La deuda per sé es una solución y no un problema. Los países europeos no se hubieran reconstruido sin ella, al igual que Japón o los Tigres Asiáticos. En América Latina no hubiera disminuido la pobreza en 20 puntos y Estados Unidos no hubiera mantenido su hegemonía sin recurrir al endeudamiento. Sin embargo, esta ayuda financiera se vuelve un inconveniente cuando su pago genera presión en los presupuestos fiscales, obligando a sacrificar el bienestar de la población para pagarla. Se convierte en un problema cuando sus condiciones en el tiempo y costos se vuelven inmanejables. Una de las mediciones para saber qué tan endeudado se encuentra un país es comparando el monto de la deuda con el tamaño de la economía (su PIB). Al realizar esta relación, se encuentra que más de la mitad de los países del mundo mantienen una relación de endeudamiento superior al 50% de su PIB y que 16 países tienen mayor al 100% de su Producto Interno Bruto. Mantener una relación tan alta de deuda sobre ingresos solo puede sobrellevarse amortizando el pago de la misma en el tiempo, para lo cual se requiere una alta confianza en la economía y garantizar que se contará con los recursos para pagarla. Lo importante no es cuánto se debe, sino si se tendrán los recursos necesarios para pagar esas deudas. Cuando esa confianza desaparece, el riesgo aumenta y los países sufren dificultades para obtener nuevos créditos o ven deterioradas las condiciones de endeudamiento. En términos de deuda sobre PIB, Japón, Grecia y Venezuela son las economías más endeudadas en el mundo con una proporción de deuda/PIB superior al 170%. Ecuador ocupa la posición 110 entre 196 países con un indicador del 46,13% en 2018. Esto muestra que Ecuador no es un país sobreendeudado en comparación con otras economías. El problema radica en los plazos y las tasas de interés que debe pagar. USD 46.000 millones de deuda a menos de 10 años al 10% de interés genera mayor presión en el presupuesto que USD 21 billones a 30 años plazo y al 2% de interés a los que se endeuda Estados Unidos. Por: María José Vilac y Víctor Zabala