Una de las activistas con más presencia en los debates es Hamangaí Marcos Melo Pataxó, una joven de 24 años, hija de los pueblos pataxó y terena. Nació y creció en la aldea de Caramuru Catarina Paraguaçu, una población situada a 460 kilómetros al sur de Salvador, en el mismo estado de Bahía. Estudiante de medicina veterinaria, trabaja en la agenda climática y es coordinadora nacional de la organización Engajamundo, una ONG de jóvenes ambientalistas extendida por todo Brasil. También es consejera de Humana, que trabaja por los derechos humanos de las niñas y mujeres brasileñas. También te puede interesar: Los países más violentos contra las mujeres a nivel mundial Hamangaí ve que los ganaderos son la mayor amenaza que cierne sobre su territorio, ya que siguen deforestando lo poco que queda del bosque tropical húmedo conocido como Mata Atlántica y entiende que esa lucha está relacionada con la batalla contra otros males “invisibles”, como las cuestiones de género. Para ello, promueve que las mujeres jóvenes tengan más peso en los espacios de toma de decisiones, mientras trabaja en una campaña contra la violencia y los abusos machistas. Es en este contexto en el que, al volver a la aldea después de las movilizaciones del campamento indígena de Salvador, Hamangaí organiza en la escuela de Caramuru una novedosa actividad sobre la violencia de género que resultará transformadora para la realidad de las mujeres pataxó hã-hã-hãe. Es consciente de que hay mucho dolor y sufrimiento acumulado en las mujeres indígenas. Ella lo retrotrae al tiempo de la colonización y de cómo fueron objeto de una violencia sistemática y terrible por parte de los colonizadores, que se apropiaron de sus cuerpos como una parte integrante del botín de la conquista. La joven activista incorpora en su discurso político una visión decolonial que reivindica una concepción indígena del cuerpo de la mujer, que fue colonizado, al igual que lo fue la tierra en la que habita. Para Hamangaí, el cuerpo de la mujer indígena debe ser reivindicado como algo sagrado, algo integral a la naturaleza. La herencia colonial hace que “la mayoría tenga una visión de la mujer como un objeto”, dice. “Y eso es muy doloroso, eso golpea y va pasando de generación en generación. Esa práctica de la violencia contra la mujer indígena fue dejada por los propios colonizadores”, afirma, portando con orgullo un poderoso tocado de plumas azules. “La mujer es sagrada porque genera vida, porque ella genera el alimento”, prosigue. “Ella es sagrada porque trae el conocimiento ancestral, la sensibilidad, la cura a través de las plantas medicinales. Ella es sagrada porque trae el mensaje, la palabra, el consejo, la sabiduría que viene del corazón, que viene de dentro. Ella es sagrada porque es una extensión de la naturaleza”, concluye. También te puede interesar: 82 mujeres rompieron un nuevo récord mundial del alpinismo Y es con esta visión sistémica del papel de la mujer indígena que se acerca a su comunidad para organizar una actividad con valor terapéutico. Junto con algunas colaboradoras de Engajamundo, reúne a mujeres de todas las edades en torno a una ofrenda de plantas, flores, frutas, vasijas y collares de semillas que simbolizan la fertilidad y la feminidad de la naturaleza. Ayudada por sus compañeras, coloca en el centro de la zona comunitaria de la escuela, sobre unas hojas de plátano, los distintos elementos simbólicos que presidirán las sesiones de trabajo. El objetivo es ambicioso, puesto que la dinámica interna de las aldeas, con sus equilibrios de poder, sus jerarquías y sus temas tabú, no es propicia para este tipo de ejercicios, mucho más comunes en entornos urbanos. Pero la lídereza está decidida a que las mujeres de su aldea hablen entre sí de los problemas de género existentes, que son compartidos por todas las comunidades, ya sean urbanas o rurales, indígenas, negras, blancas o mestizas. Fuente: EL PAÍS