La virtualidad permite activar y sostener redes con universidades y académicos internacionales de primer nivel, por medio de actividades que superan las barreras geográficas y se materializan con requisitos de gestión mínimos. También ofrece mayor flexibilidad y compatibilidad con actividades laborales de los estudiantes, al diversificar las formas de participación e incorporar la modalidad asincrónica, que permite dialogar, retroalimentar y trabajar en equipo superando barreras de tiempo y espacio. En tercer lugar, incorpora al proceso formativo una serie de herramientas digitales que multiplican las posibilidades de gestionar información, simular procesos y desarrollar competencias altamente especializadas. Por su parte, la presencialidad es fundamental para construir comunidad de aprendizaje, lo que involucra la construcción de identidad, de discurso profesional y de sentido de pertenencia. La presencialidad también es clave en los aprendizajes que involucran transformación de prácticas y en aquellos que son de mayor complejidad, porque involucra y visibiliza el rol de la corporalidad, la comunicación no verbal y la gestión de emociones; aspectos fundamentales para sostener procesos de aprendizaje profundos y sostenidos. Para que la flexibilidad entre modalidad virtual y presencial aporte de forma idónea, es necesario un diseño instruccional con el foco en el proceso de enseñanza y aprendizaje, que rescate las mejores prácticas docentes, herramientas y estrategias pedagógicas en un proceso ordenado progresivamente, hacia formas de desarrollo más sofisticadas y profundas. Por _ Bernardita Justiniano Silva, Vicerrectora Académica Universidad Casa Grande