Para abordar este tema, Rey utilizó el concepto del "Círculo de Oro" de Simon Sinek, que destaca la importancia de no solo preguntarnos qué hacemos o cómo lo hacemos, sino por qué lo hacemos. Según Sinek, el propósito es lo que realmente impulsa a las grandes organizaciones y a las personas, y es la base de su éxito y su impacto en el mundo. En su charla, Rey planteó la existencia de dos círculos de oro: el primero es el propósito de la empresa, el cual puede observarse en empresas exitosas como Apple, Google y Disney. Estas organizaciones no solo se enfocan en lo que hacen o en cómo lo hacen, sino en el por qué detrás de su existencia, lo que les da un propósito profundo y un impulso para destacar en el mercado. Sin embargo, Rey destacó que hay otro círculo de oro igualmente importante, y es el propósito personal de cada individuo. Figuras históricas como Nelson Mandela, la Madre Teresa o Marie Curie son ejemplos claros de cómo un fuerte propósito personal puede transformar al mundo, ya que estas personas no se centraron únicamente en lo que hacían, sino en el por qué lo hacían. Para conectar ambos círculos, Rey presentó lo que denominó el "triángulo de plata", un concepto que sirve como puente entre el propósito organizacional y el personal. Este triángulo se construye a partir de tres elementos fundamentales: cabeza, corazón y manos. Cabeza: Representa el conocimiento y la comprensión del propósito, tanto el personal como el de la organización. Rey mencionó a un amigo que tenía su propósito personal escrito en una tarjeta que guardaba en su cartera, y el propósito de la organización en su escritorio. Antes de tomar decisiones importantes, este amigo colocaba ambas tarjetas juntas, recordando la importancia de no perder de vista el por qué de su trabajo. Corazón: Este aspecto implica la conexión emocional. El propósito no debe ser solo un concepto intelectual, sino que debe resonar emocionalmente con los colaboradores. La autenticidad es crucial aquí; no basta con hablar del propósito de manera racional, sino que debe ser algo en lo que los empleados realmente crean y con lo que se sientan identificados. Rey relató una anécdota en la que una importante empresa global cambió su propósito declarado de "conectar personas para un mundo mejor" a uno más enfocado en maximizar el beneficio de los accionistas. El CEO pensaba en términos racionales, pero en el fondo no estaba alineado con lo que realmente sentían sus empleados. Manos: Finalmente, las manos simbolizan la acción. El propósito debe materializarse en lo que se hace día a día. No basta con tener un propósito claro y un sentimiento genuino, es necesario llevarlo a la práctica a través de nuestras acciones diarias. Rey subrayó que la integridad es la clave para conectar lo que pensamos y sentimos con lo que hacemos. La integridad garantiza que lo que decimos, pensamos y hacemos esté alineado, lo que genera confianza y coherencia en el entorno laboral. Rey enfatizó que la coherencia, la autenticidad y la integridad son fundamentales para asegurar que el propósito no sea solo una declaración en papel, sino una realidad vivida tanto por los líderes como por los empleados. Estas tres cualidades permiten una conexión genuina y efectiva entre los propósitos de los individuos y las organizaciones, creando un entorno donde los empleados no solo se sienten comprometidos, sino también empoderados para dar lo mejor de sí mismos. Para medir esta alineación, Rey compartió un índice que permite evaluar el grado de conexión entre el propósito personal y el organizacional. Este índice se basa en tres preguntas clave formuladas a los empleados: ¿El comportamiento de los directivos es coherente con el propósito de la misión de tu empresa? ¿El propósito de mi empresa está alineado con mis valores personales? ¿El comportamiento de mis compañeros es coherente con el propósito de la misión de la empresa? Estas preguntas buscan obtener una visión 360 grados de cómo los empleados perciben la coherencia, la autenticidad y la integridad dentro de su entorno laboral. Según los resultados de este índice, el 60% de los empleados en las empresas que han participado en esta medición afirmaron que los comportamientos de sus líderes y compañeros eran coherentes con el propósito de la organización. Sin embargo, Rey destacó que aún queda un 40% de mejora, lo que indica que, incluso en las mejores empresas, hay espacio para una mayor conexión y alineación entre los propósitos personales y organizacionales. Rey concluyó su charla con una reflexión profunda sobre la importancia de poner amor en todo lo que hacemos. Compartió una experiencia personal durante un viaje a la India, donde, tras vivir una experiencia conmovedora en la Casa de las Hermanas de la Caridad y acompañar a un enfermo terminal en sus últimos días, aprendió una valiosa lección de la Madre Teresa de Calcuta. Ella le dijo: "Lo que realmente cuenta no es cuánto haces, sino cuánto amor pones en cada cosa que haces". Esta frase, según Rey, va más allá de los círculos de oro o del triángulo de plata, pues el verdadero propósito está en el amor que le ponemos a nuestras acciones. Este principio de amor y dedicación es lo que lleva al éxito no solo de las grandes empresas, sino de las personas que, como Mandela o la Madre Teresa, logran dejar una huella positiva e inmortal en la humanidad. Para él, la clave para lograr un impacto real y duradero tanto en la empresa como en la vida personal radica en alinear el propósito organizacional con el propósito individual, cultivando coherencia, autenticidad e integridad, y, por encima de todo, poniendo amor en cada acción que realizamos. Solo entonces podremos lograr el éxito verdadero y hacer una diferencia significativa en el mundo.