Para la mayoría de las personas, es evidente que hay más plástico en nuestras vidas que antes. A nivel global, la producción de plástico prácticamente se triplicó en los últimos 30 años. Pasó de más de 100 millones de toneladas anuales en 1990 a más de 300 millones en 2020. Tras ello, estudios recientes estiman que una persona podría estar ingiriendo aproximadamente 5 gramos de microplástico por semana, equivalentes a 1 tarjeta de crédito. Y, en caso de mantenerse esta tendencia de crecimiento exponencial, para el año 2050 el peso total de plástico en los océanos puede llegar a superar al de todos los peces, incrementando peligrosamente sus impactos asociados en la salud y sobrepasando por completo nuestra capacidad de gestionar los residuos generados. A su vez, la industria plástica contribuye con aproximadamente el 4% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero (GEI), una cifra que duplica el impacto climático de todo el sector aeronáutico mundial, y su crecimiento mantiene un ritmo acelerado que supera al de la mayoría de los sectores contaminantes. En el contexto actual, donde la crisis climática ocupa un lugar central en las agendas globales, el consenso científico advierte sobre la urgencia de mantener el aumento de la temperatura planetaria por debajo de 1.5°C respecto a los niveles preindustriales. La paradoja radica en que, mientras el plástico se posiciona como un material omnipresente en la economía moderna, su huella climática crece en dirección opuesta a los objetivos de reducción de Gases de Efecto Invernadero (GEI). Este desfase evidencia que no se pueden alcanzar soluciones sostenibles sin transformaciones estructurales en los modelos de producción y consumo. También te puede interesar: World Vision: “Cada niño que salvamos es una vida con esperanza” Los plásticos están intrínsecamente vinculados al petróleo, ya que se producen a partir de combustibles fósiles. Y dicho recurso no solo es su materia prima, sino que también se emplea como fuente de energía para su producción. Esto genera un ciclo vicioso de dependencia energética y emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que incrementa el consumo de recursos y la huella climática detrás del plástico. Según los expertos de WWF Ecuador, para lograr una reducción significativa de su impacto ambiental es indispensable abordar la raíz del problema: una reducción estructural de su producción, priorizando alternativas sostenibles y modelos circulares. Por ello, el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF Ecuador) hace énfasis en la importancia de entender que no es suficiente mejorar nuestros sistemas de gestión de residuos, reciclar más o aplicar nuevos métodos de reciclaje. Existen sectores que argumentan que el plástico comparado con otros materiales es “climáticamente más amigable” debido a sus menores impactos en su ciclo de vida. Sin embargo, si reemplazamos todos los productos plásticos por otros materiales, se aumentaría la contaminación, y por tanto su impacto en el cambio climático. Sin embargo, estas afirmaciones se basan en una economía diseñada en torno a la distribución de productos plásticos, especialmente los de un solo uso. Un caso ilustrativo se observa en la industria de bebidas. Por ejemplo, cuando en el pasado predominaba el uso de botellas de vidrio, las cadenas de suministro operaban a escala local y reducida. Cada centro urbano contaba con su propia planta embotelladora, estableciendo un circuito cerrado de reutilización donde los envases vacíos se recolectaban, esterilizaban y reincorporaban al ciclo productivo repetidamente, minimizando el consumo de materias primas vírgenes. Este modelo minimizaba la huella de carbono asociada al transporte, compensando ampliamente el impacto ambiental del material. En el modelo de producción actual el plástico ha facilitado cadenas de suministro de larga distancia, beneficiando principalmente a las grandes multinacionales. Los estudios que defienden al plástico como la mejor opción para transporte y embalaje, asumen erróneamente que simplemente se sustituirá un material de un solo uso por otro dentro del sistema económico actual. Por ello, las corporaciones multinacionales priorizan realizar limpiezas y campañas de reciclaje para mantener el modelo de negocio basado en bienes de consumo envasados en plástico de un solo uso, versus generar cambios reales hacia la retornabilidad y el reúso. El reciclaje es esencial en muchas economías, especialmente en el sur global, donde predomina el sector informal. En Ecuador, los recicladores de base, en su mayoría mujeres, recolectan materiales reciclables para su venta. Sin embargo, el plástico tiene un valor bajo en comparación con el metal o el vidrio y su reciclaje no es completamente circular. A menudo, se convierte en productos de menor calidad, como tela de poliéster, que libera microfibras plásticas y rara vez puede reciclarse más de una vez. Según WWF Ecuador, recolectar los residuos plásticos es costoso y sobrecarga los sistemas urbanos. Además, su ligereza permite que se disperse fácilmente en los ecosistemas. Es urgente reducir su producción y fomentar modelos de negocio sostenibles. No basta con limpiar, sino que es necesario atacar el problema desde su origen. Con soluciones efectivas, se podrían evitar daños en la fauna marina, reducir enfermedades causadas por microplásticos y disminuir la contaminación en ríos, suelos y el aire. Por: Andrés Silva, Oficial de Programa de Economía Circular de WWF Ecuador Fotos: WWF Ecuador