Pues "es totalmente una confusión de ideas suponer que el uso económico de combustible equivale a consumo reducido. La verdad es todo lo contrario", observó el economista británico William Stanley Jevons en 1865 al examinar la utilización de carbón en el Reino Unido durante el auge de la revolución industrial. Tal como lo predijo Jevons, este país agotó sus reservas de combustibles antes de terminarse el siglo 19 a pesar de que cada generación de locomotoras y maquinarias fue más eficiente que la anterior. Curiosamente, a pesar de todos los esfuerzos para reducir el consumo energético por medio de tecnologías eficientes, este fenómeno conocido como la “Paradoja de Jevons” continua a presentarse en la era moderna. La generación eléctrica, el transporte y los procesos industriales representan casi un tercio de las emisiones causantes del cambio climático. Esta crisis ambiental de carácter global ha resultado en un creciente número de esfuerzos internacionales como el acuerdo de Paris y otras iniciativas de conservación y sostenibilidad para reducir el uso de combustibles fósiles. En paralelo, el mundo de la tecnología ha apoyado estos esfuerzos con el desarrollo de nuevos dispositivos de alta eficiencia, como sistemas de iluminación de bajo consumo tipo LED, electrodomésticos inteligentes y vehículos de alta autonomía. Pero como dice el antiguo dicho salomónico “no hay nada nuevo bajo el sol” y el consumo energético global continua a crecer a una tasa anual de casi el 2%, lo cual significa que se duplicaría en tan solo 35 años. Resulta que hoy comprendemos que el uso eficiente de energía no es un mitigante, sino uno de los principales acelerantes del consumo energético. Pero, ¿qué explica esta extraña dinámica que parece ser tan contradictoria? El fenómeno tiene una explicación muy simple basada en los fundamentos de la teoría económica. Tradicionalmente, los factores básicos de la producción, es decir los requisitos para la actividad económica son: el trabajo, el capital y los recursos. Sin embargo, la energía es un factor de la producción que regularmente queda excluido de la consideración a pesar de ser esencial y necesario para toda actividad económica. Si consideramos que la energía se comporta al igual que los otros factores, también obedece a las leyes de la oferta y la demanda. Por lo tanto, cuando se logran avances en la eficiencia del uso energético, temporalmente se reduce la demanda. Al disminuir el consumo en el corto plazo, la oferta responde con una caída de precio que resulta en un nuevo punto de equilibrio. Pero al reducirse su costo, se produce un incentivo para que suba el volumen de su consumo, resultando en un incremento a largo plazo. Hoy en día, este tipo de fenómeno es mas comúnmente conocido como el efecto rebote. En paralelo se han dado importantes mejoras en la calidad de vida de millones de personas alrededor del mundo, acompañadas por el uso de las tecnologías que habilitan este progreso en el desarrollo de la humanidad. También hay un persistente crecimiento de la población global. Todos estos factores combinados, explican porque a pesar de dramáticas mejoras en la eficiencia de la iluminación, transporte y utilización de energía, no se ha reducido el consumo de energía. Es importante reconocer este hecho, que al menos, debería causar escepticismo sobre las predicciones de que futuras mejoras tecnológicas provocarán una reducción del consumo energético mundial. Por lo tanto, ya que está claro que no hemos logrado escapar de la “Paradoja de Jevons” en los últimos siglos, debemos reflexionar sobre cuales son los cambios de comportamiento necesarios de cada individuo en la comunidad global para contener el uso desenfrenado de energía y así mitigar sus potenciales catastróficas repercusiones ecológicas que ponen en riesgo al futuro de la humanidad.Por _ Pablo Freund