La evidencia científica confirma que los hábitos alimentarios cotidianos pueden marcar la diferencia entre prevenir o desarrollar estas patologías. Luisa Villamagua, docente de la carrera de Nutrición y Dietética de la Universidad Técnica Particular de Loja (UTPL), explica que la alimentación constituye uno de los principales factores modificables para prevenir las enfermedades crónicas no transmisibles. “Cada elección que hacemos al momento de alimentarnos puede convertirse en un factor de protección para nuestra salud. El mayor riesgo está asociado al consumo frecuente de alimentos ultraprocesados, bebidas azucaradas y productos con exceso de sodio y grasas de baja calidad; mientras que una alimentación basada en productos frescos y mínimamente procesados contribuye significativamente a reducir ese riesgo”, señala. La especialista destaca que, más que buscar alimentos “milagrosos”, la ciencia respalda la adopción de patrones de alimentación saludables y sostenibles. Entre ellos sobresale el modelo mediterráneo, caracterizado por un mayor consumo de frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, frutos secos, pescado y grasas saludables. Sin embargo, enfatiza que estos principios pueden adaptarse perfectamente a la realidad ecuatoriana aprovechando la riqueza de la biodiversidad nacional. Alimentos tradicionales como la quinua, el amaranto, el chocho, el fréjol, el aguacate, el maní, el tocte y pescados como la trucha ofrecen un alto valor nutricional y permiten construir una alimentación equilibrada sin depender de productos importados. A ello se suma el aporte de frutas locales como la papaya, el mango, la naranjilla, el maracuyá y la chirimoya, fuentes naturales de vitaminas, minerales y antioxidantes. También te puede interesar: Naturaleza y bienestar: la nueva esencia del turismo de lujo Desde la UTPL, el grupo de investigación Prevención y Promoción de la Salud desarrolla estudios enfocados en enfermedades cardiometabólicas, crononutrición, composición corporal y adaptación de patrones alimentarios saludables a la población ecuatoriana. Investigaciones recientes evidencian que una mayor adherencia a una alimentación saludable, junto con el consumo frecuente de frutas y preparaciones tradicionales como el sofrito, se relaciona con un menor riesgo de desarrollar diabetes tipo 2. Para Villamagua, promover hábitos saludables desde la infancia, fortalecer la educación alimentaria y revalorizar los productos locales son acciones fundamentales para mejorar la calidad de vida de la población. “La prevención comienza con pequeñas decisiones diarias. Alimentarse mejor, mantenerse activo, descansar adecuadamente y adoptar un estilo de vida saludable son inversiones que generan beneficios para toda la vida”, concluye.