Nacido en 1924, inició su camino en el campo desde la adolescencia y terminó convirtiéndose en uno de los exportadores más influyentes del banano ecuatoriano, un producto que hoy sostiene miles de empleos y proyecta al país a los mercados más exigentes. Su historia se construyó en un entorno adverso. Con apenas 17 años participó como conscripto en la guerra de 1941, experiencia que lo marcó con disciplina y carácter. A su regreso, canalizó esa determinación en la agricultura. Desde los años 60 lideró innovaciones que transformaron la producción en El Oro: fue pionero en la construcción de empacadoras modernas, desarrolló servicios aéreos de fumigación, impulsó industrias de plástico para el sector y fundó una empresa exportadora que llevó su marca -su apellido Quirola- a Asia, Europa y Norteamérica. Esa vocación internacional se combinó con una claridad empresarial poco común. Cuando el banano ecuatoriano enfrentó la amenaza del mal de Panamá, Quirola viajó junto al productor Manuel Encalada para introducir al país la variedad Cavendish. Fue una decisión determinante ya que sostuvo a la industria en su momento más delicado. Como recuerda la prensa local, Quirola solía decir: “La calidad de nuestra fruta es insuperable si trabajamos con disciplina”. A su aporte agrícola se suma un hecho que definió la estructura económica del sur del país: la fundación del Banco de Machala, primera institución financiera originada en El Oro. La entidad surgió con el objetivo de apoyar a productores y comerciantes, y con el tiempo se consolidó como un actor fundamental en el financiamiento regional. Su visión permitió que la provincia tuviera por primera vez un banco propio, administrado por personas que conocían de primera mano la realidad agrícola. Ese enfoque territorial es uno de los pilares que aún distinguen a la institución. También te puede interesar: Tommy Wright: el hombre que revolucionó el retail en Ecuador El empresario y comunicador Vito Muñoz, quien lo ha conocido durante décadas, sitúa su figura en otra dimensión: “Don Esteban es uno de los líderes empresariales más longevos del planeta, pero más allá de su edad, es un ejemplo de determinación. Recorrió todos los campos: banano, camarón, banca, ganadería. Nada quedaba fuera de su horizonte”. Muñoz también recuerda la rigurosidad con la que Quirola enseñaba a las nuevas generaciones. En una anécdota de infancia, cuando de niño tomó un tercer bombón de una bandeja durante una reunión familiar, Quirola lo detuvo con firmeza y una frase que él jamás olvidó: “Ya llegaste a dos. Tercero no hay”. Era su forma de enseñar autocontrol y respeto. Ese sentido de disciplina también lo acompañó en la ganadería, donde incluso superados los 100 años seguía participando en ferias, obteniendo premios y presentándose con su ganado. Hoy, el legado de Quirola transita a nuevas manos, pero siempre respetando la impronta de este reconocido e importante empresario ecuatoriano. Su esposa, Jenny Quiñones de Quirola, ha sido -según destaca Muñoz- un pilar fundamental para su vida y su longevidad. “La señora Jenny ha sido su mano derecha e izquierda. Le dio vida familiar, empresarial y emocional durante las últimas décadas”, afirma. La vida de Quirola también será llevada al cine. Una producción dirigida por un realizador colombiano, vinculada a Netflix, recogerá su historia, sus inicios, su aporte al país y el contexto en el que se forjó uno de los nombres más emblemáticos del empresariado ecuatoriano. A la luz de su trayectoria, la figura de Esteban Quirola invita a reflexionar sobre lo que significa construir desde la periferia y alcanzar impacto nacional y global. Su legado combina producción agrícola, visión financiera, responsabilidad comunitaria y una capacidad permanente de adaptarse a los cambios del entorno. No solo abrió mercados: abrió posibilidades y apostó al desarrollo de Ecuador. En un país donde el desarrollo empresarial enfrenta constantes desafíos en medio de escenrios inciertos, la historia de Quirola demuestra que la visión, cuando se sostiene con trabajo, ética y capacidad de anticipación, puede transformar territorios y dejar huellas. Su nombre, asociado al banano ecuatoriano y a la consolidación financiera de El Oro, permanecerá como uno de los referentes más valiosos de la memoria productiva del Ecuador. En una economía donde la diversificación es imperativa, el caso Quirola no es solo anecdótico: es un ejemplo de cómo una empresa familiar, arraigada en una provincia minoritaria, puede lograr escala global, mantenerse vigente y dejar huella local al mismo tiempo. Cuando revisamos la historia del banano ecuatoriano, reconocemos el impacto de muchos productores. Pero cuando queremos ver un caso que vincula agro, exportación, banca y región, aparece Esteban Quirola Figueroa. Hoy su nombre representa una forma de entender el negocio como acto generador de valor extendido a favor del desarrollo del país. Influencia, visión y disciplina La influencia de Quirola trascendió las empresas. Aportó terrenos para la construcción del Colegio Alemán de El Oro, apoyó la creación de infraestructura educativa y social, impulsó iniciativas culturales y fue reconocido por universidades ecuatorianas con distinciones honoríficas. Su vida ha sido homenajeada en diversos espacios públicos, incluidos monumentos, bustos y reconocimientos institucionales que destacan su aporte empresarial y comunitario. La historia de Quirola pone sobre la mesa tres lecciones concretas: Integrar producción y finanzas localmente: El vínculo entre cultivo, empaquetado, exportación y banca regional rompió silos tradicionales y generó sinergias. Visión internacional temprana: Llegar a otros continentes y asumir estándares globales, importar cepas y abrir mercados no fue casual; fue estrategia. Compromiso institucional con la región: No basta con exportar; es vital devolver al entorno, formar talento, apoyar la comunidad.