Es que para quienes tuvieron que huir de su país por conflictos, no tienen un trabajo fijo o que tras las lluvias y subidas de precios, consecuencia de la guerra, perdieron sus sembríos; es la sensación de desesperanza la que llena sus barrigas y el sentido de urgencia por tener algo para comer el pan de cada día. Estas personas, que corresponden alrededor del 30% de la población, son las que en carne propia hacen frente a todos los retos que afronta el país, muchas veces invisibilizadas y marginadas, en espacios en los que solo la muerte se hace noticia y pocas veces se cuentan sus historias de supervivencia. Jennifer, la enfermera Jennifer tiene 28 años de edad y 2 hijos pequeños en la Concepción, Imbabura. Para ellos el fréjol es vida, se dedican al cultivo de este producto que se usa para el consumo y la comercialización. Las fuertes lluvias del último año, generaron exceso de humedad en el ambiente y provocaron derrumbes. Se perdió la producción y, por dos meses, no tuvieron acceso a agua para el consumo humano. Ella no tiene empleo fijo y más de una vez se le ha cruzado por la cabeza la alternativa de migrar a las grandes ciudades, como la mayoría de la población joven de la zona. También te puede interesar: Moderna Alimentos presenta su campaña corporativa: “Alimentos Nobles: alimentos que respetan su esencia, sus raíces y su sabor” "Soy enfermera, sé la importancia de la alimentación y las plantas medicinales, para mí son el tesoro ancestral que tiene el territorio. Yo dependo del campo, las ciudades dependen del campo. El último tiempo las lluvias han sido como gritos de auxilio que reclaman que cuidemos al ambiente. Quiero dar respuesta a ese pedido, pero necesito producir para comprar alimentos y darles un futuro a mis pequeños.” Martha, la madre Martha tiene 30 años y dos hijos pequeños, vive en Sigsig, Azuay. Recuerda que cuando nació el menor de sus hijos, en medio de pandemia, fue un reto encontrar atención y vencer el miedo de un posible contagio. “Por suerte no me infecté y pude regresar pronto a casa. Si algo salía mal en el parto no podría regresar a cuidar rápido a mis animales que son el sustento del día a día de mi familia, pues soy cabeza de hogar”. Sus dos hijos son, dice, su mayor alegría. “Al despertar doy gracias por mi vida y recuerdo cada aprendizaje o paso que dan mis pequeños para tomar fuerza y empezar el día”. Es que conseguir la leche, los pañales y la comida significa para ella un gran reto. “No hay noche en la que antes de dormir no me enfrente a una batalla conmigo misma, pensando en que me tendré que inventar al día siguiente, para llegar con lo mínimo a casa”. Marcelo, el productor de arroz Marcelo tiene 56 años y es productor de arroz en Macará. Se ha dedicado a esto toda su vida, y confiesa que más de una vez ha pensado en abandonar esta actividad. El último año entre la inseguridad de la zona y el aumento de precio de los químicos dice que la producción se perdió por completo, por lo que ha apostado por la producción agroecológica. Ahora con fe dice que gracias a los patos, animales empleados en el cultivo para oxigenar el agua y cuyo fin es comerse las posibles plagas, tiene más productos variados para llenar los platos de él y su familia, pues los huevos y la carne de los patos son su fuente de proteína. María, una madre en condición de refugio María y sus cuatro hijos se vieron obligados a huir de Colombia debido a la violencia de grupos delincuenciales. Hoy residen en Ecuador en donde han comenzado una nueva vida. El cuarto donde vive toda la familia ha sido adaptado y los espacios han sido divididos con plásticos. Si bien las condiciones de vida de esta familia son complejas, con una sonrisa dicen que harán todo para salir adelante, pues “no hay nada más terrible que empezar las noches con disparos, en una zona en la que si cometes un error, entran a tu casa a quitarte lo más preciado, tus hijos”. El hambre no tiene banderas y es un problema en la ciudad y el campo María, Jennifer, Martha y Carlos no se conocen, pero tienen varias cosas en común: son cabezas de hogar, tienen hijos y los últimos días su mayor preocupación ha sido como llenar los platos de comida de las personas que más quieren. Por esta razón, sus días de trabajo duran más de 11 horas y todas las noches se enfrentan a la misma pregunta, ¿Qué haré mañana? ¿Cómo lo lograré? Es esa la misma pregunta que el Programa Mundial de Alimentos, como la agencia de ayuda humanitaria más grande del mundo, busca responder con su accionar. Por eso, ha desplegado en el país proyectos que promueven el acceso a una alimentación de calidad para las personas más vulnerables, a través de la asistencia alimentaria, apoyo a albergues y comedores. Además, con el objetivo de aportar al desarrollo y dinamizar la economía local, trabaja de la mano de pequeños productores y productoras para que cuenten con técnicas apropiadas de cultivo, empleen prácticas agroecológicas de producción y cuenten con medidas de adaptación al cambio climático en comunidades resilientes que aporten en la promoción de la seguridad alimentaria. Finalmente, para fortalecer de manera integral al país, ha puesto a disposición institucional todo el conocimiento técnico y aparataje logístico para dar respuesta a emergencias y trabajar de manera permanente en la prevención de riesgos. También te puede interesar: Campaña visibiliza una enfermedad que afecta a las mujeres en Ecuador Sin embargo, a pesar de los esfuerzos realizados, frente a la posible amenaza de recesión mundial, crisis de precios, disponibilidad de alimentos, cambio climático y conflictos potenciales que pronostican una ola de hambre a nivel mundial, la organización pone en marcha la campaña “Llegamos a Nutrir Corazones” como una propuesta que busca promover y articular acciones intersectoriales y multinivel. La iniciativa, por un lado, busca sensibilizar a la ciudadanía y promover hábitos de saludables de consumo y producción y, por otro, generar alianzas con empresas privadas y organizaciones públicas que abanderen la causa Hambre Cero de WFP en Ecuador. Uno de los principales proyectos que se busca potenciar tiene como eje fundamental la alimentación escolar, que busca articular al gobierno central, los gobiernos locales y a las asociaciones de pequeños productores para proveer una alimentación sana y nutritiva a niños/as de escuelas rurales; configurando así el modelo de alimentación escolar descentralizado. Dentro de este modelo de alimentación escolar se tiene una meta de alimentar a aproximadamente 51 mil niños y niñas del Ecuador, como alternativa para cubrir una de las brechas que ponen en riesgo el futuro de Ecuador, categorizado como el segundo país con mayor desnutrición crónica infantil, en menores de 5 años, en la región. Por: Carolina Moncayo