En la carrera por el ODS 2 “Hambre Cero”, el mundo muestra señales mixtas: en 2024 el hambre bajó, según la ONU, pero aún se mantiene por encima de 2015 y de los niveles prepandemia. Para las empresas, esto representa un riesgo para el mercado y la continuidad operativa, y exige mayor resiliencia climática y cadenas de valor más robustas. El indicador más crítico es la inseguridad alimentaria: en 2024, cerca del 28% de la población mundial —unos 2.300 millones de personas— vivió inseguridad moderada o grave, con impactos directos en productividad, salud y estabilidad social. La ONU estima entre 638 y 720 millones de personas con hambre en 2024, pese a la mejora frente a 2023. El Índice Global del Hambre 2025 confirma el estancamiento: la puntuación global apenas pasó de 19,0 en 2016 a 18,3 en 2025, aún en nivel “moderado”, con hambre “alarmante” en 7 países y “grave” en 35. A este ritmo, el umbral “bajo” se alcanzaría recién en 2137. También te puede interesar: Sostenibilidad como imperativo económico en América Latina en 2026 En América Latina y el Caribe hubo avances, pero el impulso se frenó: el índice cayó de 13,2 en 2000 a 8,2 en 2016 y apenas a 7,9 en 2025. La subalimentación afecta al 5,4% de la población (34,6 millones) y 1 de cada 8 niños menores de cinco años sufre retraso en crecimiento. La aceleración exige inversión y gobernanza: aunque el gasto público agrícola alcanzó USD 701.000 millones en 2023, la prioridad del sector cayó, lo que obliga a fortalecer sistemas alimentarios, apoyar a pequeños productores y mejorar el acceso a dietas nutritivas.