El comercio global no se está desacelerando; se está reconfigurando. En 2025, a pesar de un entorno marcado por tensiones geopolíticas, aumentos arancelarios y disrupciones en cadenas de suministro, el comercio mundial continuó creciendo incluso por encima del PIB global. Sin embargo, ese crecimiento esconde un cambio más profundo: los flujos comerciales están siendo redirigidos hacia socios geopolíticamente alineados y nuevas geografías emergentes. Esta transformación responde a múltiples fuerzas que actúan de manera simultánea. Por un lado, la geopolítica ha pasado a ser un determinante central del comercio: solo en 2025, los aranceles desplazaron más de US$165 mil millones fuera del corredor Estados Unidos–China. Por otro, nuevas dinámicas tecnológicas están redefiniendo qué se comercia y cómo. El resultado es una nueva “geometría del comercio global”: las rutas cambian, los actores se reconfiguran y las cadenas de valor evolucionan. Más que una reversión de la globalización, lo que se observa es una transición hacia un modelo más complejo, donde eficiencia, resiliencia y alineación geopolítica compiten simultáneamente como criterios de decisión. De la globalización abierta a la regionalización estratégica Uno de los cambios más visibles en el comercio global es la creciente regionalización de los flujos. Si bien el comercio total continúa expandiéndose, lo hace cada vez más entre países con mayor cercanía geopolítica. Las tensiones entre Estados Unidos y China han sido el principal catalizador de este cambio. En 2025, el comercio bilateral entre ambas economías cayó aproximadamente 30%, generando efectos en cascada sobre el resto del sistema global. Estados Unidos reemplazó cerca de dos tercios de las importaciones provenientes de China —más de US$80 mil millones— con proveedores alternativos, especialmente en Asia. Este reajuste no implicó una contracción del comercio global, sino una redistribución. Economías como Vietnam, India y otros países del Sudeste Asiático capturaron participación en manufactura, mientras que China redirigió exportaciones hacia Europa y mercados emergentes. En paralelo, emergen nuevos polos de crecimiento. La ASEAN incrementó sus exportaciones manufactureras cerca de 14% en 2025, consolidándose como un nodo clave en cadenas de suministro globales. Este tipo de dinámicas refuerza una tendencia clara: el comercio no desaparece, pero se reorganiza en torno a nuevos centros de gravedad. Para América Latina, esta reconfiguración abre una ventana de oportunidad. La relocalización parcial de cadenas de suministro —particularmente hacia geografías más cercanas a Estados Unidos— puede traducirse en nuevas inversiones y expansión de exportaciones, siempre que la región logre competir en costo, infraestructura y confiabilidad. Cadenas de valor bajo presión: resiliencia, tecnología y reconfiguración Más allá de los flujos entre países, la transformación más profunda ocurre dentro de las cadenas globales de valor. El modelo tradicional, basado en eficiencia y costos mínimos, está siendo reemplazado por uno que prioriza resiliencia y diversificación. Las disrupciones recientes han evidenciado riesgos estructurales, especialmente en sectores críticos donde la producción está altamente concentrada. Esto ha llevado a empresas a replantear sus estrategias de abastecimiento, adoptando esquemas como diversificación de proveedores, nearshoring y friend-shoring. Sin embargo, el cambio no es solo geográfico; también es tecnológico. El comercio de bienes relacionados con inteligencia artificial —incluyendo semiconductores, servidores y equipos de red— creció cerca de 40% en 2025, explicando aproximadamente un tercio del crecimiento del comercio global. Este fenómeno está transformando la composición del comercio. La demanda de infraestructura para centros de datos, capacidad de cómputo y conectividad está impulsando nuevos flujos, con Asia como principal hub de producción y Estados Unidos como principal fuente de demanda. Al mismo tiempo, las restricciones a la exportación de tecnologías críticas están introduciendo una nueva capa de complejidad, donde la política industrial y la seguridad nacional influyen directamente en las decisiones empresariales. Para las compañías, el desafío es doble: rediseñar cadenas de suministro para gestionar riesgos y, simultáneamente, invertir en capacidades tecnológicas que permitan competir en industrias cada vez más sofisticadas. Implicaciones estratégicas en un mundo fragmentado La nueva geometría del comercio global redefine las reglas de competencia para empresas y países. La geopolítica, la tecnología y la resiliencia operativa pasan a ser variables centrales en la toma de decisiones. En primer lugar, la geopolítica deja de ser un factor externo. Las decisiones de inversión, abastecimiento y expansión deben considerar estabilidad política, alineación estratégica y exposición a riesgos regulatorios. En segundo lugar, la competitividad se redefine. La eficiencia sigue siendo relevante, pero ya no es suficiente. Las organizaciones líderes están invirtiendo en redundancia operativa, digitalización y analítica avanzada para anticipar disrupciones y responder con mayor agilidad. En tercer lugar, los países compiten activamente por capturar inversión. Políticas industriales, incentivos fiscales y marcos regulatorios se han convertido en herramientas clave para atraer manufactura avanzada y tecnología. Para América Latina, el contexto es particularmente relevante. La región cuenta con ventajas estructurales —recursos naturales, cercanía a grandes mercados y base industrial— pero enfrenta desafíos en infraestructura, capital humano y ejecución. La oportunidad existe, pero no es automática. También te puede interesar: “La banca ecuatoriana está sólida y preparada para enfrentar los desafíos” Competir en la nueva geometría El comercio global no está en retroceso, pero sí en transformación. La lógica de hiper-globalización ha dado paso a un sistema más fragmentado, donde la geopolítica, la tecnología y la resiliencia redefinen los flujos económicos. Las empresas que logren adaptarse —diversificando riesgos, invirtiendo en tecnología y alineando su estrategia con la nueva geografía del comercio— estarán mejor posicionadas para capturar valor. Para América Latina, el desafío es convertir esta disrupción en una ventaja competitiva. La reconfiguración de cadenas de suministro y el auge de nuevas industrias ofrecen una oportunidad concreta de inserción estratégica en la economía global. En última instancia, la “geometría del comercio” no es solo un concepto analítico: es una guía para la acción. Entenderla y anticiparla será clave para competir en la próxima década. Por: Carlos Buitrago, Socio y Managing Partner de McKinsey & Company