La Alcaldía de Bogotá estima que 6 de cada 10 hombres realizan tareas de cuidado, frente a 9 de cada 10 mujeres. Ellos dedican poco más de dos horas diarias, mientras que ellas ocupan casi cinco horas y media. Por ello, surgió hace un año la Escuela de Hombres al Cuidado, una iniciativa del Distrito que les enseña a los hombres a realizar labores de cuidado a través de cuatro módulos: cuidado directo, cuidado indirecto (tareas del hogar), cuidado emocional y cuidado ambiental. También te puede interesar: Documental que narra historias de mujeres indígenas ecuatorianas llegó a Madrid Las políticas de género de la Alcaldía se enfocaron inicialmente en la participación de las mujeres en el cuidado, un programa de actividades de formación y entretenimiento para cuidadoras. Pero se observó un incremento en las agresiones que las mujeres participantes sufrían por parte de sus parejas, una tendencia preocupante en una ciudad que en 2021 registró 79 feminicidios. Ellos se sentían amenazados por el empoderamiento de ellas. Por eso, Carolina y sus compañeros, Juan David Cortés y Nicolás Londoño, se enfocan en los hombres. Los tres sostienen la tesis de que aprender a cuidar a otros puede ayudar a los hombres a generar vínculos más saludables con sus hijos y parejas. En las sesiones de cuidado emocional, por ejemplo, hacen énfasis en que tengan una “escucha activa” con sus hijos y en que desarrollen relaciones con las mujeres en condiciones de empatía e igualdad, más allá del interés sexual. Hablan también de la importancia de expresar emociones y hacen una analogía con una olla a presión que no debe implosionar. Carolina tiene clara su motivación para trabajar con los hombres. Está por terminar una especialización en estudios de género e interculturalidad y hace años que le interesa aprender sobre masculinidades. No obstante, le frustra lo difícil que es conseguir que los hombres se interesen: ha pensado en ocasiones que sus sesiones son “una pérdida de tiempo”. Sabe, por ejemplo, que los ocho participantes no completarán las 19 sesiones del curso. Son parte de Parceros por Bogotá, un programa social para jóvenes que no estudian ni trabajan. La Alcaldía a veces les asigna otras tareas que toman prioridad, como pintar parques o prestar apoyo logístico en algún evento. Por ello, la mitad del grupo no suele asistir. Los que sí, están allí para acreditar horas y no por voluntad propia. “Sino no vendrían”, admite Carolina. La idea original era que la escuela fuera totalmente voluntaria. Carolina recuerda que antes del lanzamiento pasó mucho tiempo en parques para convencer a los hombres que paseaban por allí de sumarse. Pero no funcionó, fue “un fiasco”. A veces lograba que se inscribieran 25 hombres y solo aparecía uno el día del taller. En el último año, han pasado alrededor de 1.530 hombres por la escuela, y 500 de ellos han participado de varias sesiones. La inscripción es gratis y sigue abierta a cualquier interesado, pero son pocos los alumnos que se acercan por iniciativa propia. La mayoría asiste gracias a acuerdos con empresas y dependencias del Estado. Por ello Carolina, que aparte trabaja en una ONG, no está en un solo lugar. Carolina está acostumbrada a los comentarios machistas y las excusas para no participar. “Algunos nos sacan la Biblia, nos dicen que Dios hizo al hombre y la mujer para tener descendencia”, comenta sobre la reticencia de varios al uso del preservativo. Otros le han dicho que no tienen tiempo o cosas peores: “¿Por qué voy a cambiar un pañal? Para eso está la mamá”. Algunos se justifican con que las mujeres los excluyen de las tareas de cuidado. También te puede interesar: Hamangaí Marcos, la joven que llevó las luchas de las mujeres a una aldea brasileña Ella lo ha visto. Le ha pasado que algunas mujeres se burlen de sus alumnos durante los talleres que a veces imparte en la calle, junto a una camioneta de la escuela. Ella respira profundo ante los cuestionamientos de los hombres, les pregunta por qué dicen eso y busca incomodarlos sutilmente. Está convencida en que si confronta, ellos se cierran y pierde la oportunidad de reeducarlos al menos un poco. Fuente: EL PAÍS