Su exposición abordó de manera didáctica la relación entre la microbiota —el ecosistema de bacterias, hongos y virus que habita en el intestino— y su impacto directo en la salud mental, la energía y las emociones. Auz explicó que cada célula del cuerpo tiene mitocondrias, a las que describió como “los gerentes generales” de la energía celular. Cuando estas funcionan correctamente, el cuerpo entero mantiene su vitalidad. Sin embargo, su funcionamiento depende en gran medida de lo que ocurre en el microbioma intestinal: “Si las bacterias se alimentan bien, producen ácidos grasos de cadena corta que nutren a las células y permiten que tengamos la energía necesaria para que órganos y sistemas trabajen de forma óptima”, señaló. La nutricionista hizo hincapié en que el 90 % de la serotonina —neurotransmisor responsable del bienestar y la regulación del ánimo— se produce en el intestino, junto con otros como la dopamina y el GABA, fundamentales para el descanso y la creatividad. Un microbioma equilibrado favorece la producción adecuada de estos neurotransmisores, mientras que una disbiosis (desequilibrio de la flora intestinal) puede estar relacionada con cuadros de ansiedad, depresión, insomnio, resistencia a la insulina e incluso enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer y el Parkinson. Auz propuso acciones concretas para mejorar la salud intestinal: incluir cinco porciones de frutas y vegetales al día, consumir probióticos (como yogur, kéfir, chucrut, kombucha), prebióticos (fibras de avena, linaza, chía) y alimentos fermentados que fortalezcan la diversidad de bacterias beneficiosas. También recomendó aprovechar los almidones resistentes —papas, arroz o plátano cocidos y luego refrigerados— que sirven de alimento para la microbiota. Finalmente, invitó a los asistentes a reflexionar sobre el impacto de los ultraprocesados y edulcorantes artificiales en la salud intestinal y a hacer pequeños cambios sostenibles: “No se trata de eliminar todo de golpe, sino de incluir alimentos que nutran a nuestras bacterias buenas. Cuando el intestino está en equilibrio, la mente también lo está”, concluyó.