Sin embargo, este acceso no garantiza una inclusión real ni mejora directa en la calidad de vida. Así lo sostiene Valeria Llerena, Directora Ejecutiva de la Red de Instituciones Financieras de Desarrollo (RFD), quien enfatiza que “tener una cuenta no es lo mismo que usar productos financieros de forma que transformen la vida de las personas”. Mientras siete de cada diez ecuatorianos tienen una cuenta, apenas tres acceden a crédito, y menos del 30% ahorra regularmente. Entre 2019 y 2024, 1,1 millones de nuevos clientes accedieron al crédito entre 2019 y 2024, pero más de 360.000 cayeron en cartera castigada o baja calificación crediticia, quedando nuevamente excluidas. También te puede interesar: Un nuevo rumbo para la banca: Inclusión, tecnología y control El uso de plataformas digitales ha crecido, pero las brechas de conectividad y educación digital, especialmente en zonas rurales —donde apenas el 13% tiene acceso a internet— siguen limitando su alcance. “La inclusión también requiere conocimiento, confianza y habilidades digitales”, recalca Llerena. Sobre la morosidad, el sistema bancario mantiene una tasa del 3,09%, mientras que en el sector popular y solidario supera el 8%. La morosidad se agrava por causas estructurales: informalidad, falta de empleo formal, inseguridad y crédito orientado a personas que luego migran. Además, el límite a las tasas de interés ha desincentivado productos para segmentos vulnerables. La RFD advierte que sin una revisión estructural de políticas como las tasas máximas o el fortalecimiento de la educación financiera, el país seguirá enfrentando exclusiones cíclicas. “El crédito es clave para la reactivación económica. Para ello, se requiere apoyar al sistema financiero desde la regulación, darle oxígeno es fundamental para su reactivación”, concluye.