En esta edición de la Revista Violeta, compartimos el testimonio de Karina, quien logró cambiar su vida gracias al liderazgo inclusivo, horizontal y participativo de Plan International. KARINA He dedicado casi la mitad de mi vida a la acción social. Por mucho tiempo, he sido defensora comunitaria y he mediado en casos de violencia intrafamiliar. En mi parroquia, Simón Bolívar, también he atendido casos de maltrato psicológico. Lo hacemos aquí porque estamos a muchos kilómetros del cantón Santa Elena y es difícil movilizarse hasta allá porque no tenemos buenas vías o cooperativas de transporte público para que las personas salgan a denunciar o buscar atención. Sin opción, la familia elige callar la violencia. Me satisface ayudar a prevenir la violencia en mi parroquia. Me gusta trabajar con seres humanos. Para parar el maltrato, la violencia, el acoso o el femicidio, la prevención se debe hacer a largo plazo, lo sé. La prevención se debe hacer informando lo correcto, porque si alguien da información errónea, no está ayudando a acabar con el problema de la violencia intrafamiliar. Lo importante es proteger la vida. El primer caso de violencia que medié fue el de un padre que maltrataba físicamente a su familia, cada vez que consumía licor, y nos enteramos porque el director de la escuela informó que el hijo de este señor había llegado con secuelas del maltrato. Yo me arriesgué a ir sola hasta la casa de esa familia, porque no encontré a los policías ni al teniente político. Tenía un poco de temor, pero llegué hasta esa casa. El padre salió a la puerta y lo primero que me dijo fue: “¿me va a llevar preso?”, y yo le dije: “no, solo quiero conversar con usted”. Él me dijo que todo estaba bien, pero algo lo delataba. La esposa estaba en la cama, con el rostro golpeado. Hablamos un poco y le dije que volvería al siguiente día. Me fui con tristeza y preocupación. Yo sabía que era un tema delicado, porque la esposa no quería poner la denuncia. Ella decía: “no lo voy a hacer, porque seguro me va a matar”. El niño lloraba. Después de un tiempo, logramos llevar el caso a Santa Elena, para que la familia recibiera las visitas profesionales. En estos casos, dar seguimiento a las familias es lo más importante, porque los agresores están atentos y ya no van a cometer el mismo maltrato. En situaciones de injusticias y maltratos, me estreso, pero cuando termina esa violencia, tengo un poco de paz, porque he logrado hacer algo por los demás. Sin embargo, esa paz también me ha costado algunos sacrificios familiares. Por mi trabajo como defensora comunitaria, muchas veces tuve que quedarme hasta la madrugada, y los inconvenientes con mi familia no tardaron en asomar. Me decían: “tú te preocupas por los demás y ¿por qué no te preocupas por nosotros?”. Ellos sentían que los dejaba de lado porque no podía dedicarles mucho tiempo. Algunos de mis hijos ya son adultos, otros son adolescentes. Hoy puedo explicarles sobre el trabajo social, hablamos de las críticas constructivas y las destructivas. A una de mis hijas menores le gusta este trabajo, le gusta ayudar y servir a los demás. Así que ya tengo mi legado. Ahora tengo el apoyo de mi familia y procuraré que mi hija también lo tenga. Sé que muchas familias confían en mí como defensora comunitaria. Esa confianza me la he ganado, también, por el voluntariado que he realizado en Plan International Ecuador. El voluntariado es una experiencia hermosa. He trabajado junto a otros compañeros voluntarios de las diferentes comunidades. He realizado voluntariado en el área de comunicación, para que dentro de las familias puedan expresar lo que sienten a través de cartas; en el área de salud, he capacitado en las comunas para prevenir enfermedades; en medioambiente, he enseñado a los niños y las niñas que no deben contaminar la naturaleza, y además les he capacitado en autoestima y derechos. También trabajo como maestra de básica en la escuela de la parroquia. Esta vocación me ha ayudado a acercarme a los padres y madres de familia, para transmitirles lo que he ido aprendiendo. Les he pasado la misma enseñanza que he recibido. Esto me ha servido para que los padres tengan ese acercamiento hacía mí para fomentar un cambio en su mentalidad. Actualmente soy presidenta del Gobierno Autónomo Parroquial Simón Bolívar, en Santa Elena. Es un cargo público con el que he continuado ayudando a mi parroquia. Llegué a ese puesto por mi vocación de servicio, no por una postura política. Las familias me tienen confianza y me buscan para que les colabore en situaciones de prevención de violencia. En este cargo, he trabajado para que sigan las capacitaciones para padres y madres de familia, eso no debe perderse. Como yo siempre digo: en la vida nunca se termina de aprender algo nuevo, y qué mejor para estar junto a la familia y no caer en la violencia. Sueño con ver mi parroquia totalmente cambiada. Uno de los compromisos es lograr una vía de acceso de primer orden, porque no tenemos carreteras asfaltadas y las necesitamos, porque en nuestro territorio la gente se dedica a la agricultura y la ganadería, y debe sacar sus productos. Sin embargo, mi mayor compromiso es continuar con las capacitaciones para prevenir la violencia para los niños, jóvenes y padres de familia. También debemos fomentar las capacitaciones de emprendimiento, electricidad básica, carpintería, arreglo de celulares, formación de lideresas y prevención del embarazo adolescente.