En el año 2019, solo el 9% de las posiciones en la primera línea Directiva está ocupada por mujeres en nuestro país. Este dato constituye un excelente escenario de análisis respecto a las grandes oportunidades que existen actualmente para no solo reflexionar y pensar, sino, sobre todo, para trabajar en cómo generar un país con mayor conciencia de equidad de género y diversidad de forma más amplia. Esta realidad, junto a otras del mercado laboral nacional, obliga a cuestionarse sobre la vigencia de la relación empleado-empleador que el país mantiene. Pretender una mayor participación de las mujeres en la alta dirección empresarial, debe pasar necesariamente por repensar la modalidad de trabajo, el campo normativo, la visión de futuro. La flexibilidad laboral es una herramienta de inclusividad que, entre otros, promueve la participación femenina de una manera real.Vemos que la brecha es enorme con relación a la participación de los hombres en posiciones estratégicas. Hay que reconocer que hay una realidad vinculada al rol que tenemos las mujeres en la familia como madres de familia, lo cierto es que la maternidad viene asociada con una serie de desafíos y demandas que no siempre son compatibles con las exigencias laborales que por lo general implican dedicación de jornadas extendidas de trabajo y de cada vez más movilidad. Si queremos una sociedad más igualitaria y justa debemos ser capaces de movilizar estos números, empezando por nosotras las mujeres, asumiendo un rol protagónico de igualdad de condiciones entendiendo la diversidad natural con los hombres, promoviendo una sociedad más justa a través de lo que enseñamos a nuestros hijos e hijas, la niñez en general. E impulsando a las empresas a considerar la equidad de género como una ventaja estratégica y de posicionamiento en los sitiales de liderazgo.