Una población más saludable es sinónimo de mayor productividad y mejor calidad de vida. Los países que priorizan la salud de sus ciudadanos tienden a obtener mejores resultados en términos de crecimiento económico, cohesión social y reducción de la pobreza. Por ello, es fundamental contar con políticas de inversión sostenidas y orientadas a la innovación. También puedes leer: Salud masculina: ¿Cuáles son las enfermedades más comunes en los hombres? Siempre he visto la innovación médica como un puente: entre la ciencia y la esperanza, entre un diagnóstico y una nueva oportunidad de vida. En Roche Ecuador, tengo el privilegio de liderar un equipo profundamente comprometido con ese propósito. Innovar no es solo descubrir nuevas terapias, sino también aliviar cargas, mejorar la calidad de vida, cambiar pronósticos y fortalecer nuestros sistemas de salud de manera sostenible. Cuando la innovación llega a tiempo, lo cambia todo. Y cuando llega con propósito, transforma para siempre. Desde esta mirada, es clave reflexionar sobre las oportunidades que genera la inversión en salud frente a su costo social. De acuerdo con cifras del Banco Mundial y McKinsey & Company, por cada dólar invertido en salud se puede generar un retorno económico de entre dos y cuatro dólares (Banco Mundial, 2023; McKinsey, Health Economics Reports, 2023). El BID también estima que un incremento del 10% en el gasto en salud puede elevar el PIB per cápita en un 1% (BID, 2022). En cuanto al valor de la inversión en innovación, se estima que el desarrollo farmacéutico fue responsable del 35% del aumento en la expectativa de vida global entre 1990 y 2015 (PhRMA, 2021), reflejando su impacto en años de vida productiva y en la contribución económica y social. En Ecuador, los tratamientos innovadores pueden optimizar la gestión hospitalaria y acelerar la recuperación de los pacientes, reduciendo los costos asociados a internaciones prolongadas o intervenciones complejas. Los resultados preliminares de un estudio promovido por Roche junto al Instituto WifOR evidencian este impacto. Según las cifras, entre 2017 y 2023, los medicamentos innovadores para cáncer de mama, esclerosis múltiple y enfermedades de la retina generaron más de USD 14 mil millones en valor económico agregado en diez países, gracias a una mayor productividad, reducción de recaídas y menor dependencia del sistema de salud (WifOR, 2024). En América Latina, la inversión en salud representa apenas el 3,7% del PIB, muy por debajo del 6% recomendado por la OPS (2023). Esto representa una clara oportunidad para avanzar hacia sistemas más eficientes, sostenibles y equitativos. La CEPAL señala que solo el 20% del presupuesto sanitario se destina actualmente a innovación, lo que deja un margen considerable para integrar soluciones que generen mayor valor en salud y desarrollo (CEPAL, 2023). Por otro lado, la carga socioeconómica de las enfermedades crónicas no transmisibles como el cáncer de mama HER2+ o las enfermedades visuales asociadas a la diabetes y el envejecimiento evidencia la urgencia de invertir en innovación. De acuerdo con el estudio de WifOR, el costo de estas enfermedades entre 2017 y 2023 superó los USD 900 mil millones, y podría alcanzar los USD 1,7 billones para 2032. Estas cifras incluyen no solo el gasto médico directo, sino también las pérdidas de productividad, la presión sobre los cuidadores y la exclusión del mercado laboral. También te puede interesar: El 78% de los trabajadores tiene síntomas de burnout en Ecuador, según estudio Además, reducir el gasto de bolsillo mediante un acceso equitativo a la salud innovadora es una prioridad urgente. En América Latina, 14 países ya superan el 30% de gasto de bolsillo, un umbral considerado catastrófico por la OMS (2022). En Ecuador, este indicador alcanzó el 30,62% en 2021, afectando directamente la capacidad de pago de los hogares. Frente a esta realidad, es fundamental promover un diálogo multisectorial basado en evidencia, que reconozca el valor real de la innovación en salud. Las políticas públicas juegan un rol esencial en este proceso, no solo por su alcance estructural, sino por su capacidad para mejorar la eficiencia del sistema sanitario y garantizar que nadie quede atrás.