En el reciente estudio de McKinsey Global Institute (MGI), se sustenta que desde 2020 confluyen tres fuerzas que están reescribiendo los incentivos globales: balances privados y públicos que crecieron más rápido que la producción y los ingresos que deberían sostenerlos; tasas de interés estructuralmente más altas que en la década anterior, que elevan el costo de financiar inventarios, capital de trabajo y nuevos proyectos; y la relocalización de capacidades (energía, manufactura avanzada y digital) mediante megaproyectos que concentran capital y proveeduría durante años. Este entorno no es un éxito macroeconómico, ya que, afecta la competitividad de cada empresa en dimensiones concretas, desde el costo de capital y la priorización de inversiones hasta la elasticidad de la demanda de sus clientes y la resiliencia de la cadena de suministro. Por eso, más que interpretar la coyuntura como un “alto” transitorio, conviene gestionarla con una brújula explícita de productividad, salud de balance y ejecución, anclando cada decisión en datos y en escenarios que reconcilien el tamaño de los balances con el avance del PIB real. En números, el mundo llega a 2025 con ~600 billones de dólares de riqueza y un balance global ~5,4 veces el PIB, todavía por encima de los estándares históricos. Ese “exceso” de balance no proviene principalmente de construir más fábricas, desarrollar software o ampliar infraestructura, sino de que subieron los precios de los activos y creció la deuda. Entre 2000 y 2024, por cada USD 1 de inversión neta adicional se generaron USD 3,5 de riqueza de los hogares; de ese aumento, ~36% fue “de papel” (valuaciones más altas sin ahorro nuevo detrás). En paralelo, la deuda total llegó a ~2,6 veces el PIB, lo que hace al sistema más vulnerable a cambios bruscos en tasas de interés, ganancias empresariales o precios de la vivienda. El diagnóstico no es pesimista por deporte: es una advertencia estadística sobre la sensibilidad del sistema ante sorpresas que, en épocas de dinero barato, se absorbían casi sin ruido. La composición de la riqueza amplifica cómo se transmiten los shocks a la economía real. En Estados Unidos, más de un tercio del patrimonio de los hogares está en acciones, lo que vuelve al consumo especialmente sensible a los ciclos bursátiles; en Europa, el mayor peso del inmobiliario conecta el gasto de los hogares con la trayectoria de precios de la vivienda; en China, el efectivo y los depósitos ocupan un lugar central, por lo que la confianza y el empleo cumplen un rol más visible en activar esa liquidez. La desigualdad, a su vez, eleva la volatilidad de la demanda: el 1% más rico posee ≥20% de la riqueza en las principales economías (en EE. UU. cerca de 35%), sesgando la canasta hacia los tramos de mayor ingreso y reduciendo el efecto multiplicador de los aumentos de patrimonio en el consumo masivo. A esto se suman desequilibrios externos más abiertos: Estados Unidos acumula pasivos netos cercanos a −90% del PIB; parte de ese deterioro proviene de la revalorización de sus propias acciones en manos de no residentes, de modo que cuando Wall Street sube, también crece el valor de lo que el resto del mundo posee dentro del país más rápido que lo que los estadounidenses poseen fuera. Mirando a la próxima década, el MGI sintetiza cuatro trayectorias que, más que pronósticos excluyentes, deben leerse como “regímenes” que conviene monitorear en paralelo. El escenario de aceleración de la productividad es el único que permite que el PIB real “alcance” al balance sin pagar con inflación o caída de riqueza: exige inversión en tecnología, organización y talento, y disciplina para aterrizar mejoras de procesos medibles en tiempos de ciclo, consumo energético y rotación de inventarios. La alternativa de inflación sostenida “abarata” deuda y riqueza en términos reales, pero complica presupuestos empresariales y deteriora poder adquisitivo; puede ser tentadora a corto plazo, pero no es gratis. El retorno al estancamiento secular reproduce el patrón de ahorro alto e inversión baja de los 2010s: los precios de activos vuelven a subir, pero sin músculo de PIB real debajo. Por último, el reseteo del balance implica corrección de activos y desapalancamiento con varios años de crecimiento débil; es la salida más costosa si se entra sin colchones de liquidez y sin disciplina de capital. También te puede interesar: La Empresa Familiar: El corazón invisible de la economía La magnitud de lo que está en juego se entiende mejor con cifras. En Estados Unidos, un mundo de productividad acelerada podría llevar el PIB real a crecer cerca de 3,3% anual y sumar ~USD 65.000 por persona en riqueza; en escenarios de inflación o reseteo, la riqueza real caería ~USD 95.000 por persona. En Alemania, sin un giro de competitividad, el PIB per cápita en 2033 sería ~USD 9.000 menor frente al escenario de productividad y la brecha con Estados Unidos se ampliaría ~USD 19.000. En China, la riqueza de los hogares oscilaría entre +50% (mejor caso) y caídas puntuales (peor), con crecimiento del PIB real entre ~4,6% y ~3,1%. El artículo propone medidas correctivas que los altos cargos pueden aplicar como: elevar la vara de retorno, con tasas reales más altas por más tiempo, conviene priorizar cohortes de inversión con IRR robusto y payback inferior a 24 meses, en especial en automatización, analítica aplicada y eficiencia energética. Segundo, sugiere fortalecer el balance, preferir deuda a tasa fija, plazos largos y cláusulas de ajuste por inflación o tipo de cambio real multilateral (TCRM) en contratos críticos; mantener un colchón de liquidez que absorba un shock de +200–300 puntos básicos en el costo de financiación. Tercero, propone aumentar el peso de los activos intangibles —propiedad intelectual, datos y software— que son los bienes que mejor escalan la productividad cuando la energía financiera es más cara. Cuarto, recomienda rediseñar portafolios y precios con una lectura fina de la exposición patrimonial de los clientes: en Estados Unidos, la cesta de consumo responde más a la Bolsa; en Europa, a la vivienda; en China, a la confianza y el empleo que activan depósitos. Quinto, se puede diversificar mercados y proveedores evitando dependencias de regiones con déficits persistentes o superávits estratégicos expuestos a giros regulatorios. En los próximos 12–18 meses, las empresas latinoamericanas deberían enfocarse en cinco frentes: (1) proyectos con payback inferior a 24 meses y ahorro trazable (kWh, horas-hombre, tiempos de ciclo); (2) estructura de deuda a tasa fija, mayor duración y coberturas para TCRM y commodities; (3) nearshoring “con estándar”: PPAs renovables bancables, trazabilidad (origen responsable, huella de carbono), OTIF y visibilidad de supply; (4) upskilling en mantenimiento avanzado, datos/IA y seguridad industrial; (5) contratos B2B de performance y shared savings. Por: Carlos Buitrago, Socio y Managing Partner de McKinsey & Company