Su tesis: prevenir empieza por crear hábitos sostenibles —no dietas punitivas— y por entender qué comemos. Propuso volver a los fundamentos (macros y micros), priorizando calidad y equilibrio: proteínas para reparación y saciedad; carbohidratos de buena fuente y en porciones adecuadas; y grasas saludables indispensables para hormonas y membranas celulares. El agua, recordó, es el “vehículo” del metabolismo. Domsky aterrizó el concepto con el plato equilibrado: medio de verduras, un cuarto de proteína y un cuarto de cereales/tubérculos integrales, ajustando cantidades con referencias visuales o balanza casera hasta que el ojo “aprenda” la porción. Advirtió sobre “calorías invisibles” —aceites en exceso, jugos que concentran azúcar y desplazan fibra— y defendió la fibra como “escoba metabólica” que mejora saciedad, glucosa y tránsito. Recomendó preferir fruta entera, lácteos o alternativas con criterio, y planificar menús semanales para comprar mejor, ahorrar y comer con intención. La charla abordó tres frentes críticos: presión arterial, resistencia a la insulina y riesgo oncológico. Para el corazón, sugirió recortar frituras y grasas trans, subir omega-3 (pescado azul o cápsulas, según el caso) y vegetales; para la glucosa, evitar picos que “agotan” la insulina (el clásico arroz + papa + frito) y construir platos con proteína, fibra y grasa buena que aplanen la curva. Frente al cáncer, insistió en un arcoíris de antioxidantes (rojos, naranjas, verdes, blancos y morados) que neutralicen radicales libres. Sumó un recordatorio de salud ósea: calcio dietario (lácteos, brócoli, ajonjolí), magnesio y sol seguro para activar vitamina D. Otro pilar fue la microbiota: probióticos (yogur, kéfir, kombucha bien formulada) y prebióticos de la dieta trabajan en sinergia; sin esa dupla, “las bacterias están de adorno”. Recomendó leer etiquetas buscando fibra real (5–7 g por porción en cereales integrales) y entender cuándo sí tiene sentido suplementar, siempre con evaluación previa (por ejemplo, vitamina D o B12 en casos específicos). Domsky cerró con estrategias prácticas: menú de la semana, control de porciones, disfrute consciente (no prohibir, sino espaciar indulgencias), sueño de 7–8 horas, manejo del estrés (respiración, meditación, movimiento) y ejercicio regular. Un truco simple para hidratarse: un vaso de agua al despertar y otro antes de cada comida. Su mensaje final condensó la filosofía de la sesión: la prevención se construye con decisiones pequeñas, repetidas —las que podemos sostener— para vivir más y mejor sin renunciar al placer de comer.