Según la FAO, estos ecosistemas albergan aves, crustáceos, peces, mamíferos, además de una notable diversidad de briofitos y hongos. Pero su valor trasciende la biodiversidad: protegen las costas de la erosión, mitigan los impactos de tormentas, filtran el agua al retener sedimentos y almacenan más carbono por hectárea que otros bosques. En Ecuador, sin embargo, la realidad es preocupante. Desde los años 60, más de la mitad de los manglares fueron destruidos por la acción humana. Para enfrentar esta amenaza, en 2000 se establecieron los Acuerdos de Uso Sostenible y Custodia del Manglar (AUSCEM), en los que comunidades locales asumieron un rol activo en su cuidado. Actualmente, el país cuenta con más de 157 mil hectáreas de estos ecosistemas a lo largo de su litoral. A este esfuerzo se suma la Universidad Técnica Particular de Loja (UTPL), que desde 2017 desarrolla proyectos de vinculación en la isla Bellavista, provincia de El Oro. Fausto López, director de la Maestría en Recursos Naturales Renovables de la UTPL menciona que la universidad ha trabajado junto a comunidades en la conservación de la concha y el cangrejo, reforestación de manglares, limpieza de playas, análisis de plásticos y microplásticos en peces y talleres de educación ambiental “las comunidades cuidan el manglar, se nutren del manglar y generan ingresos de lo que sacan del manglar. Eso ya es bastante”. El investigador Carlos Naranjo resalta que los manglares son ecosistemas frágiles y esenciales: “Son barreras naturales contra los movimientos oceánicos y reservas de recursos pesqueros. Existe una relación simbiótica entre conchas, cangrejos y mangle que garantiza la supervivencia del sistema”. No obstante, advierte que la reforestación enfrenta tasas de éxito bajas: apenas una de cada cien plántulas sobrevive, debido a factores como mareas, estructura del suelo y la interacción con las comunidades. Aún así, los logros son evidentes. Desde 2005, la UTPL ha contribuido a la reforestación de más de 40 hectáreas en concesión de la Asociación Isla Costa Rica, además de brindar asistencia técnica y acompañar procesos comunitarios que fortalecen la unión entre asociaciones locales. La universidad impulsa campañas dirigidas a niños de la comunidad para sensibilizarlos sobre el cambio climático y la importancia de proteger el manglar. Para Paolo Cruz, presidente de la Asociación Isla Costa Rica, la alianza con universidades ha sido clave: “Hemos comprendido la verdadera importancia de los manglares y aprendido prácticas sostenibles para aprovechar sus recursos sin poner en riesgo su vida útil”. Además del trabajo técnico y educativo, la UTPL ha impulsado proyectos de desarrollo económico alternativo. Gracias a alianzas con organismos de cooperación internacional, las comunidades han accedido a equipamiento y han fortalecido actividades como el turismo comunitario, generando ingresos sostenibles frente a la amenaza histórica de la expansión camaronera, una de las principales causas de destrucción del manglar desde los años sesenta.