Las mujeres representan más del 50% de la población desplazada en el mundo, según ACNUR. Huyen de guerras, crisis económicas, persecución y violencia. Pero, para millones de ellas, el motor principal del desplazamiento forzado no está en un conflicto externo, sino en su propio hogar: la violencia basada en género. Así lo confirma Verónica Chapaca, Responsable Nacional de Violencia Basada en Género de ACNUR Ecuador, quien advierte que la decisión de partir suele ocurrir cuando la vida deja de ser sostenible. Violencia de género: la causa silenciosa del desplazamiento Los hombres con frecuencia huyen de persecución política o amenazas directas. Cuando huyen las mujeres, a esa razones se le suma los patrones de violencia cotidiana: abusos físicos, sexuales y psicológicos perpetrados por parejas, exparejas, familiares, grupos armados o redes criminales. “Muchas no encuentran respuesta en los servicios de protección en sus países de origen. Huir se convierte en su única opción para sobrevivir”, explica Chapaca. En la región, este fenómeno es alarmante. De acuerdo con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), una de cada tres mujeres desplazadas lo hace huyendo de violencia doméstica o de género. En los flujos mixtos hacia Sudamérica, ACNUR ha documentado un incremento en las denuncias de violencia sexual en ruta, especialmente en mujeres jóvenes y madres solteras. La ruta: entre la explotación, la trata y la xenofobia El tránsito hacia un país seguro no garantiza protección. Las mujeres enfrentan riesgos adicionales por su género, nacionalidad, estatus migratorio, color de piel o nivel socioeconómico. Según Chapaca, las amenazas más comunes son: explotación sexual y laboral, trata de personas, desapariciones forzadas, violencia física, sexual, psicológica y patrimonial, xenofobia e hipersexualización Para muchas, cruzar fronteras implica elegir entre arriesgar la vida o permanecer en un entorno de violencia. Un informe de ONU Mujeres (2023) advierte que las migrantes y refugiadas están hasta tres veces más expuestas a la violencia sexual que las mujeres que no están en movilidad. Ser mujer en desplazamiento: una intersección de vulnerabilidades La experiencia del refugio es profundamente desigual. ACNUR subraya que las mujeres, niñas, niños y adolescentes son los grupos más afectados por conflictos y crisis. “Entre quienes se desplazan, las mujeres son las más propensas a sufrir violencia sexual durante la ruta. Además, casi siempre tienen a su cargo el cuidado de dependientes”, señala Chapaca. Esto implica asumir sola los riesgos del viaje y luego reconstruir la vida en un país donde enfrentan nuevas barreras: discriminación, informalidad, falta de documentos o acceso limitado a servicios. Impacto en la salud física, emocional y económica Las secuelas de la movilidad no se quedan en la frontera. ACNUR registra que muchas mujeres llegan a Ecuador con afecciones médicas no tratadas, consecuencias de agresiones o violencias sufridas en origen o en tránsito, trastornos emocionales derivados de la separación familiar, el desarraigo y la pérdida del proyecto de vida Chapaca explica que, incluso así, muchas posponen su propia atención médica para priorizar la de sus hijos e hijas. Y al intentar trabajar, se enfrentan a xenofobia, informalidad y riesgos de explotación laboral o sexual. Comunidades receptoras: entre la resistencia y la oportunidad La llegada de mujeres refugiadas revela otra realidad: las comunidades no siempre están preparadas para acogerlas. “Existen imaginarios que hacen creer que el desplazamiento no puede ocurrir en su entorno. Esto genera entornos no inclusivos, estereotipos y rechazo”, afirma Chapaca. Sin embargo, esta crisis abre oportunidades para construir comunidades más solidarias e inclusivas, con rutas de protección activas y con sensibilización sobre derechos y diversidad. En cuanto a la discriminación actúa en capas. Las mujeres en movilidad sufren rechazo por nacionalidad, estigma por ser desplazadas forzadas, hipersexualización, obstáculos laborales, violencia de género. La violencia basada en género es, de hecho, la expresión más grave de discriminación que enfrentan. Para combatirlo, ACNUR ejecuta programas de prevención de violencias y xenofobia mediante actividades comunitarias, deportivas, artísticas, taller es sobre derechos y fortalecimiento de mecanismos locales de protección. La respuesta: protección, autonomía y acceso a derechos ACNUR trabaja con el Estado ecuatoriano para garantizar que las rutas de asilo, regularización y atención a violencias incorporen un enfoque de género e interseccionalidad. Entre las acciones destacan: apoyo a políticas públicas de protección para mujeres refugiadas, capacitación a instituciones sobre protocolos de atención, fortalecimiento de servicios especializados de organizaciones sociales a través de programas de transformación de patrones culturales que perpetúan la violencia, iniciativas de medios de vida con perspectiva de género. También te puede interesar: La narrativa que transforma: cómo la comunicación institucional desactiva estereotipos de género El acceso a educación, empleo y servicios básicos es determinante para reconstruir proyectos de vida, aunque muchas mujeres posponen sus estudios para asegurar la supervivencia de sus dependientes. El futuro: transformar las causas estructurales Para avanzar, es imprescindible atacar la raíz del problema: “Debemos confrontar las causas estructurales que sitúan a las mujeres en desigualdad: el patriarcado, la discriminación sistemática y las relaciones abusivas de poder. Solo así cualquier política de protección será efectiva”, concluye Chapaca. La movilidad humana femenina no es una crisis pasajera: es la consecuencia de un sistema que aún no garantiza igualdad ni seguridad. La respuesta debe ser integral, inmediata y sostenida. Porque detrás de cada estadística hay una mujer que huyó para salvar su vida, y que hoy busca un lugar donde reconstruirla con dignidad.