El desafío del crecimiento: las brechas de productividad e inversión de América Latina Durante las últimas décadas, América Latina ha perdido dinamismo económico y peso relativo en la economía global. Tras un inicio de siglo impulsado por el auge de las materias primas, la región no logró traducir ese ciclo favorable en transformaciones estructurales duraderas. En los últimos 25 años, el crecimiento promedio anual del PIB fue de apenas 2,3%, por debajo del promedio mundial y muy lejos del desempeño de economías emergentes comparables, lo que ha profundizado la brecha de desarrollo. Ecuador refleja esta trayectoria regional: entre 1997 y 2022, su PIB creció a una tasa anual compuesta de 2,5%, un desempeño cercano al promedio latinoamericano, pero insuficiente para converger hacia niveles de ingreso más altos El principal factor detrás de este rezago ha sido el bajo crecimiento de la productividad. En América Latina, el avance del PIB se explicó mayoritariamente por la expansión de la fuerza laboral, más que por mejoras sostenidas en eficiencia, capital y tecnología. Este modelo muestra señales claras de agotamiento a medida que el bono demográfico se desvanece y el crecimiento del empleo se desacelera. Durante los últimos 26 años, Ecuador registró un crecimiento anual compuesto (CAGR) del 2% en su población en edad laboral, superando al promedio de América Latina y el Caribe en 0.5 puntos porcentuales. Sin embargo, hacia los próximos 20 años se proyecta una desaceleración significativa, con un crecimiento estimado de apenas 0.8% anual. En este nuevo contexto demográfico, la productividad adquiere un rol cada vez más determinante para sostener el crecimiento económico de largo plazo. El bajo dinamismo de la productividad en la región está estrechamente vinculado a niveles insuficientes de inversión. Durante el último cuarto de siglo, el crecimiento del capital por trabajador en América Latina fue aproximadamente la mitad del observado en economías comparables, lo que restringió la adopción tecnológica y la transición hacia sectores de mayor complejidad. Además, gran parte de la inversión se concentró en actividades de bajo valor agregado. Ecuador ilustra esta restricción estructural: su formación bruta de capital fijo equivale al 18,8% del PIB, ubicándose por debajo del promedio regional reflejando un nivel de inversión relativamente moderado frente a sus pares latinoamericanos. Este rezago tiene implicaciones crecientes en un contexto de envejecimiento poblacional y mayores demandas sociales. Sin un cambio de rumbo, el crecimiento del ingreso per cápita será insuficiente para sostener sistemas de pensiones, salud y protección social en la región. El desafío ya no es solo crecer, sino hacerlo a través de una base productiva más sólida. En este punto, Ecuador muestra una diferencia relevante: su tasa de ahorro interno alcanza el 22,8% del PIB, casi cinco puntos por encima del promedio de América Latina, lo que constituye una base favorable para transformar ahorro en inversión productiva y romper el ciclo de bajo crecimiento, siempre que existan las condiciones adecuadas. Liberar el potencial de crecimiento de América Latina en medio de los cambios globales En un contexto global marcado por la reconfiguración del comercio, la transición energética y la aceleración tecnológica, la región cuenta con activos que la posicionan favorablemente frente a otras economías emergentes. Si logra enfocar inversión y políticas en los sectores adecuados, el impacto podría ser transformador: el PBI per cápita podría aumentar en más de 50% en las próximas décadas, cerrando parte de la brecha histórica con las economías de mayores ingresos. La clave está en concentrar esfuerzos en sectores donde confluyen crecimiento global y ventajas competitivas regionales. La revitalización de la base industrial, impulsada por el nearshoring y la cercanía con América del Norte, abre espacio para manufactura avanzada y producción industrial apoyada en energía competitiva. A esto se suma el potencial de los servicios digitales y tecnológicos, que combinan alta productividad con talento disponible, costos relativos favorables y alineación horaria con los principales mercados. Ambos frentes ofrecen la posibilidad de escalar empleo de mayor valor agregado y acelerar la adopción tecnológica. El tercer pilar es el aprovechamiento estratégico de los recursos naturales. América Latina está llamada a desempeñar un rol central en la seguridad alimentaria global, en el suministro de energía durante la transición y en la provisión de minerales críticos esenciales para la electrificación y la digitalización. Integrados en una estrategia de inversión productiva, estos sectores no solo pueden expandir exportaciones, sino también elevar la productividad promedio de la economía. El mensaje es inequívoco: el crecimiento no vendrá de hacer más de lo mismo, sino de apostar decididamente por los sectores donde la región ya tiene una ventaja estructural y donde el mundo está demandando más. También te puede interesar: 2026 Un año de decisiones estratégicas para un ciclo económico más exigente Siete sectores para una inversión transformadora América Latina tiene la oportunidad de transformar su productividad mediante inversiones canalizadas en tres temas estratégicos y siete sectores seleccionados para destacar el potencial de crecimiento de la región: Manufactura de nueva generación —incluidos vehículos eléctricos, baterías, semiconductores y dispositivos médicos—, las soluciones power-to-X basadas en energías renovables, los servicios digitales y los centros de datos, todos ellos caracterizados por alta productividad y fuerte demanda global, a estos se suman tres pilares ligados a los recursos naturales: agroindustria, petróleo y gas —clave para la seguridad energética durante la transición— y minerales críticos como litio y cobre, esenciales para la electrificación y las tecnologías limpias. Para 2040, estos sectores podrían generar ingresos anuales adicionales combinados de aproximadamente entre 590.000 millones de dólares y 1,2 billones de dólares, dependiendo del ritmo de inversión, el grado de alineamiento de las políticas y la demanda global apalancado de una inversión acumulada de entre USD 1,7 billones y USD 2,8 billones hasta 2040. Agroindustria La agroindustria es una de las palancas más poderosas para transformar el crecimiento de América Latina en un contexto de fuerte expansión de la demanda global de alimentos. La región concentra cerca del 14% de la tierra agrícola mundial y es el mayor exportador neto de alimentos, con ventajas estructurales en costos, clima y acceso a mercados. A medida que el crecimiento poblacional, la urbanización y la expansión de la clase media impulsen un aumento de más del 40% en la demanda global de alimentos hacia 2040. En el 2024, Ecuador se consolidó como líder mundial en exportaciones de banano, camarón, plátano y palmito, y como el segundo mayor exportador global de cacao y rosas. El mayor desafío —y a la vez la mayor oportunidad— está en elevar la productividad y avanzar en la cadena de valor. La agroindustria es uno de los sectores de menor productividad en la región, lo que deja un amplio margen para mejorar rendimientos mediante tecnología, mecanización, innovación y procesamiento de alimentos. El salto desde la producción primaria hacia agroindustria, alimentos procesados y soluciones bioindustriales permitiría generar mayores retornos, empleos de mejor calidad y un impacto multiplicador sobre el conjunto de la economía. En Ecuador, este encadenamiento ya es visible: el sector agroalimentario aporta cerca del 15,4% del PIB, con una contribución equilibrada entre producción agropecuaria (8,6%) y agroindustria (6,8%), reflejando una integración creciente entre campo e industria. Mientras que en América Latina, el sector concentra una parte significativa del empleo, especialmente en zonas rurales, lo que refuerza su importancia para el desarrollo inclusivo. En Ecuador una de cada tres personas activas del país trabaja en actividades agropecuarias. Minerales críticos Los minerales críticos se han convertido en un insumo estratégico para la economía global, impulsados por la transición energética, la electrificación y el avance de tecnologías como los vehículos eléctricos, las energías renovables y los centros de datos. América Latina ocupa una posición privilegiada en este nuevo mapa económico: concentra una parte sustancial de las reservas mundiales de cobre, litio y otros minerales esenciales, y se sitúa en la parte baja de la curva global de costos, lo que le otorga una ventaja competitiva duradera. En un escenario de fuerte crecimiento de la demanda global, el sector ofrece una oportunidad única para atraer inversión a gran escala, expandir exportaciones y elevar significativamente la productividad y el ingreso per cápita de la región. Ecuador comienza a posicionarse dentro de esta dinámica regional. La minería ha pasado de representar apenas el 0,3% del PIB en 2019 a alrededor del 1,7% en 2023, y se proyecta que podría acercarse al 6% del PIB hacia 2030, consolidándose como un pilar de diversificación productiva. En 2022, el sector se convirtió en el principal rubro de exportaciones no tradicionales y el tercero entre las exportaciones no petroleras, con ventas por USD 2.800 millones y una recaudación fiscal cercana a USD 600 millones, pese a contar con solo dos minas en operación. El dinamismo reciente —reflejado en el fuerte aumento de exportaciones de oro y plata y en un pipeline de proyectos que podrían atraer más de USD 14.000 millones en inversión— evidencia que, con marcos regulatorios claros y gestión ambiental y social adecuada, los minerales críticos pueden convertirse en uno de los motores más relevantes de crecimiento, inversión y generación de divisas para el país. Aceleradores estratégicos Para que el potencial de crecimiento de América Latina se convierta en resultados concretos, la región debe ir más allá de identificar sectores ganadores y concentrarse en cómo ejecutar. En un entorno global más fragmentado, competitivo e incierto, cuatro aceleradores estratégicos emergen como palancas decisivas para atraer capital y escalar productividad: la apertura proactiva de nuevos corredores comerciales que reduzcan la dependencia de pocos mercados, una integración intrarregional más profunda que permita ganar escala y eficiencia, marcos regulatorios más simples y previsibles que destraben proyectos intensivos en capital, y una apuesta decidida por el desarrollo y la reconversión del talento. Sin estos habilitadores, incluso las mejores oportunidades sectoriales quedarán subexplotadas. Por: Carlos Buitrago, Socio y Managing partner de McKinsey & Company