Estas organizaciones, construidas a partir del esfuerzo de una familia que decide emprender y trascender, representan más del 90% de las empresas en América Latina y son responsables de generar hasta el 70% del empleo formal. Su impacto va mucho más allá de las cifras: se expresa en valores que afianzan la solvencia moral de generaciones, en identidad cultural, en arraigo territorial, en sostenibilidad y en la construcción de legado. El ADN de la empresa familiar A diferencia de otras estructuras empresariales impersonales, la Empresa Familiar lleva en su ADN el apellido, la historia y la visión de quienes lo fundaron. Ese vínculo personal hace que sus decisiones no se tomen únicamente con base en indicadores desprovistos de contexto relevante, sino también en la preservación de la reputación, en la cohesión de los miembros y en la responsabilidad con la comunidad de la que se es parte. ¡ Y qué decir de la pasión…! Ese elemento distintivo que convierte a la entelequia de la empresa en un miembro más de la familia, cuyo bienestar se tiene en cuenta siempre, en todas las decisiones trascedentes. Este ADN otorga ventajas competitivas difíciles de replicar: resiliencia frente a crisis, compromiso con el largo plazo y la capacidad de generar confianza entre empleados, clientes y proveedores; y nos referimos a confianza de verdad, esa que se construye con hechos certificadores repetidos consistentemente, literalmente por generaciones. Sin embargo, como es bien sabido, también conlleva desafíos: tensiones familiares, riesgos de conflictos intergeneracionales, opacidad de roles y dificultades para separar la esfera afectiva de la empresarial. La buena noticia, repito siempre, es que se conocen las vacunas y medicinas para las aflicciones inherentes a la dinámica entre la familia y la empresa. Resiliencia y trayectoria de realizaciones La resiliencia de las empresas familiares se ha puesto a prueba una y otra vez. En cada crisis económica, sanitaria o política, son ellas las que sostienen el empleo, mantienen viva la producción y buscan fórmulas creativas para sobrevivir y ayudar a la supervivencia de sus comunidades. La historia demuestra que las empresas que sobreviven a la tercera generación, menos de 10 de cada 100, no lo hacen por azar, sino por la existencia una visión común con estructuras eficientes de gobernanza y por la cohesión construida alrededor de valores compartidos, que son los que orientan las decisiones más complejas. En Ecuador y la región, encontramos ejemplos de familias empresarias que han sabido transformar sectores enteros: desde el agroexportador hasta la banca, desde la industria alimenticia hasta la construcción. Son trayectorias de realizaciones que reflejan la fuerza de un modelo de empresa que, pese a su origen doméstico, ha logrado trascender fronteras y posicionarse en sitios de liderazgo en los mercados internacionales. También te puede interesar: De Ecuador a Europa: un puente de comercio e inversión sostenible Gobernanza: la diferencia entre continuidad y desaparición La evidencia es clara: la gobernanza es la herramienta que define el futuro de una Empresa Familiar. No puede permitirse que Directorios o consejos profesionales, protocolos familiares, planes de sucesión y sinceras declaraciones de intenciones terminen como escombros, luego de haberse producido “el evento temido”, sin habérseles dado su importancia. Estas estructuras son pilares que permiten ordenar las relaciones entre familia, propiedad y empresa, y deben tener vida propia desde siempre, deben nacer vivas. Mal se hace, a veces, al describir a estas herramientas como la poción mágica para todos los problemas. Las herramientas a disposición de las familias y sus asesores son cual escalpelo en manos de un cirujano. En manos ineptas tienen la potencialidad de hacer mucho daño, mientras que conducidas con amor y maestría son capaces de producir el más dulce y permanente fruto. Sin estas estructuras de gobierno en aplicación, cualquier duda podrá escalar a suspicacia, y esta a sospecha, hasta acabar en elaboradas teorías conspirativas que terminan minando las bases de las relaciones. Las empresas familiares corren el riesgo, entonces, de quedar atrapadas en jaleos internos que erosionan su sostenibilidad y debilitan su competitividad. Con ellas, en cambio, logran continuidad, institucionalización y armonía, factores indispensables para atraer inversión de terceros, acceder a financiamiento y proyectarse hacia el largo plazo. Valores y rol social Las empresas familiares son también portadoras de valores que trascienden lo económico: unidad, confianza, perseverancia y visión de futuro. Estos principios, cuando se cultivan y se transmiten, fortalecen no solo a la organización, sino también al tejido social en el que operan, y mucho más si se considera los niveles casi inexistentes de educación y cultura que soportan los hogares más pobres. Un rasgo poco destacado de las empresas familiares es su papel en la inclusión laboral. Muchas empresas familiares ofrecen la primera oportunidad a jóvenes que buscan iniciar su carrera y, al mismo tiempo, reconocen el valor de la experiencia al integrar a adultos mayores en sus equipos, muchas veces jubilados con plenas aptitudes productivas, así como a mujeres que de otra manera no podrían conseguir una ocupación lucrativa. Son, en ese sentido, espacios de aprendizaje, inclusión y movilidad social, así como de convivencia intergeneracional. Una agenda pendiente en Ecuador Aunque la importancia de la Empresa Familiar es indiscutible, aún falta traducir ese hecho en acciones y políticas públicas. Luego de la Ley 2495 de Colombia, y de muchos otros esfuerzos en Hispanoamérica para dar visibilidad y apoyo a la empresa familiar, es momento de que el país rinda debido tributo a la insustituible contribución social y económica que ofrecen las empresas familiares, avanzando con marcos normativos que reconozcan sus particularidades, incentiven su institucionalización y apoyen los procesos de sucesión patrimonial ordenados que afiancen la sostenibilidad de la empresa en el tiempo. En el Ecuador, por ejemplo, el impuesto a la herencia ha representado menos del 0,2% del total de la recaudación tributaria, mas sin embargo, la incidencia de su causación para las familias empresarias sería impagable (hasta el 35% del valor donado y el 17,5% del valor heredado) ya que los activos afectos a una actividad empresarial de varias décadas pueden llegar a ser cuantiosos, pero no ofrecen la liquidez necesaria para satisfacer el impuesto. . Esta situación de estímulo perverso para la desaparición del núcleo productivo familiar debe ser remediado, de una vez por todas. Es hora de dar el salto hacia una legislación que reconozca el peso estratégico de nuestras familias empresarias y que les brinde el respaldo necesario para seguir construyendo empleo, cohesión social y desarrollo local. Conclusión: proyectar el legado hacia el futuro La Empresa Familiar es el corazón invisible de la economía. Celebremos su resiliencia, reconozcamos sus aportes y apoyemos con seriedad a superar sus retos. La continuidad de estas organizaciones no es un tema privado: es un asunto estratégico para la competitividad, la sostenibilidad y el bienestar de nuestro país y de todas las comunidades en que operan los negocios familiares. Como abogado y consultor tengo el privilegio de acompañar a familias empresarias en su tránsito hacia la institucionalización. Me consta como invertir en su fortalecimiento es apostar por un futuro (sostenibilidad) en el que la tradición (raíces) y la innovación (visión) se forjen, y donde el legado sea entendido como una responsabilidad de cuidado y preservación para las siguientes generaciones.