Ekos charló con el experto y estos nos dijo. En términos de competitividad, ¿por qué el dominio de un segundo o tercer idioma debería verse como una inversión productiva y no solo como un tema académico? Porque, en la práctica, un idioma no es un conocimiento teórico: es una herramienta de trabajo. Cuando una persona aprende con un propósito claro, mejora su acceso a empleo, incrementa su productividad y amplía su campo de acción profesional. Para las empresas y para el país, esto se traduce en más talento competitivo, posibilidad de exportar servicios, mejor atención a mercados internacionales y mayor atractivo para la inversión. El idioma deja de ser “académico” cuando empieza a generar ingresos, oportunidades y movilidad social real. Desde su experiencia, ¿qué sectores en Ecuador están perdiendo oportunidades por falta de talento bilingüe? ¿Qué perfiles deberían priorizar el aprendizaje de idiomas para crecer más rápido? Ecuador pierde oportunidades, sobre todo, en sectores con contacto constante con mercados externos: turismo, comercio exterior, servicios, tecnología y atención al cliente. Pero, más allá del idioma, hay una brecha de formación aplicada. Perfiles como ventas, mandos medios, personal operativo, jóvenes técnicos y emprendedores crecen más rápido cuando combinan idioma con habilidades prácticas. No se trata solo de hablar otro idioma, sino de saber usarlo para trabajar mejor. Usted ha impulsado alianzas que derivaron en más de 100.000 becas para servidores públicos y familiares, y más de 9.000 becas para alfabetización en un segundo idioma del magisterio. ¿Qué aprendizajes dejan estas iniciativas sobre cómo escalar idiomas con impacto real? Desde mi intervención como Director Ejecutivo de la WLO hemos buscado alinear la formación con un objetivo central: “transformar vidas a través de la educación”. El aprendizaje principal es claro: la formación funciona cuando responde a una necesidad real de la persona y del sector, no cuando se entrega de forma genérica. Cuando la educación se conecta con empleo, desempeño y dignidad laboral, el impacto es tangible y sostenible. También puedes leer: Arca Continental lidera iniciativas ESG que generan impacto positivo en las comunidades ¿Qué condiciones deben cumplirse para que una beca se convierta en “mejor trabajo”? Una beca se convierte en una mejora real cuando tiene un objetivo claro (empleo, ascenso o reinserción), asegura un nivel mínimo funcional —no solo introductorio—, incluye acompañamiento y seguimiento, especialmente en poblaciones vulnerables, y se vincula con oportunidades reales: empresas, sector público, autoempleo o emprendimiento. Sin esas condiciones, la formación se queda en el esfuerzo personal y no necesariamente en un cambio de vida. En un país que quiere elevar productividad, ¿qué modelo recomienda para el sector privado? ¿Qué errores ve con frecuencia cuando las compañías invierten en idiomas? El modelo más efectivo combina formación con realidad empresarial: capacitar por roles, compartir el esfuerzo entre empresa y colaborador, y medir resultados. Un error común es invertir sin estrategia, sin metas claras y sin acompañamiento. Otro error frecuente es olvidar que muchos trabajadores provienen de contextos de vulnerabilidad y que, antes o al mismo tiempo que la formación académica, necesitan formación integral. Hoy la salud mental juega un papel determinante en la productividad: una persona que no se siente segura, acompañada o valorada difícilmente rinde al máximo. Invertir sin considerar ese componente humano reduce el impacto y la sostenibilidad del programa. Si un CEO le pide justificar presupuesto, ¿qué indicadores usaría para medir retorno? ¿Qué meta país sería razonable para Ecuador en 2–3 años? Para medir retorno, los indicadores más claros son mejora en empleabilidad y desempeño; incremento en ventas, servicio al cliente o expansión; reducción de rotación y mayor estabilidad laboral; y mejores ingresos y certificaciones del talento. Como país, Ecuador ya transita una línea de acción de corto y mediano plazo para ampliar el acceso a formación útil y empleable, especialmente en sectores vulnerables, conectando educación con productividad y desarrollo social. Más de fondo, la competitividad de un país es proporcional a su nivel educativo: invertir en educación no es un gasto, es la base del desarrollo sostenible.