Un poco de historia Cuando el Vuitton llegó a Paris en 1837, se convirtió en el aprendiz de un fabricante de baúles y cajas llamado Romain Maréchal. Se hizo experto en el tema y fue reconocido por su trabajo: en 1854 abría su propia tienda con un cartel en la puerta que decía: “Empacamos de forma segura los objetos más frágiles. Especializados en empacar modas”. El negocio estaba emplazado en el corazón de la elegantísima Place Vandôme. Allí, se inaugurará poco después (1875) el hotel Ritz, aterrizaron las principales marcas de lujo de la época. Cuando el turismo curativo dio paso al turismo recreativo, especialmente con la llegada de los primeros aviones de línea, y los hoteles de lujo fueron un objeto de deseo, la necesidad de un equipaje distinguido se profundizó y el crecimiento de LV se volvió exponencial. Para empezar, el emprendedor creó modelos cuadrados y rectangulares que podían ser apilables (antes los baúles tenían “espalda” curva), luego agregó cerraduras inviolables (los robos eran plaga) y en 1858 marcó un hito: los fabricó en lona Trianon, algo que los hacía más herméticos, livianos y a prueba de agua. También te puede interesar: Carolina Herrera: la historia de la marca mundial de lujo con raíces latinas Como sus competidores ya comenzaban a imitar sus diseños a rayas, en 1888 presentó el diseño Damier Canvas (con cuadrados tipo tablero de ajedrez), donde aparece por primera vez su apellido escrito en su obra: “Marque L. Vuitton déposée” (L. Vuitton, marca registrada) podía leerse claramente en los sofisticados equipajes. El logo del crecimiento Su empresa crecía sin parar: en 1859, Louis Vuitton abrió un taller en Asnières, al noroeste de París, donde trabajaban 20 empleados. Mientras tanto, su nombre se instalaba con fuerza en el mercado fuera de Francia: la marca abrió su primer local en Londres en el año 1885. En el medio de su vorágine profesional, Vuitton se casó con una mujer llamada Clemence Emilie Parriaux, con quien tuvo tres hijos: Georges, Blanche Amelie y Emilie Elizabeth. Fue justamente su hijo Georges quien, en 1896, a cuatro años de la muerte de Louis, a los 70 años, creó el monograma geométrico floral en beige y marrón en el que figuran las iniciales de su padre LV, logo que se mantiene hasta hoy. El nieto del fundador, Gaston-Louis Vuitton, recordó muchos años más tarde, en 1965, cómo su padre Georges había creado los motivos de la lona Monogram: “En primer lugar, las iniciales de la empresa (LV) están entrelazadas de tal forma que siguen siendo perfectamente legibles. Luego, hay un diamante. Para darle un carácter específico a la forma, hizo que los lados fueran cóncavos con una flor de cuatro pétalos en el centro. Por último, hay un círculo que contiene una flor con cuatro pétalos redondeados”. Con el monograma que lleva las siglas de su fundador, Georges se propuso hacer crecer la marca creada por su padre. En 1913, la compañía abrió en los Champs Elysées la mayor tienda de artículos de viaje en todo el mundo, al mismo tiempo que se iban sucediendo modelos que fueron un clásico de la marca, como el bolso de cuero Speedy, uno de los más emblemáticos, el marrón con el monograma. Georges Vuitton murió en 1936. Entre sus legado está también un candado de viaje con un original sistema de cierre que convirtió los baúles de la marca en cofres casi inviolables. Su hijo Gaston-Louis asumió el control de la empresa tal como lo había hecho su padre cuando falleció su abuelo fundador. En los años ‘50, el cuero ya estaba presente prácticamente en todos los productos de la marca, desde valijas hasta carteras y monederos. Ya por entonces la falsificación era un problema, que se intensificó a medida que la marca se iba expandiendo. En 1970, Gaston Vuitton falleció, y su yerno, Henry Racamier, se hizo cargo de la empresa siguiendo con la política de conquista territorial. En 1978, por ejemplo, inauguraron las primeras tiendas en Tokio y Osaka, Japón. También te puede interesar: Inditex: La historia del principal distribuidor de moda del mundo Patrick Louis Vuitton, tataranieto de Louis, fue el último integrante de la familia en estar dentro del negocio familiar: murió en 2019. Pero en realidad, el poder real ya no le pertenecía a los que llevaban el apellido. El turno de la globalización A fines de los años ‘80, la marca seguía su crecimiento, En 1987, se asoció con el grupo Moët & Chandon y Hennessy, creando el conglomerado de lujo LVMH, presidido por Bernard Arnault. Con la fusión, la globalización llegó en un abrir y cerrar de ojos. La marca no solo comenzó a abrir tiendas en todo el mundo sino que convocó al famoso diseñador americano Marc Jacobs (considerado el creador del look grunge, sí, el de los jeans rotos) para que hiciera las primeras colecciones de ropa “lista para usar” de mujer y hombre. De repente, comenzó la Vuittonmanía. Se eligieron celebrities como embajadoras: Sean Connery, Angelina Jolie, Jennifer López y otras. El huracán Jacobs no solo diseñó la ropa, sino que trajo a la marca una impronta artística que revolucionó los tradicionales monogramas. En 2001, Stephen Sprouse, reconocido por su arte punk, diseñó una línea de edición limitada de bolsos que llevaban un grafiti escrito. Dos años más tarde, el artista japonés Takashi Murakami le sumaba más de 30 colores al monograma con formas animé. Imposible dejar de mencionar la relación entre Vuitton y Yayoi Kusama desarrollada en el 2012. Los lunares de la reconocida artista japonesa invadieron los accesorios y la ropa en los colores rojo con blanco y amarillo con negro. La gran publicidad que significó toda esta movida artística para Vuitton se sumó a nuevas aperturas de locales alrededor del mundo (incluso en Buenos Aires). A diferencia de la elusiva Hermès, Vuitton es una marca exclusiva que se exhibe públicamente. Y los que no la tienen, la desean. Es tan VIP como aspiracional. En el 2013 Jacobs fue reemplazado por el joven modisto francés Nicholas Ghesquiere, actualmente al frente de Vuitton como director artístico. Bajo su mando integrantes de la nueva generación de actrices de Hollywood son embajadoras: Michelle Williams, Emma Stone(Cruella), Alice Vikander y Lea Seydoux. También te puede interesar: De emprendedor a ser la persona más rica de EE.UU.: La historia del fundador de Walmart Objeto de deseo y sinónimo de sofisticación y tradición, Vuitton está valuada en 39.3 mil millones de dólares, seguida por Gucci, Hermès, Cartier, Rolex y Chanel. La firma francesa es una de las más influyentes en el mapa de la moda actual, que pasa por París, Milán y Nueva York, pero también por Shangai, Moscú, Dubai, San Pablo y Berlín, donde las clases medias altas necesitan mostrar su diferencia con la masa uniforme que sigue a la moda. El famoso apellido francés es en la actualidad sinónimo de arte y no solo por la alianza que ha hecho en los últimos años con destacados artistas. Tiene una Fundación en París (en el Bosque de Boulogne, precisamente), con museo incluido, dedicada al arte contemporáneo. La marca también está vinculada al mundo del deporte y esto trasciende el hecho de que Cristiano Ronaldo y su mujer Georgina Rodríguez o el matrimonio Nara-Icardi suban a sus jets privados con maletas Vuitton, o que tenga una colección cápsula junto a la NBA con ropa y accesorios de lujo para los basquetbolistas. En el 2014, la FIFA le pidió que construyera un estuche de viaje para la Copa del Mundo. Imposible dejar de mencionar su relación con el cine, ya que este año es parte de Cruella, uno de los éxitos de taquilla. La malvada heroína, interpretada por Emma Stone, luce en una de las escenas una mini bag de la línea Capucine, una edición que fue creada especialmente para la película. Fuente: Clarín