Es el café, que en 12 meses ha doblado su precio, con una revalorización por poco superior al 100%. Malas noticias para los amantes de una bebida cuyo comercio mueve una cantidad de dinero en el planeta de una magnitud solo superada por el petróleo. La emergencia climática ha extremado algunos eventos que han golpeado los cultivos en dos países clave para la producción de arábica, la variante de más calidad, con sequía y heladas en Brasil e inundaciones en Colombia. El país carioca es responsable del 35% de la producción mundial: cualquier incidencia que vive el territorio brasileño acaba afectando al conjunto del mercado. En cuanto al cultivo colombiano, este año contó con un recorte ingente de la oferta: un millón menos de sacos debido a las alteraciones del clima. A esto hay que añadir el aumento del coste de los fertilizantes, que también han subido de precio en el marco de la inflación global que azota componentes químicos e industriales. Asimismo, la crisis de los suministros globales y, en particular, el encarecimiento del comercio marítimo ha dado la puntilla a un producto que se comercializa en su gran mayoría a través de los buques de carga. Esta situación afecta, en particular, a las rutas de Asia, en este caso de Vietnam, uno de los centros de exportación de la variedad robusta, donde los fletes se han multiplicado por diez. El resultado de este cóctel es que el café cotiza en los mercados internacionales al nivel más alto de la última década, no demasiado lejos de sus récords históricos. Paralelamente, la coyuntura del café, un mercado que supera los USD 169 mil millones está atravesando un desequilibrio entre oferta y demanda, porque después de la pandemia y con el confinamiento se ha incrementado el consumo en los hogares. Un hábito que ha venido para quedarse incluso ahora que los bares han reabierto sus puertas. Según la International Coffee Organization (ICO), el consumo mundial de café para el año cafetero 2020-2021 se estima en 167,15 millones de sacos, un alza del 1,9% con respecto al ejercicio anterior. La proyección de la producción total en el 2020-2021 es de 169,64 millones de sacos, lo que representa un aumento marginal del 0,4%. Así que la demanda crece más que la oferta. Y las exportaciones bajan: totalizaron 10,07 millones de sacos de 60 kg en septiembre de 2021, un 4,9% menos que en septiembre del 2020. Para las empresas del sector, es un rompecabezas de difícil solución. “El mercado del café es cíclico por definición, con lo que estamos acostumbrados a las oscilaciones”, relata Lluís Saula, de la homónima empresa de café. “Aun así, el repunte del gas y de la energía ha añadido otro problema porque el café se tuesta con gas, con lo que la factura aumenta. También los envases se han puesto por las nubes. Los precios del cartón y del hierro se han disparado. Este último se ha casi doblado, de manera que los costes operativos han aumentado”, prosiguió. La compañía, pese a que el canal de restauración todavía está un 25% por debajo del nivel precovid, confía en volver el año que viene a la facturación de 2019, antes de la pandemia. Saula plantea minimizar la repercusión de los precios al consumo, al confiar en que la tormenta será pasajera. “Estamos enloqueciendo con el comercio marítimo. No solo traer café de fuera se ha vuelto más caro, sino que los tiempos se han alargado. Por ejemplo, el que viene de Vietnam tarda hasta diez veces más en llegar a su destino”, comenta Massimo Saggese, director general de Café Illy para España y Portugal. La firma italiana ha optado por tratar de diversificar las fuentes de aprovisionamiento de café hacia países más pequeños con producción de calidad para reducir los costes. Desde Illy prevén que parte de la demanda podría reorientarse hacia cafés más baratos, pero la firma no se verá afectada por su posicionamiento como marca premium. Y así van las cosas: una recuperación económica descafeinada, con el café por las nubes. Fuente: La Vanguardia