Todos, absolutamente todos, hemos tenido, tenemos y tendremos conflictos en algún momento de nuestra vida. Lo que realmente importa es la forma en que decidimos mirarlos y enfrentarlos. Algo que vale la pena esclarecer es que el conflicto no es necesariamente algo malo o negativo; en realidad, es parte natural de la convivencia, un indicador de que hay necesidades, valores o intereses en juego. Sin embargo, en muchas culturas (la nuestra incluida), se ha instalado la idea de que “no pelear” equivale a vivir en paz. Esta creencia nos lleva a evitar el conflicto ya que solemos confundirlo con pelea o agresión. Pero conflicto no es sinónimo de pelea. Una pelea es un conflicto mal manejado; un conflicto bien abordado, en cambio, puede ser una puerta de entrada a la comprensión, el acuerdo y el fortalecimiento de los vínculos. Cuando evitamos el conflicto, éste no desaparece; se acumula, se transforma en resentimiento, en malestar silencioso o en estallidos inesperados que terminan dañando más que el problema original. Desde el punto de vista de la psicología clínica, hablar de estilo afrontativo activo, significa desarrollar la capacidad de encarar las dificultades de forma consciente y dinámica. Afrontar no significa atacar, sino reconocer lo que ocurre, dialogar, negociar y buscar salidas creativas. También te puede interesar: La salud mental no puede esperar Mirar de frente un desacuerdo, por incómodo que resulte, implica sumergirse en la experiencia, escuchar los distintos puntos de vista y reconocer las emociones propias como ajenas. Este proceso fortalece la autoestima y la autoconfianza, porque confirma que tenemos la capacidad de sostener conversaciones difíciles y que por más complicadas que éstas sean, esto es algo que puede desarrollarse y robustecerse con la práctica. Afortunadamente, el beneficio va más allá de lo individual. Resolver conflictos nutre las relaciones ya que depura las diferencias y cultiva lo que hace posible un crecimiento común y sostenido. Las personas que aprenden a dialogar desarrollan empatía, tolerancia y valentía, cualidades que se traducen en sociedades más sanas, cooperativas y justas. Aceptar que el conflicto es parte de la vida no significa resignarse a él, sino aprovechar su potencial transformador. Cada vez que elegimos encararlo con respeto y apertura, nos damos la oportunidad de aprender, de acercarnos al otro y de construir acuerdos que nos acerquen a una convivencia más auténtica y enriquecedora. Por: Pamela Chávez Guarderas, Psicóloga Clínica