Tratamos el descanso como un premio: primero el rendimiento y, si sobra tiempo, el sueño y el ocio. La psicología del trabajo lo ve al revés. Descansar no es la recompensa; es el prerrequisito fisiológico que permite hacerlo. Los sistemas que activamos durante la jornada necesitan volver a su línea de base, y solo lo hacen cuando el trabajo se detiene de verdad, según Meijman y Mulder de 1998. Aqui viene el problema. La hiperconectividad. Tengo a mi jefe en el bolsillo, los clientes en mi Whatsapp, Outlook a reventar, nunca se detiene del todo. La disponibilidad permanente mantiene al cuerpo “en alerta”, esperando el próximo mensaje. A ese estado los investigadores lo llaman telepresión, la urgencia por responder de inmediato, que predice agotamiento y peor sueño incluso por encima de la carga laboral habitual, según el estudio de Barber y Santuzzi de 2015. Lo que se pierde es el desapego psicológico, soltar mentalmente el trabajo, y sin desapego no hay recuperación. No puedo revisar Gmail y descansar a la vez. Su acumulación tiene nombre: la OMS reconoció el burnout como un fenómeno ocupacional. Ocupacional, no personal. También te puede interesar: Un nuevo concepto de bienestar Conviene, desconfiar del consejo habitual, “aprende a desconectarte”. Pide al individuo que reme contra una expectativa que no diseñó algo que comúnmente es impuesto. La disponibilidad constante no es un mal hábito privado; es una norma organizacional. Así, se cura donde se produce, en liderazgos que modelen la desconexión en lugar de premiar al que responde primero, horarios y tiempos de respuesta acordados, y el descanso tratado como un riesgo psicosocial que la empresa gestiona, no como una virtud que el empleado exhibe. Por: Diego Pérez Figueroa, Director de Cora, salud mental USFQ