La crisis del coronavirus ha sido un manotazo económico de grandes proporciones en todo el mundo, pero mucho más para las naciones de renta media y baja: allí amenaza con dar al traste con varios años de desarrollo. En pleno vendaval, sin embargo, las remesas han aguantado inusualmente bien el tipo. Infinitamente mejor, de hecho, de lo que nadie esperaba: para muchos de estos países, en su mayoría latinoamericanos y asiáticos, ha sido —en palabras de Ana Revenga, del Brookings Institute— un auténtico “salvavidas” en el momento más crítico. El valor total de los envíos de dinero de los emigrantes en todo el mundo va camino de crecer un 7,1% en 2021, según los últimos datos del Banco Mundial. En 2020 —en plena recesión global— solo retrocedió un 1,7%, alejando el espantajo de las previsiones más apocalípticas, entre ellas las del propio prestamista con sede en Washington, que llegó a pronosticar una caída del 20%. Un dato sintetiza a la perfección la importancia que han adquirido las remesas en el mundo emergente: ya son más importantes que la suma de la inversión extranjera directa y la ayuda oficial al desarrollo. “Ha sido una tabla de salvación, una entrada enorme de recursos para millones de familias y para muchos países cuando más lo necesitaban: en pleno hundimiento del comercio mundial y del turismo”, afirma Alejandro Canales, investigador de la Universidad de Guadalajara (México) y autor de varios estudios sobre remesas. Es, dice, un fenómeno especialmente claro en México y en India, y en el Triángulo Norte centroamericano: Honduras, Guatemala y El Salvador. ¿Qué ha permitido mantener viva la llama de las remesas cuando todo el resto de fichas del dominó económico caían una detrás de otra? Lejos de apuntar a un solo factor, todos los especialistas consultados para este reportaje señalan una pléyade de explicaciones: desde la solidaridad familiar en un momento crítico —como atestigua el caso de Zerón— hasta la rápida recuperación de los mercados de trabajo en los países ricos, pasando por los cheques cuasiuniversales de ayuda a los trabajadores en Estados Unidos o los ERTE y otros programa de garantía de rentas laborales en España y en el resto de Europa. “Cuando los países de origen están mal, los emigrantes suelen mandar más dinero. Eso es exactamente lo que ha ocurrido durante la pandemia, y es lo que ha permitido que las remesas hayan desempeñado ese papel estabilizador de los países emergentes cuando menos espacio de política fiscal tenían”, expone Revenga, que refrenda punto por punto lo expresado por Zerón. Una voluntad de ayuda que, tanto este año como el pasado, ha sido más importante que nunca: no solo por la pandemia, sino por su coincidencia temporal con catástrofes naturales como los huracanes que han azotado Honduras o las inundaciones en Bangladesh, dos de los grandes países receptores. “El resultado global nos ha sorprendido a todos”, reconoce Dilip Ratha, máximo responsable de análisis para temas de remesas del Banco Mundial, que aporta una explicación adicional: el retorno —temporal o permanente— de decenas de miles de migrantes a sus países de origen con ahorros en el bolsillo. “Quizá sea algo coyuntural y difícil de cuantificar, pero también ha sido relevante”, apunta al otro lado del teléfono. Tendencia generalizada Hay un dato clave: en ningún gran receptor de remesas han caído los envíos. Ni en India, ni en Pakistán, ni en México, ni en el agregado de los países centroamericanos. “Los únicos descensos se han dado en los países desarrollados, como Alemania o Francia, cuyos nacionales tienen como destino principal el golfo Pérsico, para trabajar en la industria petrolera, que se hundió en 2020″, agrega Canales. Y la relevancia social de ese descenso es mínima por dos motivos: porque el peso sobre el PIB de estos países es ínfimo, y porque las familias de estos trabajadores cuentan con un mayor colchón de ahorros y dependen mucho menos de los envíos que los países emergentes. Fuente: El País