Hace algunos días, los representantes de organizaciones del sector privado, público y de cooperación internacional de la región nos dimos cita en una reunión técnica para plantear las bases de una estrategia regional, que le permita a América Latina y el Caribe aprovechar el inminente advenimiento de la bioeconomía como el más importante cambio que experimentará el mundo en su sistema económico, al menos, durante la primera mitad del siglo XXI. La bioeconomía propone reemplazar el sistema mundial de producción-consumo, que se apalanca sobre la base del uso de recursos no renovables, cuya obtención implica una alta demanda de energía, principalmente de combustión fósil, a uno basado sobre la obtención de materiales a partir de procesos biológicos, poco contaminantes, permanentemente renovables y cuyos residuos sean fácilmente metabolizados, tanto por el propio sistema económico como por los ecosistemas, sin causar impactos ambientales o sociales. La importancia para el Ecuador de insertarse con potencia en esta transformación económica global deviene de dos aspectos claves: el primero, su rica megabiodiversidad, le da una posición privilegiada en el concierto internacional como fuente de un amplísimo acervo genético, molecular y de enzimas que son la piedra angular del desarrollo e investigación científica; segundo, como país, necesitamos tener un “plan b” para desacoplar nuestra economía de la exportación petrolera que, de acuerdo a las previsiones de muchos organismos internacionales, experimentarán -en un futuro no muy lejano- una significativa reducción, sobre todo cuando se haya masificado la demanda de automóviles eléctricos. En un contexto en el que Ecuador se pregunta cómo remontar los profundos estragos económicos de la pandemia y cómo dinamizar su economía aumentando la inversión extranjera directa (de la que del total de inversiones realizadas en América Latina, escasamente captó un 0,4% en 2022), la bioeconomía parece ser una alternativa real de desarrollo y de atracción de inversiones; en la actualidad, se estima que la bioeconomía representa un 4% del PIB No obstante el escenario favorable para el Ecuador, el hecho de que poseamos una ventaja comparativa debido a la megabiodiversidad no nos asegura un futuro promisorio en este nuevo campo económico; si queremos sacarle provecho y posicionarnos primero que otros países en los mercados emergentes asociados a la bioeconomía, debemos generar las condiciones habilitantes necesarias: tener legislación que facilite la inversión nacional y extranjera en investigación científica, conectar a la academia, la empresa y el sector privado para generar procesos de desarrollo de mercados para nuestros productos de base natural, mediante articulación público-privada, pero sobre todo, como Estado, invertir, invertir e invertir, en lo que será nuestro sustento económico durante el siglo XXI. Por: Galo Pesantes, Director de la Unidad de Sostenibilidad de CORPEI