De esta forma, la ciudad fue zonificada en tres partes: Zona de conquistadores (centro de la ciudad), Zona religiosa (a manera de periferias) y Zona de indígenas (hacia los extremos norte y sur). Por otra parte, los espacios lacustres cercanos a la villa de Quito fueron divididos en dos: El Ejido de Turubamba, al sur; y El Ejido de Añaquito, al norte. Así, se generó una organización territorial radial concéntrica, desde la cual inicia la segregación y desigualdad social que golpea la distribución espacial de Quito, misma que se encuentra reflejada hasta la actualidad. Entre los siglos XVI y XVIII la ciudad no experimentó un crecimiento significativo que llegase a cambiar su trazado original. No obstante, en 1802 el cabildo entra en una crisis económica que obligó a arrendar los ejidos de Turubamba y Añaquito -considerados espacios públicos entonces- para posteriormente, entre 1802 y 1803, ser rematados. En el año 1900, con la llegada de varios grupos familiares del centro hacia el barrio de “La Mariscal” o “Ciudad Jardín”, se generó la primera expansión protagonizada por familias de clase alta. Esto provocó una bicentralidad que fue convirtiendo al centro histórico en un centro de comercio popular, tradicional y religioso, mientras que la “Ciudad Jardín” representó un nuevo Quito con residencia agradable, higiénica y tranquila. A medida que la población incrementó, se vio necesaria la aplicación de una planificación urbana y, entre 1942 y 1945, Jones Odriozola propuso el plan de urbanización. Este plan enfatizó la segregación del suelo mediante la clasificación de barrios de primera, segunda y tercera clase. Se remarcó, de este modo, una zona periférica constituida por la clase obrera donde se presentan las primeras expansiones hacia el sur de Quito. Sin embargo, desde 1970, los barrios populares como La Lucha de los Pobres y Pisulí, se extendieron hacia las vertientes del Pichincha debido a la creciente población y demanda de vivienda provocados por las migraciones desde el campo y el crecimiento interno de la ciudad. Por otra parte, entre 1960 y 1970, muchas propiedades fueron divididas y vendidas en mercados formales e informales por parte de traficantes de tierras a la población que migraba desde ciudades intermedias. Esta situación provocó un crecimiento descontrolado de la ciudad, sin considerar las condiciones topográficas inadecuadas, terrenos marginales y la carencia de acceso a servicios básicos y vías. Entre 1971 y 1983, se produjo la máxima expansión de la ciudad en términos de hectáreas. En este periodo, Quito creció en un 140%. Como resultado de este crecimiento urbano tan abrupto, fue necesario el relleno progresivo de quebradas con el objetivo de contener zonas residenciales, generando barrios populares en condiciones precarias y de riesgo a lo largo de toda la superficie de la ciudad. En 1980, se inició un proceso municipal con el objetivo de regularizar y dotar de servicios básicos a los barrios informales. Desde entonces, los alcaldes de turno han ido creando sus comisiones, o unidades, para la regularización de estos barrios irregulares sin lograr el alcance previsto. Esto ha producido desafíos geotécnicos como suelos blandos con abundante materia orgánica en varias zonas del sur, y sin un panorama que apunte a su solución sin ordenanzas que exijan estudios técnicos que evalúen los suelos de las zonas en expansión. Para una ciudad en permanente expansión como ha sido Quito durante las décadas, la planificación cuidadosa, regularización de suelos y la promoción de prácticas de desarrollo sostenible son fundamentales para garantizar el bienestar de la población y la preservación del entorno natural característico y cada vez más escaso en Quito. Por: Jorge Albuja-Sánchez; Ingeniero Civil, Docente PUCE yMariela Anaguano-Marcillo, Ingeniera Civil.