Dos de las curules de la Asamblea Nacional del Ecuador están ocupadas actualmente por las hermanas Paola y Lucía Jaramillo. Paola es Asambleísta por Guayas y Vicepresidenta de la Comisión de Derecho al Trabajo y Seguridad Social. Mientras que Lucía es Presidenta de la Comisión de Relaciones Internacionales y Movilidad Humana. Las abogadas, que hoy incursionan en la política, han trabajado desde jóvenes en su preparación, actuando en territorio e instruyendo a jóvenes con el fin de que sean individuos activos en la política y que vuelvan a creer en ella. Revista Ekos realizó una entrevista a las asambleístas para conocer su historia y su modelo de inspiración para mujeres en cargos públicos. ¿Cómo influyó su historia personal y familiar en la decisión de involucrarse en la política a una edad temprana, en un país donde existe resistencia hacia todo lo relacionado con la política? Paola: Desde muy pequeñas sabíamos lo que queríamos. En el colegio y luego en la universidad, decíamos con convicción: “Voy a ser abogada, pero para llegar a ser asambleísta”. Mis compañeros se sorprendían y me preguntaban cómo podía estar tan segura, por qué no pensaba en otras posibilidades como tener un estudio jurídico o dedicarme a otra área del derecho. Pero tanto Lucía como yo teníamos claro nuestro camino. Desde niñas nos indignaba la injusticia y siempre salíamos a defender lo que considerábamos justo. Crecimos con la certeza de que la política era el espacio donde podíamos luchar por ese ideal. Por supuesto, abrirse camino en la política ha sido un gran desafío, especialmente para las mujeres. A nosotras se nos exige el doble para demostrar nuestra capacidad en un ámbito históricamente dominado por hombres. Aunque en los últimos años hemos avanzado mucho, aún falta recorrer un largo camino para que más mujeres puedan ocupar cargos relevantes, no solo en la política, sino también en las empresas y en distintos sectores. Nuestro propósito es ser un ejemplo y una inspiración para aquellas mujeres que alguna vez han dudado de su potencial y demostrarles que sí es posible alcanzar sus metas. ¿Fué fácil este camino? Paola: Muchos piensan que nuestro camino fue fácil, pero no lo fue. Empezamos nuestra carrera muy jóvenes, apenas a los 17 años, cuando Lucía ingresó a trabajar con Carlos Vera. Él fue nuestro primer jefe, y en ese momento era un periodista temido y respetado; muchos decían que no duraríamos ni una semana como sus asistentes de investigación. Sin embargo, la exigencia de su carácter y su disciplina marcaron profundamente nuestra formación. De él aprendimos que no existe un “no” cuando se trata de cumplir una meta: siempre hay una manera de lograrlo. Mientras nuestras amigas salían de fiesta o disfrutaban de su adolescencia, nosotras pasábamos las noches trabajando, leyendo noticias y revisando documentos. Esa perseverancia y disciplina han sido la clave para alcanzar lo que nos hemos propuesto. ¿Qué significa para ustedes la política? Lucía: Como mencionaba Paola, más allá de defender siempre lo justo, la política es, ante todo, un acto de servicio. Ese principio lo aprendimos desde nuestras familias. Nuestros padres nos inculcaron desde muy pequeñas el valor de servir a los demás. Recuerdo que los fines de semana nos llevaban a preparar desayunos en sectores populares de Guayaquil como Monte Sinaí o Bastión Popular. Esa experiencia nos marcó profundamente y nos enseñó que servir es la esencia de todo compromiso social y político. Si bien venimos de una familia vinculada al Derecho —y por el lado de mi padre hubo abuelos que hicieron política en Macas, en la Amazonía ecuatoriana— nosotras somos las primeras en asumir de lleno un rol político. Ese ejemplo de servicio de nuestros padres, sumado a nuestra vocación y al interés que despertamos en la comunicación política desde muy jóvenes, nos abrió el camino hasta llegar a este espacio donde hoy estamos. ¿Por qué consideran que los jóvenes tienen miedo a involucrarse en la política y qué reto representa para las mujeres? Lucía: Es cierto que antes los jóvenes tenían mucho miedo de involucrarse en la política, en parte porque era un mundo dominado por hombres. Hoy las cosas empiezan a cambiar: en el gobierno actual hay una generación nueva de dirigentes que rondan los 30 o 35 años, y eso también es una motivación. Claro que los temores persisten, pero cuando se tienen convicciones firmes y claridad sobre lo que se quiere lograr en el país, esos miedos se hacen a un lado. Para las mujeres, sin embargo, el reto sigue siendo mayor: tenemos que demostrar tres veces más nuestra capacidad. Muchas veces, cuando fiscalizamos o damos entrevistas, se nos cuestiona injustamente: “no está preparada”, “no sabe”. Mientras que si un hombre hace lo mismo, rara vez recibe esas críticas. A mí me tocó vivirlo en mi primer periodo, tras la muerte cruzada, cuando asumí procesos de fiscalización. En más de una ocasión se puso en duda mi capacidad, pero el tiempo demostró que con preparación, firmeza y convicción, es posible contrarrestar cualquier prejuicio. Ese recorrido, desde la exigencia que vivimos trabajando junto a Carlos Vera hasta dar el salto a la política, refleja cómo la disciplina y el compromiso terminan marcando la diferencia. ¿Cuál fue para ustedes ese punto de quiebre? ¿cómo pasaron de la idea a la acción? Lucía: No fue de la noche a la mañana; todo fue un proceso. A veces la gente piensa que fue fácil, como lo dijo Paola, pero no lo fue. Detrás de nuestro camino hubo mucho trabajo de puerta a puerta, recorridos constantes y esfuerzo en comunicación política. Los ocho años que trabajamos en el periodismo nos permitieron acercarnos a los sectores más populares, cubrir sus necesidades y comprender lo que significa exigir a los políticos que cumplan con lo prometido a la ciudadanía. Ese contacto directo con la gente, escuchar a los guayaquileños, nos preparó para dar el siguiente paso. El primer llamado fue a Paola, y así iniciamos nuestra participación política. Aunque desde niñas teníamos claro que queríamos involucrarnos en política, la vida nos llevó primero a la comunicación. Siempre trabajábamos juntas, y parece que el mundo conspiró para que en todos nuestros proyectos estuviéramos Paola y Lucía Jaramillo. ¿Cómo te involucraste activamente en el escenario político? Paola: Tenía 19 años cuando el abogado Jaime Nebot me invitó a formar la Escuela de Formación Política de los Jóvenes de su partido. Fue una decisión difícil, porque estaba enfocada en el periodismo, pero supe que si no era ahora, nunca sería. Comencé a formar a jóvenes desde muy temprana edad, enseñándoles liderazgo, acercamiento al territorio y nociones de política real. Ese fue el inicio de mi vida política: empecé como asambleísta alterna y recorriendo el territorio del municipio de Guayaquil. Mi primer rol formal fue en la Dirección de Acción Social y Educación, centrada en lo social y territorial. Ahí me formé en la relación entre política y comunidad, entendiendo que un político no puede ser de escritorio; debe estar en las calles, escuchando a los ciudadanos, a las mujeres, a los niños y a los padres de familia. Más adelante, formé la Escuela de Formación Política del Partido Social Cristiano, que fue pionera en enseñar a los jóvenes que la política no es solo pegar publicidad o levantar banderas, sino prepararse, aprender a hacer territorio y asumir responsabilidades reales. Con el tiempo, el presidente Daniel Noboa me invitó a ser directora provincial del Guayas del Partido ADN. Ya había culminado un periodo en el PSC y decidí aceptar el desafío. Trabajar con él ha sido exigente pero enriquecedor; promueve la participación de jóvenes y mujeres, y su equipo refleja ese equilibrio. Este nuevo aire generacional se nota: los jóvenes votaron por jóvenes, pero también logramos generar confianza en adultos mayores. También te puede interesar: 25 años de la Resolución 1325: Las mujeres, la paz y la seguridad Ecuador estaba cansado de ver las mismas caras en la política, sin resultados. La ciudadanía decidió apostar por un cambio, por nuevas voces y líderes con compromiso. Asumir ese desafío no ha sido fácil, sobre todo en un contexto de crisis económica, pero la respuesta de los ciudadanos demuestra que es posible reconstruir la confianza y renovar la política desde la cercanía, la disciplina y el servicio. Ustedes han mencionado que ser mujeres jóvenes en la política no es lo tradicional y que enfrentan estigmas y estereotipos. ¿Cómo han vivido estos juicios sobre su género, su apariencia o su edad, y cómo han aprendido a lidiar con comentarios inapropiados o situaciones de discriminación? Paola: Nosotros no nos dejamos llevar por los comentarios positivos; los valoramos, pero no dejamos que inflen nuestro ego. Los comentarios negativos los dejamos a un lado y seguimos trabajando, porque la política es un ejercicio de resistencia, especialmente para las mujeres. Sí, en algún momento nos hemos sentido afectadas, porque a la mujer se le juzga constantemente: por su inteligencia, su apariencia, su forma de vestir… nada parece suficiente. Diariamente enfrentamos críticas y campañas sucias, especialmente cuando fiscalizamos o defendemos el dinero público. Los ataques van más allá de lo físico: cuestionan tu capacidad, tus decisiones y tu camino. Aún así, cuando tienes tus principios y convicciones claros, no tambaleas. Sí, hay momentos de duda y días abrumadores, pero la fuerza, la disciplina y la claridad sobre tus motivaciones te permiten seguir adelante. Nos impulsamos recordando por qué iniciamos: para servir de ejemplo a otros jóvenes y demostrar que, pese a los obstáculos, se puede actuar con firmeza y ética. Nuestro objetivo es dejar un camino más accesible para quienes vienen detrás, mostrando que es posible hacer política con principios, convicción y compromiso por el país. Ustedes comenzaron con un rol de formación, buscando incluir a los jóvenes en la política. ¿Qué resultados han visto y qué evidencias tangibles pueden compartir sobre cómo esta nueva generación ha empezado a contagiar o irradiar esa energía política? Lucía: Al inicio, acercarse a los jóvenes a la política era complicado. Para muchos, la política era sinónimo de corrupción y ataques personales. Muchos se preparaban, pero al enfrentarse a la realidad salían corriendo porque no estaban acostumbrados a los desafíos y críticas constantes. Hoy, los jóvenes no esperan ser buscados; tocan la puerta por iniciativa propia. Participar en política no requiere recursos económicos, sino compromiso y vocación de servicio. En ADN la oportunidad está abierta para todos quienes quieran contribuir al cambio del país. En mi rol como presidenta de la Comisión de Relaciones Internacionales y Movilidad Humana, busco un control migratorio eficiente, seguridad y estabilidad para los ecuatorianos. Hemos otorgado becas a migrantes en el exterior, brindándoles la oportunidad de formarse y regresar a contribuir a su país. Mi objetivo es apoyar a quienes dejaron su tierra por necesidad y garantizar que se sientan seguros y valorados, dondequiera que estén. Ecuador es un país de puertas abiertas para quienes vienen a hacer el bien y aportar, pero firme frente a quienes buscan delinquir. Así como no se deja entrar a cualquier persona en una casa, tampoco se puede permitir el incumplimiento de la ley en el país. Nuestro trabajo busca ordenar y proteger, ofreciendo oportunidades a quienes realmente quieren construir y mejorar el Ecuador. ¿Qué cambios estructurales cree que Ecuador necesita para que las mujeres no solo puedan acceder, sino también mantenerse en espacios de poder? ¿Qué acciones se podrían implementar para transformar esta realidad? Paola: Esta es una de las grandes falencias a nivel mundial, no solo en Ecuador: las mujeres no acceden a puestos donde puedan decidir y tomar decisiones. Es necesario que pasen de los mandos medios a roles de mayor responsabilidad y liderazgo, donde puedan influir directamente en las decisiones. Además, es fundamental que mujeres y hombres en cargos similares, especialmente gerenciales, reciban igual remuneración, ya que allí se evidencia claramente la brecha salarial. Con la ley que ya fue aprobada y publicada en el Registro Oficial, se establece que las mujeres con el mismo cargo y formación que sus pares masculinos deben recibir igual salario. Esta normativa representa un avance importante, aunque aún queda un largo camino para que se respeten plenamente estos espacios. Poco a poco, se avanza, incentivando también a empresas y directivos del sector privado a abrir más oportunidades de liderazgo para mujeres.