Hay algo que se percibe al entrar a un colegio incluso antes de que empiece la clase. Está en la disposición de las mesas, en la luz, en cómo entra -o no- la luz natural. Durante años, esa dimensión quedó fuera del diseño. La mayoría de instituciones replicó una estructura conocida: aulas cerradas, pasillos, estudiantes alineados. Una lógica que respondía a otro momento de la educación. Las metodologías cambiaron, pero los espacios, en muchos casos, no. Ahí aparece una tensión que rara vez se aborda desde el proyecto. En ese punto se instala una forma distinta de pensar la arquitectura escolar. Ya no parte de tipologías heredadas, sino de lo que ocurre dentro del aula: cómo aprenden los estudiantes, cómo enseñan los docentes y qué dinámicas habilita -o restringe- el espacio. Desde ese enfoque trabaja Arquitectura Educativa, estudio fundado y liderado por la arquitecta Carolina Vázquez. En pocos años, ha desarrollado más de 40 proyectos en 16 instituciones educativas como la Universidad San Francisco de Quito, ISM, Liceo Campo Verde, Martim Cereré, entre otras. "Creo en una arquitectura que funcione como herramienta educativa. Desde el mobiliario hasta la transformación de infraestructura, todo apunta a lo mismo: mejorar la calidad educativa a través del espacio como un tercer maestro”. “Los entornos de aprendizaje en movimiento fortalecen la autonomía del alumno y ese es un principio base que busca nuestra arquitectura”. Leer el aula antes de dibujarla Su trabajo empieza antes del diseño. Recorren los colegios, observan cómo se usan los espacios y recogen información cualitativa y cuantitativa de estudiantes, docentes y familias: desde el nivel de pertenencia del alumno con la institución y la satisfacción de los padres, hasta la capacidad de los docentes de enseñar de manera distinta a través del entorno. En ese proceso, según Carolina, el “rol del arquitecto cambia”. Deja de proyectar desde afuera y se mueve hacia una posición más cercana a la interpretación. “Implica dejar de ser un proyectista aislado y convertirse en alguien que observa, escucha y analiza”, explica. Ese giro se traduce en decisiones específicas. Espacios que antes buscaban ordenar o contener el movimiento empiezan a incorporarlo como parte del aprendizaje. Aparecen configuraciones variables, mobiliario flexible, relaciones más directas con el exterior. También te puede interesar: Hacia dónde se están moviendo los ingresos profesionales “Arquitectura en movimiento” “Los espacios educativos tradicionales buscan controlar al alumno: que se mueva menos, que no socialice, que no hable”, señala. Desde su metodología de trabajo, que define como “arquitectura en movimiento”, la intención es ir en sentido contrario. “Hay niños que aprenden mejor en movimiento, que necesitan involucrar el cuerpo, que no pueden permanecer quietos durante largos periodos”, explica Carolina. Esa forma de entender el aprendizaje empieza a tomar forma en decisiones concretas dentro de Arquitectura Educativa. En el Aula Flex, mesas con ruedas permiten que los propios estudiantes reconfiguren el espacio según la actividad. En el edificio de primaria del Martim Cereré, ventanas semicirculares invitan a cambiar la postura y a mirar desde otros ángulos. En el Parque de la Curiosidad del colegio ISM, taludes a distintas alturas activan el recorrido y el juego. Ahí es donde la intervención deja de ser únicamente espacial y se cruza con el trabajo docente. El espacio entra en la dinámica del aula y empieza a responder a lo que ocurre ahí. “Sabemos que funciona cuando el estudiante se mueve con naturalidad, cuando encuentra su lugar, cuando el espacio no le impone una forma única de estar”, agrega. En ese punto, la arquitectura deja de ser únicamente soporte y pasa a formar parte activa del proceso educativo.