Escuchamos el clic del reloj. El Año Viejo da sus últimos pasos. La cuenta regresiva empieza. Aplausos, risas, suspiros, llanto. Nos hicimos una limpia, nos pusimos los calzones de la suerte, corrimos con la maleta, escribimos una lista de propósitos, comimos pristiños. El fin de año en Ecuador está lleno de costumbres de aquí y de allá, pero la más importante es la quema del Año Viejo. Ya en los últimos segundos, nos quedamos en silencio, mirando fijamente al monigote, acostado en media calle, bañado en gasolina. Hace poco le dimos las gracias, le dimos palazos por lo que nos hizo pasar, y ahora le decimos adiós. Le lanzamos un fósforo encendido y la hoguera se infla, nos grita en silencio. ¡Adiós, año, adiós! ¿Desde cuando quemamos al Año Viejo? No se conoce con certeza cuál es el origen del Año Viejo en Ecuador. La investigadora María Belén Calvache menciona que antes de que llegaran los españoles ya se quemaban figuras para extinguir los malos espíritus. Otros dicen que la “quema” como ritual de purificación vino con los españoles y aquí le dimos nuestra propia forma. En España está la Quema de Judas, el Domingo de Resurrección. Además, en marzo se queman las Fallas de Valencia, muñecos gigantes de hasta 30 metros, en honor a San José, patrono de los carpinteros. En Murcia está el Entierro de la Sardina, un ritual pagano que simboliza el fin del ayuno de Semana Santa y el inicio de las fiestas; antes de quemar a la Sardina se lee su testamento. Pero nuestro querido Año Viejo no es religioso y se quema a fin de año. El historiador Ángel Emilio Hidalgo escribe que las primeras evidencias de este ritual aparecen en 1897, en una crónica del naturalista italiano Enrico Festa: “La noche del 31, las calles de Guayaquil están llenas de gente del pueblo alegre y ruidosa que festeja el año que muere y la llegada del nuevo. Muchos enmascarados, en grupos, llevan fantoches que representan el año a punto de morir”. En esos mismos años ya se registran la lectura de testamentos, en forma de coplas, en la tradición montubia. Estas tradiciones están presentes en todo el Ecuador. El muñeco del Año Viejo, elaborado con ropa vieja y otros materiales, no solo representa el año que se va, sino que también actúa como un símbolo de renovación y purificación, permitiendo a las familias dejar atrás las energías negativas. Una monedita para el viejito Las viudas del Año Viejo que muere están regadas por todo el país. Son hombres que se travisten con los vestidos y accesorios de sus esposas, madres, hermanas, amigas. Bailan con sensualidad, detienen el tránsito y piden una moneda. Esta costumbre existe desde los años cincuenta y están asociadas a la despedida del año viejo y lectura del testamento. La antropóloga Liset Coba escribe: “De luto y fiesta, irreverentes, sus viudas se pasean por las calles, profundos escotes exhiben sus senos, sus faldas provocan a los transeúntes. Desbordando en atractivos, lloriqueando chillona y sensualmente, celebran de antemano la muerte de su viejo marido. El presagio de muerte se vuelve verbena”. A la medianoche, las alegres viudas vaciarán sus carteras y contarán cada centavo que recibieron. La quema del Año Viejo en Ecuador tiene su origen en 1895, cuando la epidemia de fiebre amarilla llevó a los habitantes de Guayaquil a incinerar ropas de los fallecidos como medida sanitaria para ahuyentar la peste y simbolizar el inicio de un nuevo año lleno de esperanzas Quito: de limpias y pristiños En la capital, la fiesta más importante de fin de año era la Fiesta de Inocentes, que duraba 10 días, entre el 28 de diciembre y el 6 de enero. “Consistían en bromas pequeñas, chanzas o “tomaduras de pelo” a los vecinos y personajes de la ciudad”, escribe Calvache. En 1930, las bromas eran falsas alertas para policías y bomberos así como imitaciones y burlas a los vecinos. En las plazas, se ponía a prueba la “sal quiteña”, muchas personas se reunían a contar “cachos” o chistes. Pero, todo esto ha desaparecido. Hasta hace poco, el diario Últimas Noticias publicaba una edición dedicada a hacer sátira política. Hoy en día, las costumbres van desde rituales de limpieza con hierbas en mercados como el San Francisco (en el centro de Quito), hasta la compra de ropa interior de colores para asegurarnos salud (blanco), dinero (amarillo) y amor (rojo). Otros, más clásicos, tenemos la costumbre de visitar a los amigos, los tíos, los primos, desde la mañana. Vamos de casa en casa para dar el último abrazo del año. Algunas familias preparan los pristiños con miel para recibir a los visitantes que van llegando. Algunos se reúnen para hacer los monigotes en casa, usan medias nylon, papel y ropa vieja. Otros recorren la avenida Amazonas, con el monigote en hombros, para ver los Años Viejos y asistir a espectáculos musicales. En el sur de Quito, se organiza el tradicional concierto de rock de la Concha Acústica. En algunos barrios todavía se organizan para construir los años viejos, con escenas satíricas. Se ven personajes políticos y polémicos. Una de las costumbres más emblemáticas es la creación del “Año Viejo”, un muñeco que representa el año que termina. Este muñeco, hecho de ropa vieja y relleno de paja o papel, es quemado a medianoche para simbolizar la eliminación de lo negativo del año que pasó y dar la bienvenida a un nuevo comienzo. Guayaquil, monigotes mil En Guayaquil, en 1962, el diario Universo organizó los primeros concursos de monigotes de la ciudad. En esa primera edición, los ganadores fabricaron un Año Viejo que representaba al entonces presidente José María Velasco Ibarra. Hoy en día, Guayaquil sigue celebrando esta costumbre con mucha intensidad. Durante todo diciembre, avenidas como la 6 de Marzo se llenan de monigotes de personajes de la política y del cine. Las temáticas son tan originales que muchos recorren la avenida solo para mirarlos y reírse un poco. La periodista guayaquileña Mariella Toranzos menciona otra costumbre que empezó hace 15 años: pasar el Fin de Año en la playa. “Es una moda que se popularizó en Brasil y que los guayaquileños la adoptaron”, dice. Debido a esta nueva tendencia, Guayaquil empezaba a quedarse vacía. Pero desde el año pasado, las cosas cambiaron por la inseguridad. “El ambiente volvió a ser como cuando yo era niña. Los fuegos pirotécnicos a full, el triple que en Quito. Son tan fuertes que tienen nombres como el tumbacasas, el tumbasuegras, el tumbabarrios. Suenan como dos horas”, dice la periodista. Otra actividad es la “Ruta de los Gigantes”, en la que se puede ver a los monigotes de hasta 10 metros, en diferentes puntos del Suburbio de Guayaquil. Esta exposición inicia unos días antes de Navidad y estará disponible hasta mediados de enero. A cambio de una moneda, los visitantes pueden hacerse fotos con estos gigantes. También te puede interesar: Una cena navideña con los sabores de nuestra tierra La Amazonía, un destino en fin de año El fin de año en la región amazónica, en ciudades como Tena, Lago Agrio y Puyo, es similar al del resto del país, con familias recorriendo las calles para ver los años viejos. Sin embargo, la Amazonía también atrae a quienes desean comenzar el nuevo año en un entorno diferente. El Ministerio de Turismo sugiere celebrar el fin de año en provincias como Napo, donde se pueden practicar deportes de aventura en ríos como Jatunyacu y Quijos, y disfrutar del maito (pescado y yuca envueltos en hoja de bijao). En Orellana, se accede a áreas protegidas como el Parque Nacional Yasuní y la Reserva Cuyabeno, donde se recomienda probar la uchumanka (palmito, ají, cacao y pescado), chontacuros y jugo de cocona. Cuenca celebra a los Inocentes El humor de los cuencanos se destaca en los concursos de Años Viejos y Mascaradas, organizados por el Amistad Club y la Unión Nacional de Periodistas del Azuay, con apoyo del Municipio de Cuenca. El 31 de diciembre, más de 25 barrios compiten por el mejor Año Viejo, presentando sátiras políticas y representaciones ingeniosas. El concurso de Mascaradas se celebra el 6 de enero, coincidiendo con el Día de Inocentes. Durante esta festividad, comparsas recorren la avenida Huayna Capac, donde participantes se disfrazan de diablos, viudas y calaveras. Esta tradición comenzó en 1955 cuando el locutor Daniel Pinos animó a las familias a disfrazarse y realizar representaciones teatrales en honor al Día de los Santos Inocentes. Por: Fernanda Mejía