EDISON “¿Quién es padre?”. Es una pregunta que me he hecho y, aunque la respuesta obvia es la biológica, que se refiere a la persona que participó, junto con la madre, en la concepción del hijo, mi experiencia me ha demostrado que padre es quien comparte las responsabilidades, quien guía y da soporte, quien entiende y evalúa si debe hablar o callar. La vida no me ha dado hijos biológicos, pero he sido padre muchas veces. Cuando mi mamá tuvo a su última hija, antes de la menopausia —embarazo que casi le cuesta la vida—, me tomé la libertad de asumir la crianza de mi hermana, a quien llevo 21 años de diferencia. Solo entonces pude entender los sacrificios y la entrega de un padre o una madre, porque hay que hacerse cargo de las enfermedades, la educación, la vestimenta y un sinfín de imprevistos. Después de enfrentar varios años este reto y viendo que ella ahora es una mujer formada, me he dedicado a mis sobrinas. Han sido años de lucha contra el machismo, la desigualdad de género y la violencia, no ha sido fácil llegar hasta aquí. He peleado contra las situaciones más angustiantes que se pueden presenciar, he peleado contra machistas, contra instituciones, contra una parte de la sociedad, en fin, he peleado contra el sistema. Para entender un poco mejor mi activismo hay que regresar a mi infancia en Anconcito, provincia de Santa Elena. Crecí en una familia con 11 hijos, los dos primeros murieron, por lo que yo fui el segundo mayor — aunque nací en cuarto lugar—. Mi padre cayó en el alcoholismo y empezó a faltar el dinero, que ya era escaso; aunque había poca violencia, el hambre llegó a nuestra vida. Mis hermanos y yo conocimos lo que es dormir sin haber comido y levantarnos con la tristeza de sentir el estómago vacío. Pronto me di cuenta de que esa situación no iba a cambiar si yo no hacía algo, así que decidí salir al mundo y trabajar. Tenía 12 años. Barría casas, bañaba perros, cuidaba niños o salía a vender tortitas de harina y melcochas. Mis hermanos también hacían su parte: iban con anzuelos al mar y traían pescados para vender. Comíamos esos pescados y lo poco que podíamos comprar. Mi madre siempre fue digna ante esta situación, siempre tuvo una respuesta a las preguntas que le hacíamos y nunca dejó que la viéramos llorar. Era una mujer que no pudo acceder a la universidad y vivía en la pobreza con un marido alcohólico. La escuela era otro mundo para mí. A pesar de todo, fui buen alumno. Mis profesores decían que me estaba desaprovechando. A los 16 años empecé a incursionar en el activismo con la comunidad LGBTI, a quienes ayudé para que accedieran a las pruebas de VIH; luego trabajé con el Ministerio de Salud y el INNFA, donde vi casos de violencia terribles. Tenía 18 años y a veces debía enfrentarme a los agresores para hacerles entender que la violencia no es la forma de solucionar los problemas. Muchos casos que atendí como mediador se derivaban del alcoholismo, ya que es un patrón que se repite: el alcohólico utiliza todos sus recursos para beber —y satisfacer su enfermedad— y las necesidades básicas, como la educación, la comida o el bienestar de la familia, se van represando. A los 27 años empecé a colaborar con Plan International Ecuador, ya que conocía el territorio y sabía dónde estaban los casos de desigualdad y violencia familiar. Para ese entonces ya sabía que no se puede trabajar en procesos sociales si uno mismo no reconoce que es un ser imperfecto. Había aprendido que no se debe vacilar entre el puedo y el no puedo. Para conocer las realidades, hay que llegar a las comunidades y llorar con los padres y los niños, porque a veces las injusticias los llenan de impotencia. Durante estos años de trabajo, he podido ver que el machismo es la causa de muchos males que nos afectan como sociedad. Por ejemplo, 90 de cada 100 niñas podrían cumplir su sueño de convertirse en profesionales, pero el machismo interrumpe la continuidad de este proceso y las obliga a asumir un rol determinado. Este patrón está muy arraigado todavía y se necesita mucho trabajo para que las nuevas generaciones crezcan con otra mentalidad y con más soluciones. Creo que se deben retomar las escuelas para padres, ya que ellos son un puntal fundamental para el crecimiento de los hijos. Cuando se ha realizado esta intervención en la comunidad, la violencia de género y los casos de violencia intrafamiliar, violaciones y embarazos adolescentes se han reducido casi a cero. El trabajo con los padres debe ser un proceso continuo, porque es difícil luchar contra los estigmas sociales. Muchas veces vi que, después de algunas reuniones, solo acudían las madres de familia, porque los padres ya no querían ir, para que no se le tachara de “mandarinas”, es decir, como hombres subyugados por las mujeres. Hay que luchar contra los estereotipos de la sociedad. En mi caso, he llevado con orgullo la camiseta del Movimiento Por Ser Niña, y cuando he viajado a otras provincias, también he usado el bolso que nos entregaron. Nunca ha faltado quien me mire de reojo y me juzgue, pero no hago caso. Yo sigo aprendiendo a quererme y a valorarme como persona, porque es la única vía para entrar en la mente y el corazón de los demás. Lo pude comprobar en mi propia familia, donde, inicialmente, mi padre mostró mucha resistencia ante mi activismo. Pero, con los años, él ha aprendido. Nunca es tarde para aprender y ser un ejemplo. Llegué a ser concejal del cantón Salinas. Es un puesto político muy importante, pero no me ha cambiado como persona: sigo cocinando y he aprendido otras actividades, ahora sé coser ropa de hombre y de mujer, aprendí a hacer postres y doy talleres. He aprovechado mi tiempo en la política porque así es más fácil llegar a la gente y ejecutar proyectos. Ahora es mi tiempo de formar una familia. Un amigo mío se murió soltero y sin hijos hace algunos años y los sobrinos se encargaron del funeral. Eso me conmovió mucho y lloré junto a mi padre, me sentía un forastero en mi propia tierra. Sé que mi generación debe continuar y yo mismo la estoy estancando. Algún día debemos entender que el color de la piel no significa nada, la condición económica no significa nada y un cargo público tampoco significa nada. Solo entonces avanzaremos como sociedad. Solo entonces las mujeres dejarán de ser discriminadas por ser mujeres. Tengo la certeza de que hemos aprendido de la rosa a través de las espinas, de que hemos caminado sobre charcos y lodo, de que nos hemos caído, hemos aceptado el raspón y nos hemos levantado nuevamente. Tengo la certeza de que siempre habrá una mano amiga y juntos llegaremos a nuestro anhelado destino.